En Estados Unidos durante 2016 se registraron 63 mil muertos por opioides. Muchos usuarios de esta droga, que está entre las más adictivas del mundo y es mucho más fuerte que la heroína, terminan muriendo en agonía a la espera de ayuda. 

Donald Trump es una de las pocas figuras políticas que ha tocado el tema en los últimos años. El magnate lo citó como una prueba del fallecimiento de EE.UU.

Dos millones de estadounidenses padecían de adicción a los opioides según el National Survey on Drug Use and Health de 2015. El auge de potentes sustancias como el fetanillo y el carfetanil, un tranquilizador de elefantes, ha incrementado la cifra de muertes por sobredosis.

¿Cómo esta droga puede matar tan fácil y rápido a las personas? Imaginemos a una persona que fuma, inhala o se ha inyectado una droga de este tipo. En el momento en que esto pasa la sustancia ingresa de inmediato en el torrente sanguíneo y de ahí se va directo al cerebro.

“Una vez que el fármaco se une a los receptores de opiáceos y los activa, desencadena una cascada de acciones psicológicas y físicas; produce efectos eufóricos, pero también produce efectos negativos en el sistema respiratorio”, indicó a Scientific American, Eric Strain, director del Centro para el Tratamiento del Abuso de Sustancias e Investigación de la Universidad Johns Hopkins.

Es gracias a estos efectos negativos en el sistema respiratorio que las víctimas de una sobredosis mueren literalmente asfixiadas. Una de las razones es que los opioides tienen un efecto sedante que suprime la actividad cerebral que controla la frecuencia respiratoria. Además, suprimen la capacidad del cerebro para monitorear y responder al dióxido de carbono cuando se acumula a niveles peligrosos en la sangre.

«Es la forma más diabólica de morir, porque todos los reflejos que tiene tu cuerpo para rescatarte a ti mismo son suprimidos por el opioide», indicó la Scientific American Bertha Madras, profesora de psicobiología en el Hospital McLean y la Escuela de Medicina de Harvard.