En las últimas semanas, por orden de Donald Trump, se han desclasificado en Estados Unidos más de 27.000 documentos relacionados con la investigación del asesinato de John F. Kennedy en 1963. Muchos de estos documentos tienen poco o nada que ver con la muerte de JFK, pero dado que registran operaciones secretas de algunas de las agencias estadounidenses más cercanas a la investigación del crimen, fueron archivados en la colección que Trump ordenó liberar.

Dentro del material desclasificado hay un dossier de cerca de doscientas páginas de documentos de la CIA de 1973 y 1974 relacionados con Chile. Estos documentos no modifican significativamente nuestro conocimiento histórico de esos años, sólidamente expuesto y documentado en los trabajos de historiadores como Joaquín Fermandois, Peter Kornbluh, Tanya Harmer y Kristian Gustafson, entre otros.

Sin embargo, como muy pocos registros conocidos hasta ahora, este material nos permite aproximarnos de manera muy cercana a los medios a través de los cuales se desarrollaban las operaciones encubiertas norteamericanas y a la inteligencia que la CIA podía recolectar sobre Chile en diversas partes del mundo, aportando información muy valiosa a nuestro conocimiento del período más traumático de nuestra trayectoria republicana.

Agentes e informantes chilenos de la CIA

Un telegrama de la estación de la CIA en Santiago del 13 de mayo de 1974 informaba a los cuarteles generales de la agencia en Langley de un “agente a sueldo recientemente reclutado” cuyo nombre en clave era Futrunk-1. En el lenguaje cifrado de la CIA durante la Guerra Fría, el prefijo “Fu” denominaba a Chile. Como se infiere claramente de este y otros documentos producidos por la estación de la CIA en Santiago, el término que seguía al prefijo, en este caso la palabra “trunk”, denominaba a la institución u organización a la que pertenecía el agente o informante identificado con el nombre en clave.

Este documento de mayo de 1974 respondía a una solicitud de agentes de la CIA en París para ayudar a un periodista de la televisión francesa, identificado como Unsober-1, a obtener una entrevista con Pinochet. La estación de la CIA en Santiago señalaba que la solicitud podría responderse favorablemente a través de los oficios de Futrunk-1.

Los agentes en Chile, sin embargo, no eran partidarios de realizar la gestión, entre otras cosas porque no querían que el periodista francés se enterara de que Futrunk-1 era un agente a sueldo de la CIA, lo cual era virtualmente inevitable si es que la entrevista en efecto tenía lugar.

De esta explicación es posible colegir que Futrunk-1 era un funcionario de gobierno muy cercano a Pinochet —de allí su capacidad de gestionar la entrevista— y que tenía alguna prominencia pública —lo que podría explicar la renuencia de la estación de la CIA en Santiago a que su nombre pudiese ser reconocido por el periodista francés.

Varios reportes emitidos por la estación de la CIA en Santiago en septiembre de 1974 nos permiten reconocer más claramente otras instituciones y organizaciones en las que la CIA contaba con agentes e informantes chilenos. A principios de ese mes, se hizo pública en Estados Unidos una carta del parlamentario demócrata Michael Harrington a su colega Thomas Morgan en la que se detallaban algunas de las actividades encubiertas de la CIA en Chile desde 1964. Ante la amplia publicidad dada por la prensa norteamericana a las afirmaciones de Harrington, la estación de la CIA en Santiago quiso consultar con algunos de sus informantes y agentes sobre el posible impacto que estas revelaciones podían tener en Chile.

En un telegrama del 12 de septiembre de 1974, se informaba de conversaciones con Fuermine-1 y 5, Fubrig-1 y 2, Fupocket-1 y Fubargain-1. Fuermine-1 y 5 eran claramente miembros del Partido Demócrata Cristiano. Fuermine-1 se disponía en esos días a viajar a Europa invitado por una organización de la Democracia Cristiana alemana. Fuermine-5, por su parte, había recibido fondos de la CIA poco después del golpe para financiar un viaje de miembros del partido a varios países de Europa para explicar las razones del derrocamiento de Allende.

En efecto, en octubre de 1973 viajaron a Europa los militantes democratacristianos Juan de Dios Carmona, Juan Hamilton y Enrique Krauss; en noviembre lo hizo Patricio Aylwin. Es probable que ninguno de ellos supiera del origen del financiamiento de sus viajes. No obstante su molestia por la filtración de la información en Estados Unidos, Fuermine-5 manifestó a su interlocutor de la CIA que la imprecisión con que Harrington describía esta maniobra y su propia cautela en la administración de los fondos impedirían que la información se hiciese conocida incluso dentro de su propio partido.

