Los escándalos de abuso sexual en Hollywood han despertado preguntas muy relevantes acerca del vínculo entre arte y contexto. ¿Cómo acercarse a ver House of Cards, American Beauty o las películas de Quentin Tarantino? ¿Qué hacer —junto con condenar los hechos y exigir justicia— con una serie de producciones artísticas que quedan puestas en duda? Aunque las publicitadas acusaciones a Harvey Weinstein o Kevin Spacey no son nuevas en el mundo del espectáculo, generaron, a diferencia de los casos de Roman Polanski o Woody Allen, conciencia de las prácticas abusivas de muchos ídolos y han obligado a desterrar esas actitudes que, en muchos casos, estaban normalizadas e impunes. Sin embargo, las reacciones de redes sociales y medios de comunicación pueden llevarnos a confundir peras con manzanas: ¿debe la condena de los delitos de ciertas personas obligarnos a matizar o cambiar un juicio sobre las obras de arte, o son planos totalmente autónomos? ¿Cuánto influyen los contextos de producción en el modo en que comprendemos dichas obras?

La pregunta es compleja, y estuvo presente a lo largo del siglo XX, tanto en el plano académico (con el estructuralismo y quienes lo discutieron) como en el político, cuando la condena a los sistemas totalitarios llevó a preguntarse por las expresiones artísticas de quienes simpatizaban con ellos. Las opiniones políticas de los artistas e intelectuales suelen incidir en el campo cultural, y quizá el caso más manifiesto es la literatura: basta recordar el Nobel que nunca recibió Borges por sus posiciones políticas, donde los únicos que perdieron fueron los miembros de la Academia Sueca.

Hay otro tipo de criterios que, aunque quizás más importantes, parecen menos influyentes: leemos a Céline o a Gunther Grass a pesar de sus polémicas opiniones y reflexionamos con Heidegger aunque simpatizaba con el nazismo. Aunque obra y creador son inseparables, la evaluación que hacemos de aquella se rige por criterios autónomos: lo que exigimos a un buen poema, cuadro, película o novela es que las imágenes o los personajes contengan cierta dosis de verdad, que nos ayuden a abrir los ojos ante el mundo que nos rodea o que nos permita disfrutar de un momento agradable. Esa autonomía, si bien no nos permite desentendernos del contexto de producción ni ignorar faltas o crímenes en que sus creadores estén involucrados, nos obliga a ponderar nuestras opiniones y esclarecer hacia qué aspecto dirigimos nuestra crítica.

Es de esperar que la vehemencia con que el mundo del espectáculo ha reaccionado a los escándalos de Hollywood derribe los tronos sobre los cuales estaban sentados ciertos personajes demasiado poderosos, y que destierre la impunidad, que termina siendo el peor aliciente de este tipo de prácticas. Sin embargo, si creemos que la industria cinematográfica tiene relación con el arte, debemos ser en extremo cuidadosos con nuestros juicios y distinguir, en lo posible, los planos en cuestión: hay que estar seguros que estamos arrojando al alcantarillado el agua sucia, y no el niño que queríamos lavar.