Según Cristóbal Bellolio, en su columna “Rubios del mundo, uníos”, para mí el ciudadano promedio es hombre, blanco, maduro, heterosexual, creyente y patriota. Afirma, asimismo, que mi inspiración es defenderlos a ellos, que se encontrarían oprimidos y que con un discurso profético, aspiro a liderar un retorno a privilegios anticuados e imponer desde el Estado, la particular concepción de vida buena que mi religión me instruye. En definitiva, unir a los rubios.

Al igual que Bellolio, soy hombre, blanco, maduro, heterosexual y patriota. Ambos estudiamos en Derecho en la Universidad Católica, fuimos gremialistas y nuestras familias tenían los suficientes recursos como para pagarnos la Universidad y entregarnos un buen pasar. ¿Cuál es mi problema entonces? ¿Por qué la obsesión por categorizarme y descalificarme? ¿Será porque soy rubio (y católico)?. ¿Será porque no tuve el privilegio de estudiar un postgrado y llenarme de conceptos, ideas foráneas y citas de autores extravagantes que son capaces de explicar como funciona el mundo desde una biblioteca?

No. En mi imaginario el ciudadano promedio no es como lo describe Bellolio.

Primero, porque no necesito imaginarme a nadie, porque a diferencia de él, yo no seguí una carrera académica sino que me dediqué a conocer la realidad. El ciudadano promedio está en las poblaciones de San Bernardo o Peñalolén, que tantas veces recorrí. El ciudadano promedio está en las ferias de Paine y no en el café hipster de Vitacura o del Parque Forestal. El ciudadano promedio es de carne y hueso, no la descripción que un paper académico o una cuenta influyente de twitter pueda entregar.

Segundo, porque mi discurso no distingue entre hombres y mujeres, blancos o negros, maduros e inmaduros, homo o heterosexuales, creyentes o no, patriotas o no. No soy yo el que excluye, sino el que es excluido por hablar con sinceridad y defender las convicciones e ideas en las que creo. No soy yo el que discrimina, sino el que es discriminado por ser rubio, por ser católico, por tener 9 hijos o por decir que me gusta pololear con mi señora. Los intolerantes son otros y son ellos los que se arrogan la representación de grupos de personas y que los impulsan a rechazar al que piensa distinto, por la religión que profesa o por el color de su pelo.

Yo no soy un profeta ni aspiro a liderar, ni menos a calificar, a esas personas como un grupo de oprimidos. Tampoco busco reinstaurar los privilegios de nadie ni a validar conductas racistas, homofóbicas ni xenófobas. Simplemente, nos situamos desde la realidad y buscamos darle visibilidad a esa mayoría silenciosa que ha sido marginada del debate nacional y que, por haber sido olvidada de los papers y discusiones extranjeras, ha perdido influencia y notoriedad en la discusión sobre prioridades y objetivos de una gestión gubernamental.

Esos son los ciudadanos promedio. Los que se levantan todos los días a las 5 de la mañana para tomar el Transantiago; los que esperan meses por una hora en el consultorio de salud para operarse; o que sufren por la mala calidad del liceo donde están sus hijos. Esos son los oprimidos; los pobres que no encuentran un trabajo digno y que no llegan a fin de mes, por que reciben poca plata y la vida, cada vez es más cara. Esos son los marginados, los que a las 8 de la noche se encierran en sus casas por temor a ser asaltados y que han renunciado a la vida en comunidad, por la llegada del narcotráfico. Esa realidad no está en las columnas de El Mercurio, La Tercera, The Clinic o la Revista Capital. De esa realidad nadie habla en los programas de discusión política ni en el Top Secret de La Segunda. Precisamente, esa narrativa la que aspiro a cambiar.

Soy rubio, y a pesar de ser rubio, he podido llegar a conocer esa realidad y son ellos los que me motivan a levantar la voz y a disputarle, palmo a palmo, el espacio público a los que se creen dueños de la verdad. Es cierto, es preciso disputarle la cancha al Frente Amplio por que revestidos de una supuesta pureza ideológica y aún con bríos de novedad, han logrado disfrazar un discurso profundamente violento, que busca reemplazar por completo un modelo que le ha traído éxito a Chile y donde descansa la esperanza del desarrollo futuro para toda su gente. Pero también, es indispensable develar la identidad de la centroizquierda, que lleva décadas abusando del Estado y socavando la institucionalidad, mediante la extracción de los recursos públicos para beneficio político y no social. Ese es el sentido profundo del llamado a despolitizar la política, que tiene como destinatarios a los propios políticos que se alejaron de la gente y que creen que una mala noche en Tolerancia Cero será difícil de superar.

Por eso, a pesar de ser rubio, no aspiro a otra cosa que ocupar la vitrina pública para ser una voz de los verdaderos oprimidos, de los que genuinamente representan el ciudadano promedio de nuestra sociedad. Esos que, independiente de su sexo, color de pelo, origen o religión, buscan con esfuerzo sacar sus vidas adelante, formar una familia y actuar con responsabilidad, aquellos a los que el Estado les sigue imponiendo regulaciones y convenciones culturales; y a los que la minoría de columnistas y analistas sigue colgándole caracterizaciones e intereses, que están muy lejos de aceptar.

José Antonio Kast Rist.

Rubios del Mundo, Uníos – The Clinic Online

Tanto Trump como JAK dicen hablar por el ciudadano promedio -que en su imaginario es hombre, blanco, maduro, heterosexual, creyente y patriota- que se ve sitiado por una serie de restricciones en favor de las mujeres, las etnias minoritarias, la monserga LGTB, los ateos y los migrantes.