Fubrig-1 y 2 eran o habían sido altos funcionarios de El Mercurio, de acuerdo a lo que puede inferirse de los reportes de la CIA del 12 y el 17 de septiembre de 1974. Las afirmaciones del representante Harrington no se referían explícitamente a El Mercurio, pero no era difícil hacer la asociación. En los días siguientes, además, la prensa norteamericana aludiría explícitamente al diario de Agustín Edwards como receptor de fondos de la CIA y la misma página editorial de El Mercurio desmentiría enérgicamente las acusaciones, calificando a Harrington como un mero “lugarteniente” del Senador Ted Kennedy, una de las principales voces opositoras a la dictadura militar en el concierto internacional.

La actitud desafiante y agresiva de El Mercurio puede explicarse en parte porque, de acuerdo a lo señalado por Fubrig-2, la nueva administración del diario no sabía de los aportes de la CIA entre 1970 y 1973. Fubrig-2, a quien los reportes de la CIA describen como la persona que “dirigía el show” en El Mercurio en los años de Allende, habría administrado los recursos de la CIA de manera que no quedaran rastros evidentes de su origen, por lo que es probable que oficialmente no hubiera rastro de esos fondos, ni siquiera dentro de la documentación del diario. Por supuesto, otra cosa es asumir que nadie en El Mercurio sabía por medios informales de las significativas cantidades de dinero —alrededor de un millón de dólares de la época— que el diario recibió de la CIA entre 1970 y 1973. Fupocket-1 muy probablemente pertenecía a una organización empresarial o gremial anti-allendista.

El documento del día 12 de septiembre de 1974 señala que este individuo había sido el receptor de 25.000 dólares para la compra de una radio poco antes del golpe de estado. Fupocket-1 también manifestó su molestia con el hecho de que estas operaciones salieran a la luz pública en Estados Unidos. Sin embargo, se mostró confiado de que su nombre no sería asociado a la compra de esta radio, por cuanto su identidad no aparecía en ninguno de los documentos con los que se realizó la transacción y, además, en su “grupo” nadie supo que se destinaron fondos específicamente para esta maniobra.

Por último, Fubargain-1 era un oficial de alto rango de alguna de las fuerzas armadas, probablemente el Ejército, con acceso directo y aparentemente cercano a Pinochet. De acuerdo a lo señalado por Fubargain-1 a su interlocutor de la CIA, a Pinochet le pareció “tonto” que en Estados Unidos se dieran a conocer las operaciones de inteligencia relacionadas con Chile, pero no se alteró demasiado. Distinta fue la actitud de oficiales de más bajo rango. Para este grupo, al que Fubargain-1 describía como ignorante de las formas de la política estadounidense, las revelaciones sobre la intervención de la CIA en Chile y su amplia difusión en la prensa norteamericana sólo podían representar un intento de sabotaje de la labor del régimen militar. Estos oficiales, además, resentían la falta de reconocimiento a la independencia con la que habían actuado las fuerzas armadas en el derrocamiento de Allende.

Aunque Fubargain-1 no compartía totalmente este diagnóstico, pues sus viajes a Estados Unidos le habían permitido llegar a comprender mejor la política de ese país, en esta ocasión mostró por primera vez ante agentes norteamericanos su disconformidad con lo que él percibía como una creciente incomprensión de la labor de la Junta Militar por parte del gobierno estadounidense.

Armas cubanas y planes de resistencia

De acuerdo a algunos reportes de la CIA fechados poco después del 11 de septiembre de 1973, algunos grupos de la izquierda chilena, en algunos casos en colaboración con agentes diplomáticos cubanos, habían diseñado planes de contingencia para la eventualidad de un golpe militar contra el gobierno de Allende. En su libro El gobierno de Allende y la Guerra Fría interamericana, la historiadora Tanya Harmer describe con bastante detalle la batalla que tuvo lugar el mismo 11 de septiembre en la embajada de Cuba en Santiago entre fuerzas militares chilenas y un centenar de ciudadanos cubanos que resistieron por algunas horas parapetados en la sede diplomática. La razón por la cual la embajada de Cuba se convirtió en un campo de batalla fue que en la sede diplomática se almacenaba una gran cantidad de armas que los representantes cubanos habían ingresado a Chile durante el gobierno de Allende y que supuestamente debían ser usadas para defender el gobierno revolucionario de la Unidad Popular ante un golpe militar.

