El 11 de marzo, Michelle Bachelet deja el gobierno. Para la comunidad internacional, es la política más admirada de América Latina. Acá, le correspondió cerrar un ciclo histórico –el concertacionista- del que ella fue parte incómoda o “autoflagelante”. A fines de la dictadura sus complicidades estaban a la izquierda del Partido Socialista. Una vez le pregunté si había votado que NO para el plebiscito de 1988, y me respondió: “ya llegará el día que hablemos de eso”. No formó parte del partido transversal de los “Mapu-Martínez” ni sus amigos estaban entre los “barones”, “los príncipes” o “los iluminados”. A todos ellos se les coló por el lado. Jamás la habrían elegido como candidata al interior de sus cónclaves si no hubiera irrumpido con una popularidad apabullante. Recuerdo que al terminar su primer mandato (con el 80% de aprobación), se quejaba del machismo y las deslealtades con que le tocó lidiar.
Fui de los primeros que conversó con ella cuando regresó de Nueva York a Chile en abril de 2013. Se le veía más complicada que feliz. Allá estaba recuperando el equilibrio, pagando deudas familiares, disfrutando del anonimato. “Parece que en mi leche materna venían las palabras “deber” y “responsabilidad”, me dijo, para explicar su nueva candidatura presidencial. Tenía la convicción de que se imponía un cambio generacional: “Se dijo que mi presencia impedía el surgimiento de nuevos liderazgos y yo me fui a 10 horas de viaje en avión, pero parece que estuve más presente que nunca”, me explicó entonces. Los estudiantes marcharon mientras ella presidía ONU Mujeres en EE.UU., gritando por igual contra derechistas y concertacionistas. La decadencia de la Concertación ya era evidente, y por eso sus “grandes estadistas”, los mismos que rápidamente le dieron la espalda, fueron a pedirle de rodillas que volviera.
Fundó la Nueva Mayoría –una Concertación podrida, pero más a su pinta- e intentó llevar al gobierno a una generación nueva. En ambos proyectos fracasó. El germen de la descomposición devoró rápido el cuerpo de esta coalición recauchada y la G90, el lote de Peñailillo con que pretendió traer aires nuevos, apenas pudo se vistió con la ropa de sus antepasados y encontró una muerte prematura. Los otros jóvenes que habían trabajado en su Fundación Dialoga se fueron a Revolución Democrática. Bachelet hizo suyo el petitorio completo del movimiento estudiantil: ella es, a fin de cuentas, la madre del Frente Amplio.
Bachelet no mató a la Concertación, pero sí firmó su acta de defunción, y procuró establecer un piso nuevo para el debate por venir. Podrá discutirse si pretendió avanzar más rápido e ideológicamente de lo aconsejable, pero hasta Sebastián Piñera juró de rodillas durante la campaña que no retrocedería ninguna de sus reformas. Es la última izquierdista del siglo XX en un país que perdió la fe en esas religiones. La primera presidenta mujer de la historia de Chile, perseguida, exiliada, madre sola y trágica (ya corresponderá que hablemos de esto), no sólo terminará por convertirse en uno de los personajes más memorables de la república, sino que, hasta nuevo aviso, continuará siendo la política más relevante del país.