Pero si a uno le funcionan las piernas / tiene que salir de vez en cuando, y por tanto / es posible verme por ahí / dándome estrellones contra los postes de la realidad / y veo estrellas y hago ver estrellas / generalmente por andar mirando para otra parte / pues suele haber mucho que mirar…

El 19 de septiembre de 1965, Rodrigo Lira desfiló en la Parada Militar. Tenía quince años, era cadete de la Escuela Militar de Santiago y no descartaba seguir los pasos de su padre, coronel del Ejército. La indumentaria verde olivo le resultaba familiar y, de acuerdo a sus proyecciones, le serviría en el futuro para atraer a las mujeres.

Para suerte de Lira o del Ejército, esa vocación no prosperó. “Erudito de la contracultura y del pop”, como lo definió Enrique Lihn, sus intereses eran más bien los de un hippie de los años 60. Sabía mucho de rock cuando pocos en Chile sabían de rock, era un aplicado fumador de marihuana, simpatizaba con corrientes new age y con la ecología, las polémicas literarias le fascinaban y los enredos del lenguaje lo obsesionaban. En 1967, como estudiante mechón de Psicología en la UC –la primera de muchas carreras que dejó sin terminar–, participó en la histórica toma de la Casa Central y hasta presumía de haber inventado la contraseña para ingresar por calle Portugal. “¿Cómo son los niños?”, era la pregunta. “Perversos y polimorfos”, se debía responder, con Freud.

De su carácter disruptivo había antecedentes tempranos. Tenía diez años y estudiaba en el Verbo Divino –su familia, de clase media, había recalado en el barrio– cuando lo echaron de un campamento scout por alterar el orden junto a Sebastián Piñera, su compañero de curso. Los subieron a una micro y partieron solos de regreso a Santiago. Nunca sabremos de qué hablaron Rodrigo y Sebastián durante ese viaje, pero la precoz inclinación de ambos a saltarse las reglas terminó forjando una amistad. En su oficina de la Fundación Futuro, Piñera recibió a Roberto Careaga –periodista, hoy en “Artes y Letras”– y así recordó a su amigo de infancia: “Gran conversador, mal deportista. Inteligente en las cosas que a él le interesaban y totalmente desinteresado en las cosas que no le interesaban. Tenía un carácter extraño. No era una persona que destacara, no era un gran alumno, no era un gran líder. Pero tenía algo muy especial, una riqueza espiritual”. Tras su paso por la Escuela Militar, que duró dos años, Lira terminó el colegio en el Liceo 7 de Las Condes, que recibía a los pobres de la comuna y a los expulsados de los colegios privados.

“La poesía terminó conmigo” es la primera biografía de Lira y difícilmente haga falta una segunda. Solventado por casi siete años de investigación, Careaga privilegia un estilo llano para exponer los hechos y subordina las hipótesis al peso de las evidencias. “Casi nadie lo sabía, pero al momento de morir Rodrigo Lira era la más avasalladora fuerza poética chilena”, afirma de entrada, aunque en general prescinde de ponderar el valor de Lira como poeta. Tampoco omite los rasgos que pudieran desdibujar el aura de un ser humano gracioso o entrañable a tiempo completo.

Durante la UP, Lira marchó por Allende, escribió una historieta de cómic para la revista Cabrochico de Quimantú –titulada “Panchito en la tierra de la fantasía”– y se plegó a la agitación política y cultural de los patios universitarios. Había un solo problema: él no creía en nada. O más exactamente, sospechaba de todo. Se tratara de asambleas políticas o de los grupos siloístas que frecuentó más tarde en La Florida, la tentación de parodiar los discursos que escuchaba era superior a su voluntad de formar parte de algo. “Creo que descubrió muy tempranamente la incertidumbre y el sinsentido, en una época en que todo era certidumbre”, dice el cineasta Carlos Flores, su amigo. “Se reía. Decía ‘la re-vo-lu-ción’, marcando cada sílaba. No creía. No creía en ninguna cosa”.

Sus ganas de encajar en el entorno y sus serias dificultades para lograrlo abrieron una grieta que Lira, con el tiempo, sólo atinó a profundizar. Posiblemente, porque él tampoco encajaba en sí mismo. Otro de sus amigos, Diego Santa Cruz, recuerda haberlo iniciado en el LSD en alguna playa escondida al norte de Iquique, hasta donde viajaron en bus desde Santiago con ese único fin. Tirados sobre la arena, ya en pleno trance lisérgico, Lira le dijo: “Diego, sabís qué más, te cambio tu cuerpo”. Hablaba en serio. “A Rodrigo le incomodaba su cuerpo –explica Santa Cruz–. Era demasiado lento, fofo, no lo acompañaba para seguir la rapidez con que pensaba. Rodrigo hablaba mucho, divagaba, a veces decía cosas muy raras, medio sicóticas, y también tenía una lucidez deslumbrante. Pero creo que no era capaz de poner en palabras todo lo que pasaba por su cabeza”. A fines de ese año, 1971, Lira fue internado por primera vez debido a sus brotes sicóticos –que a veces implicaron episodios de violencia, leves pero desconcertantes– y su madre pegó un grito cuando el psiquiatra pronunció esa palabra: esquizofrenia.