Documentos de la CIA producidos pocos días después del golpe complementan el relato de Harmer, basado principalmente en testimonios personales de agentes diplomáticos cubanos. De acuerdo a un reporte de la estación de la CIA en Ciudad de México del 21 de septiembre de 1973, un oficial de inteligencia cubano había señalado que el golpe militar no los había sorprendido en absoluto. Según lo señalado por este agente, tanto Fidel como la numerosa representación diplomática y militar cubana en Chile consideraban que Allende era un “buen marxista, pero no mostraba suficiente agresividad hacia sus enemigos”.

En efecto, las credenciales revolucionarias del martirizado presidente chileno eran impecables en lo teórico, pero insuficientes para la concreción efectiva de un proyecto de transformación radical como el propuesto por la izquierda chilena. La derrota de Allende sería para Castro y la política exterior cubana una confirmación indesmentible de la insuficiencia de los medios institucionales para el triunfo de una revolución de izquierda.

Más sorpresiva para la inteligencia y la diplomacia cubana había sido la organización de las fuerzas armadas chilenas en el golpe de estado. Aparentemente, los escenarios de posible resistencia que se habían diseñado por parte de la representación cubana en Chile no contaban con la determinación e implacabilidad demostrada por los militares chilenos a partir del 11 de septiembre y se basaban parcialmente, como también señala Harmer, en una expectativa demasiado optimista respecto de la capacidad de organización clandestina de los partidos de la izquierda chilena, muchos de cuyos miembros habían recibido armas y algún tipo de entrenamiento militar por parte de Cuba.

En cualquier caso, el oficial de inteligencia cubano en México manifestaba su confianza en que más temprano que tarde se organizaría algún tipo de resistencia armada a la flamante dictadura militar. Cuba había logrado introducir y distribuir en Chile un alto número de “armas automáticas, explosivos e incluso armas anti-tanques y anti-aéreas”. El destino de esas armas es más o menos incierto. Muchas de ellas, de acuerdo a Harmer, fueron almacenadas en La Moneda y la casa particular de Salvador Allende en calle Tomás Moro, por lo que cayeron rápidamente en poder de los militares. Otra cantidad importante estaba almacenada en la embajada de Cuba en Santiago y de ellas se hizo cargo Harald Edelstam, embajador de Suecia en Chile, quien se comprometió a distribuirlas en cuanto pudiera. En cualquier caso, el testimonio del oficial de inteligencia cubano en México el 21 de septiembre daba a entender que existía un número suficiente de armas y municiones en Chile, a su juicio de mejor calidad y capacidad que el armamento de las fuerzas armadas chilenas, como para poder esperar que se organizara en el mediano plazo una resistencia armada efectiva a la dictadura militar.

Otra línea de apoyo internacional a planes de resistencia de la izquierda chilena habría provenido de Perú. Reportes de la estación de la CIA en Lima fechados el 21 y el 26 de septiembre de 1973 indicaban que pocos días después del golpe el Partido Comunista Peruano de línea soviética (PCP/US) había activado un plan de contingencia en cuyo diseño aparentemente había participado la misión diplomática chilena en la capital peruana. De acuerdo a la fuente de la CIA, identificada como un ciudadano chileno residente en Lima, la embajada de Chile en Perú informó rápidamente al Comité Central del PCP/US del golpe en Chile, aparentemente para activar el plan previamente diseñado.

El Comité Central del PCP/US decidió, mientras esperaba por instrucciones de Moscú, enviar a seis miembros de las Juventudes Comunistas a Chile. Para cruzar la frontera, los comunistas peruanos contaban con pasaportes oficiales con identidades falsas, expedidos antes del golpe por la embajada chilena en Lima.

Las instrucciones de Moscú llegaron finalmente el 15 de septiembre. De acuerdo a estas directrices y las posibilidades del momento, el Comité Central del PCP/US decidió instruir a un número indeterminado de sus cuadros a asistir a sus camaradas chilenos en la reorganización del partido en la clandestinidad y, eventualmente, en la organización de la resistencia armada a la dictadura. A esta empresa se unirían comunistas de otros países latinoamericanos, que se organizarían en Lima para emprender el viaje a Chile en la última semana de septiembre. La prioridad en ese momento la tenía la reorganización del partido en Chile.

