La psicoanalista y académica Juliet Mitchell nos advirtió hace ya varias décadas en su famoso ensayo “Mujeres, la revolución más larga”, acerca de las trampas que amenazan a la reivindicación feminista desde sus propias huestes. Toda idea – aunque tenga tono libertario o proteccionista – que ponga a mujeres contra otras, es el nombre de un nuevo fracaso.

Si bien toda agenda política tiene divergencias, hay posiciones que nos llevan a nosotras mismas a reproducir esa división fatal de la cultura machista: las mujeres virtuosas y viciosas, éstas últimas siempre denigrables. Los imaginarios cambiaron, y la mujer legítima no es la del delantal de cocina esperando a su macho, sino que se trata de la mujer denominada empoderada. Algo así como la mujer que es capaz de dirigirse por su cuenta (o al menos que porte ese discurso, aunque no se haya preocupado nunca de su jubilación). Las que además son activistas, pueden tener la misión de salvar a las otras, a las mujeres víctimas de una falsa consciencia que las deja dependientes, y cosificadas en el deseo masculino: “regalonas del patriarcado” que traicionan la causa. Y si en la cultura hay unas que especialmente representan tal vicio, son las prostitutas. Encarnando lo más ilegitimo de las mujeres, la historia las ha sancionado desde el conservadurismo, pero también desde el feminismo.

Hace unos meses en España apareció una campaña llamada #HolaPutero. Una periodista y una actriz, seguramente con la mejor de las intenciones, empeñadas en rescatar a las prostitutas, acusan al cliente de criminal. Nos advierten sobre lo que llaman la verdad sin eufemismos: “Tú no pagas por follar, tú pagas por violar”, “Cuando tú hablas de trabajadoras sexuales yo hablo de esclavas. Cuando tú hablas de industria sexual, yo hablo de trata”.

Y a vuelo de pájaro, nosotras las mujeres del lado correcto, sentimos un acérrimo apoyo. Debemos salvar a nuestras hermanas explotadas. Sin reparar precisamente en un detalle: se nos configura un nosotras y un ellas. Un ellas cuyo estereotipo reforzamos. Las imaginamos pobres, inmigrantes tal vez, de poca educación, perdidas, víctimas radicales. Quizás por lo mismo no les hemos preguntado su opinión, porque las declaramos interdictas antes de que alcen su voz.

Pero esta vez respondieron. En un video titulado #HolaAbolicionista: “La prostitución no es un jueguecito de niñas para hacer un vídeo y conseguir retuits, seguidores y salir en la tele, a golpe de sensacionalismo y desinformación. No. Es un tema serio y necesitamos de dialogo”. El alegato es un llamado a distinguir el trabajo sexual de la trata y la esclavitud, de manera de poder hablar de lo que a ellas les interesa, de regulaciones laborales y sanitarias que las protejan. Advierten que además el estigma putáfobo de las “rescatadoras” aumenta la violencia y las vulnerabiliza, porque las ubica como objetos, condenándolas al silencio y la vergüenza.

A Chile llegó recientemente “Haciendo de Puta” (Ed.Pólvora) el libro de la periodista Melissa Gira Grant, cuyo gesto es dar voz a quienes ejercen la prostitución. No desde alguna “pornografía de la lástima”, como se nos advierte desde el prólogo, escrito por la Fundación Margen, sino que desde la reivindicación política. No encontraremos ni historias de abandono ni de encuentros sexuales sangrientos. Más bien reflexiones en torno a qué derechos no se les están reconociendo a las trabajadoras sexuales. Partiendo precisamente por tal denominación: trabajadoras sexuales. Así, desarticular el imaginario que las supone sujetos expropiados de derecho y una vida más allá de su actividad sexual pagada.

Al mismo tiempo denuncia la perversión que el activismo de las “rescatadoras” omite, que no es sino un profundo rechazo a esas “otras” mujeres a quienes pretende cuidar de sí mismas. Reproduciendo lo que advertía George Orwell: la construcción en el imaginario burgués del cuerpo de la clase trabajadora como algo repulsivo. Y de pasada asegurarse un sueldo y visibilidad a costa de la represión de esas almas por las que se supone luchan.

Para esta autora, las feministas abolicionistas no reparan en que muchas veces sus objetivos coinciden con los policiacos. Así como tampoco en que la penalización del cliente, medida muy aplaudida que fue tomada en Noruega y Suecia, ha llevado a que a las calles salgan principalmente los sujetos psicópatas; además de anular cualquier posibilidad de negociar las condiciones de las trabajadoras sexuales.

Desde la vereda contraria, quienes abogan por la erradicación de la prostitución, acusan a quienes la quieren legalizar de caer en la trampa neoliberal de la libre elección. La elección de cómo administrar el culo no sería más que una esclavitud consentida. Se las deja entonces sin salida: si sufren hay que salvarlas, si gozan se engañan a sí mismas. Pero Gira Grant, no cae en la ilusión de que este trabajo debe ser gozado para entonces ser defendible, ¿o acaso sólo quienes disfrutan su trabajo merecen derechos laborales? ¿Por qué habría que exigirles a las trabajadoras sexuales cosas distintas que a otros trabajadores, que también venden su fuerza de trabajo y parte del cuerpo a alguna labor? Asumir que usar los genitales en un trabajo es más denigrante que poner la espalda, las manos, el cerebro es ya una interpretación moral. Una que supone que vender sexo implica necesariamente expropiar el alma. Es ahí donde las prostitutas nos cuentan: Ey, hago la pega y me voy a la casa. Aclaran que se vende una fantasía, no el ser. No se negocia la intimidad. Actividad que en una economía de servicios no sería tan distinta a la sonrisa fingida de quien sirve café.

De que los activismos se vuelven morales y ciegos respecto de ese mismo punto, lo sabemos hace tiempo. Y en este caso parece que el asunto con las rescatistas, está en que hay un afán de traer de este lado, de las empoderadas y activas, a estas mujeres pasivas y dañadas, sin cuestionarse acerca de las condiciones materiales de las mismas tras su “liberación”. Lo que parece antes que nada una cuestión de purificación, como si inconscientemente se insistiera en aquel discurso de que el cuerpo de la mujer es sagrado. La dueña de casa trabaja para su familia por amor; quizá por lo mismo seguimos siendo el trabajador más explotado que sostiene gratis al modelo económico.

Antes que la tontería de tener que identificarse con alguno de los bandos, la relevancia de esta discusión es revelar los límites que la construcción de la mujeridad tiene, y como ello nos organiza. Porque emancipadas o no, puta, es el nombre del abismo, del fin de una mujer. Ni siquiera hay que recibir un pago para convertirse en una. Ya que es la acusación eterna al desliz de lo que se castiga de una mujer: antes la que se entregaba fácil en la cama, hoy la que se enamora mucho, pues de algún modo es barata no sagrada. Depende a veces de la clase social, así la notera sexy nunca llegará a ser lectora de noticias, su posibilidad es usar peto y generar sospecha. La que ambiciona al tipo poderoso, como si fuera un crimen desear el poder. La que traiciona, la que dice que no y que calentó la sopa. En fin, ser puta está en el horizonte para todas.

De ahí lo subversivo de la voz de las prostitutas que nos dicen que ser puta es un traje, no una piel ni una identidad. Un traje que se puede dejar en el clóset al llegar a casa para luego ir sin vergüenza a la reunión de apoderados. Siempre y cuando conservadores y progresistas no coincidan en estigmatizarlas, considerarlas mujeres de segunda clase y quemarlas en la hoguera.

“Haciendo de Puta”
(Ed. Pólvora)
Melissa Gira Grant.
149.págs.