Sucede simplemente / que no tengo centro / el nockaut me dio justo al medio / y el vacío lo abarca todo […] Me desperté con los Hawker Hunter / La metralla perforó mis convicciones / los culatazos en los riñones / me introdujeron de lleno / en la economía social de mercado / como vil productor de escoria / Y aquí estamos. Poniéndole el hombro / hasta nueva orden.

Seguir los pasos de Rodrigo Lira desde 1973 en adelante es recorrer ambientes culturales poco iluminados por las crónicas de esos años, a la sombra de la violencia política y de la vida cultural más resonante de la década posterior. Se trata de grupos de jóvenes que se las arreglan para ser jóvenes en los primeros años de dictadura –la mayoría terminará emigrando, otros se quitarán la vida antes que el propio Lira– y de una incipiente actividad literaria que va tomando cuerpo en espacios universitarios, creando esa atmósfera de rigor y vanguardia cuyo centro de gravedad era Enrique Lihn y allanando el camino a la aparición de colectivos como el CADA, con Raúl Zurita como referencia.

Atento a esos movimientos, Lira afinó sus operaciones verbales que se reían por igual de los lenguajes de la burocracia y de las burocracias de la poesía (“la pobre poesía sigue siendo / el paraíso del tonto solemne”). Entre 1975 y 1981 escribió casi todos los textos incluidos en el póstumo “Proyecto de obras incompletas” (1984), su libro esencial, complementado mucho después por “Declaración jurada” (2006) y “Buelos barios: boladas boludas” (2016). En vida difundió sus escritos por separado, usualmente intervenidos con fotos y dibujos que al parecer delataban a un artista visual más que respetable (condición frecuente entre los poetas chilenos de la época), tanto que Ignacio Lira opina que el talento de su hermano mayor estaba en el dibujo y no en la poesía. Al collage sobre el papel le correspondía la performance sobre el escenario. Las lecturas teatralizadas y las interrupciones públicas, ejecutadas por el poeta culto y grotesco, de boina y anteojos de marco grueso, fueron su inconfundible carta de presentación.

Como quería su lugar entre los poetas y desarmar la realidad era su manera de afincarse en ella, Lira se convirtió en un diestro parafraseador de sus pares, jugando a la delicada ambigüedad entre el homenaje y la burla. Careaga deja a la vista la relación siempre tirante con Zurita (“el superpoeta zurita se pasea / como un cristo bizantino por las calles de santiago”), aunque Lira también se permitió provocar a Lihn, al mismo tiempo que buscaba su complicidad. “Parodiamos, pero no nos gusta que nos parodien”, diría Lihn en el prólogo de “Proyecto de obras completas”, admitiendo que le costó tolerar el juego: “El recuerdo que tengo de Rodrigo Lira me disgusta conmigo mismo. Era alguien que ponía a prueba la capacidad para desestabilizar los códigos de comportamiento en la relación interpersonal. Di un examen mediocre”. La acuciante personalidad de Lira, y en esto coinciden los testimonios recogidos por Careaga, era fascinante o agotadora según el ánimo del observador. Ansioso y a la vez susceptible, asiduo a las visitas intempestivas, tendiente a monopolizar la situación, había que saber estar con él. Y entender el código, a veces “monótonamente irónico”. A mediados de 1981 le escribió a Nicanor Parra, José Donoso, Jorge Edwards y Enrique Lihn pidiéndoles la mano de sus respectivas hijas, todas adolescentes. “No acuso recibo de su mierda”, le contestó Lihn cuando Lira, aprovechando un encuentro en la SECH, se acercó a preguntarle si había recibido su envío. Fue la última vez que se vieron.

Ignacio Valente, al reseñar una antología en la que Lira fue incluido, le admiró “cierta gracia discontinua”, frase que él adoptó como título de trabajo y escribió muchas veces en sus cuadernos. Cuesta discernir si darle continuidad a esa gracia hubiese sido su deseo o si boicotear esa posibilidad era su necesidad, tal como parece inútil juzgar si los rodeos infinitos de su poesía son su lastre o su impulso. De nuevo Lihn, en el citado prólogo, lo compara con Woody Allen por el modo de exacerbar sus atributos para devenir un comediante que se representa a sí mismo, aunque le reprocha excesivas alusiones a juicios literarios irrelevantes –en parte, por la sensibilidad de Lira ante cuanto se escribiera sobre él– que colmaban su poesía de subentendidos y la dejaban “demasiado cerca de la crónica y del comidillo”.