Sólo si la situación lo permitía se consideraría la posibilidad de montar una resistencia armada al régimen. Según los comunistas peruanos, no era necesario ingresar armas a Chile, por cuanto aún había suficientes escondidas en el país para la eventualidad de una insurrección contra la dictadura militar. No existen registros posteriores que den cuenta de la efectiva puesta en marcha de esta operación, lo cual, si es que ocurrió, de todos modos no tuvo ningún efecto en el desarrollo de los sucesos en Chile. Ante la determinación y brutalidad con la que actuaron las fuerzas armadas a partir del 11 de septiembre de 1973 y por más armas que se hubieran ingresado a Chile, ningún plan de resistencia civil podía resultar efectivo.

Chile en la Guerra Fría global

Desde la elección presidencial de 1964, Chile se convirtió en un escenario emblemático de la Guerra Fría global. Las disputas políticas nacionales replicaron de manera muy cercana las grandes divisiones ideológicas internacionales. Individuos, partidos políticos, medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil establecieron alianzas estrechas con actores políticos internacionales que compartían las líneas generales de sus propios proyectos y visiones.

La CIA reclutó agentes y apoyó grupos de todo el espectro político chileno con el objetivo de evitar que la izquierda chilena triunfara en la competencia política y, después de 1970, promover el fracaso de su proyecto en el poder. El aparato de política exterior cubano, dirigido de cerca por Fidel Castro, estableció una estrecha colaboración con Allende y otros actores de la izquierda para defender el propósito revolucionario del proyecto de la Unidad Popular.

En vista de la tragedia que asoló a la democracia chilena a partir de 1973, la tentación inmediata es juzgar duramente a quienes forjaron estas alianzas con actores internacionales cuyos intereses no podían ser exactamente los mismos que los de sus contrapartes chilenas.

La sola mención de la CIA, cuyo rol en la destrucción de la democracia chilena ha sido burdamente caricaturizado desde el mismo día del golpe, evoca automáticamente imágenes de una potencia imperialista totalmente indiferente a la supervivencia del sistema político chileno anterior al derrocamiento de Allende. El trauma y las heridas no cicatrizadas que nos dejó la dictadura han conspirado contra una comprensión histórica desapasionada y plenamente honesta del involucramiento de fuerzas externas en la tragedia de la democracia chilena.

Las alianzas internacionales forjadas en torno a convergencias ideológicas eran la normalidad de la política mundial de la Guerra Fría. El sentido de urgencia con que se abordaban casi universalmente cuestiones como la revolución (y la oposición a ella) permitía a muchos actores de un espacio político nacional excusar sus vínculos con actores internacionales en virtud de lo que se veía como una necesidad inescapable de la política contingente. Ni la CIA ni Castro impusieron en sus aliados chilenos programas políticos; solamente establecieron alianzas con actores locales cuyos proyectos coincidían con las visiones universales que alimentaban a las políticas exteriores de Estados Unidos y Cuba en el marco de la Guerra Fría.

Más allá de lo que la indignación moral fácil sugiere, lo cierto es que los agentes chilenos de la CIA y los aliados chilenos de Fidel actuaron en plena consonancia con la altura de sus tiempos. Nuestro juicio sobre ellos, por ende, debiese enfocarse en sus objetivos programáticos, sus acciones concretas en función de esos objetivos y el efecto que todo eso tuvo en la destrucción de la democracia chilena. Carmona, Hamilton y Krauss debieron o deben responder por haber defendido en algún momento una dictadura que desde temprano mostró una cara brutal y explícitamente antidemocrática, y no por que algunas de sus acciones como miembros del Partido Demócrata Cristiano se hayan realizado con apoyo de la CIA —lo cual, por lo demás, ellos probablemente ignoraban.

El Mercurio no debió excusar los crímenes de la dictadura como muchas veces lo hizo y en esa actitud cómplice radica su gran responsabilidad histórica como medio de comunicación masiva, pero estuvo en todo su derecho de ser oposición al gobierno de Allende y el haber recibido fondos de la CIA con ese propósito no tendría por qué ser una mancha en su reputación.

La izquierda revolucionaria chilena, por su parte, debe ser cuestionada por las implicancias claramente antidemocráticas que tenía el almacenamiento masivo de armas destinadas a la creación de grupos paramilitares, por más que en teoría esto haya tenido un propósito puramente defensivo; su relación con Cuba en este esfuerzo, sin embargo, no es en sí misma indicadora de nada.

En el contexto de una historia que debe ser comprendida en un nivel global y no meramente nacional, la cuestión de las alianzas internacionales de los actores políticos chilenos de la Guerra Fría no debería tener una connotación moral inherentemente negativa, como es común que aún hoy se dé en amplios círculos de la opinión pública nacional e internacional.

*Sebastián Hurtado-Torres
Universidad Austral de Chile.