Pero esa crítica sólo vale para algunos textos. Respecto de otros, el propio Lihn lamenta no haberlos sabido apreciar a tiempo, y que a muchos les pasara lo mismo fue para Lira un problema grande. Con sus poemas sueltos e intervenciones públicas podía conseguir risas y aplausos, pero de ahí no pasaba; para ser un iconoclasta exitoso se necesita ser un buen estratega y él no contaba con esa cualidad. En 1979, con el notable poema “4 tres cientos sesenta y cincos y un 366 de onces” ganó el concurso de la revista La Bicicleta y creyó que el camino se abría, pero luego postuló a muchos otros y no volvió a ganar. Con treinta años cumplidos, el niño inteligente, el joven talentoso, seguía en calidad de proyecto. No había conseguido terminar una carrera, formar una pareja ni generar sus propios ingresos. Tampoco afirmarse como poeta. Él sabía que alguna de esas cosas tenía que ocurrir para empujar las otras, pero no ocurría ninguna.

Los brotes sicóticos fueron más esporádicos en sus últimos años, pero las penas más profundas a medida que la soledad se le mostraba como un destino imposible de torcer. En 1976 le habían aplicado tres electroshocks, tratamiento que Lira aborreció –Careaga pone en duda que lo haya consentido– y que no le perdonó a su psiquiatra. Pocos meses después escribió “Angustioso caso de soltería”, uno de sus poemas más conocidos, en el cual se declara hastiado de experimentarse a sí mismo como una entidad incompleta. Lira tuvo algunos amores fugaces –el último con Cecilia Aguayo, futura tecladista de Los Prisioneros– y otros simplemente platónicos. Ya no le alcanzaba con eso, ni era más que eso lo que ellas podían darle. En una reunión con poetas jóvenes realizada en la casa de Lihn a comienzos de 1981, afirmó que sus problemas de carácter se debían a su frustración erótica y sentimental.

Tampoco lo ayudaba la desazón de sus padres, que lo veían desertar de sus estudios y malgastar sus capacidades en unos textos de apariencia patológica que mal podían entender como poesía. Nunca dejaron de mantenerlo, apoyados en una asignación que recibían de las Fuerzas Armadas luego de que un diagnóstico médico declarara a Lira incapacitado para trabajar. Su padre tomaba una distancia fría, cargada de menosprecio. Su madre se mantuvo siempre cerca, aunque sin poder disimular la angustia. Poco antes del suicidio de su hijo, entró un día a una iglesia y dijo ante el altar: “Señor, te lo entrego”.

Es admirable y también un poco triste comprobar que Lira no dejó de imaginar estrategias para hacerse entender, ni de reírse de sí mismo en el intento. Buscó trabajo como publicista, locutor o actor de comerciales, sin resultados, y el 1 diciembre de 1981 hizo su famosa aparición en “¿Cuánto vale el show?”, recitando un fragmento de “Otelo” que ensayó mil veces. Le fue bien, pero sería todo. Durante las semanas posteriores habló del suicidio con más de un amigo, aunque no era la primera vez y para el lunes 28 de diciembre había convenido una consulta con el psiquiatra Marco Antonio De la Parra. El sábado 26, sin embargo, día de su cumpleaños 32, llenó la tina de su departamento y se cortó las venas, dejando a la familia una carta de la que sólo conocemos estas líneas: “…con respecto a mis textos y manuscritos, no sé si se podrá hacer algo. Durante mucho tiempo les tuve mucho cariño y les atribuí importancia. Ahora las cosas han cambiado, pero sentiría que se destruyeran así no más”. En “Testimonio de circunstancias”, el más extenso de esos escritos, decía:

porque no soy un poeta / a no ser que ser un poeta / sea ser un payaso / o sea ser un espectro / —saludable, pero espectro fantasmal […] O sea ser simplemente alguien / con una forma larga de mirar / uno de esos que de pronto mueren en forma trágica / sin que nadie se sorprenda / y sin que tampoco se entere mucha gente / y que por ahora sobrevive / y sonriendo intimida / y con una tristeza apenas esbozada / ¿o alguna bondad verdadera escondida y profunda? / enternece un poco a algunas almas simples.

La poesía terminó conmigo. Vida de Rodrigo Lira
Roberto Careaga
Ediciones UDP, 2017, 279 páginas