Vengo de dar una conferencia –otra más- y tuve la suerte de que pocos días antes llegara a mis manos “Alhué y otras prosas”, de José Santos González Vera, publicado por ediciones UDP. Se trata del escritor chileno que nació en 1897, en la localidad de El Monte, y que murió en Santiago la noche del 27 de febrero de 1970. La primera vez que escuché hablar de este sobrio y gran narrador fue por boca del escritor porteño Carlos León Alvarado, el Hombre de Playa Ancha como lo llamaba Pablo Neruda, que en los encuentros que algunos de sus ex alumnos teníamos con él en el Café Riquet de Valparaíso, hoy desaparecido, nos decía siempre lo mismo: “Lean a González Vera”.

De un tiempo a esta parte me gusta mostrar algo de humor cuando doy una conferencia o inicio un curso universitario. Humor a costa de uno mismo, desde luego, porque hacerlo a la de los demás es un deporte nacional que trato de evitar lo más posible. Si el humor es una práctica saludable, se transforma en virtud cuando se lo ejercita a costa de uno mismo.

Uno de los textos de González Vera que incluye el libro antes mencionado se titula “El conferenciante”, y me vino como anillo al dedo para encontrar el motivo de humor que andaba buscando para mi última conferencia. Ese texto es el primero de las “otras prosas” que el libro desgrana a continuación del inolvidable “Alhué”, un pueblo “con individualidad”, cuenta el autor, y añade: “pocas moscas, un solo fraile y ningún carabinero”. Un pueblo en que sus habitantes “tuvieron el buen gusto de de bautizar las calles con nombres útiles, precisos y localmente históricos, sin remontarse a la revolución francesa, ni al descubrimiento de la imprenta, ni invocar nombres militares, gregorianos o políticos”. Nombres útiles, precisos y locales como “calle del Comercio” para aquella donde estaba la mayoría de los negocios, “calle del Progreso” para la que lucía la única casa de dos pisos, y “calle de la Unión” para la que iba a dar a las puertas del cementerio.

El primer disparo de González Vera contra conferencias y conferenciantes está en el párrafo inicial del texto: en Chile es rara la persona que no desee contribuir al bienestar humano como conferenciante. Ciertos días en Santiago –continúa- no menos de diez charlistas se ponen en contacto con otros tantos auditorios (¿cuántos más serán hoy, ya iniciado el siglo XXI?). La conferencia ha logrado convertirse en algo tan bueno como el pan; ha penetrado hasta la raíz de nuestras costumbres y es ya una necesidad. Ocurre también –observó nuestro autor- que no solo las instituciones docentes, científicas, artísticas y literarias poseen salas adecuadas para tal fin. También las tienen los bancos, los ministerios, los clubs, los diarios.

Las conferencias suelen ser gratis. Es una de las pocas cosas que requieren esfuerzo y que se piden a cambio de nada. No paga el público ni tampoco se paga al conferenciante. Debe ser por eso que los asistentes reciben las conferencias con la misma frialdad que si les propusieran el ingreso a sociedades para respirar.

González Vera intentó una clasificación de los conferenciantes: los que leen, los que hablan y consultan apuntes, los profesores, los improvisadores y los simuladores. El que lee tiene una ventaja para el público: termina cuando llega a la última palabra. En cambio, con los demás nunca se sabe, porque empiezan con aquello de que nos acercamos al término de mis palabras…; poco nos queda para concluir…; ya que el tiempo apremia, me limitaré a lo sustancial…; si me permiten un minuto más…; no quisiera separarme de ustedes sin agregar…, y así, sin finalizar jamás. A continuación de cada falso anuncio le brotan abundantes oraciones, mientras los asistentes cuentan los minutos que empleará en las aclaraciones finales. Sienten deseos de toser, y tosen. Estornudan, estiran las piernas, susurran, consultan sus relojes, y lo más probable es que ese sea el momento en que un cínico exija a gritos “¡Qué hable más alto!”, a ver si de esa manera hunde al conferenciante en la afonía.

El charlista termina ufano su intervención, escucha los aplausos, pero no oye los comentarios más habituales del público que se retira ya cansado y hambriento. “Pero esto es hablar por darle gusto a la lengua”, “vendiendo baratijas en una esquina no estaría más”, “lo que a mí ni amarrado me traen a otra conferencia”. Se alejan con pasos rápidos, pero un grupo se queda en la puerta del auditorio y fabula acerca de la conveniencia de crear una “policía literaria” que se hiciera presente en cada conferencia para controlar el tiempo que emplea cada uno de los sermoneadores que se atreven a tomar la palabra por más de 45 minutos hora ante un público cautivo que sale del lugar con tan pocos conocimientos como los que tenía al ingresar a él.

Otra cosa, en fin, son quienes presentan al conferenciante. Toman largo rato la palabra y hasta sustituyen al orador principal. Hay que tener cuidado con los presentadores. También con los locutores que anuncian un discurso y lo hacen ellos mismos, casi por completo, después de saludar a cada una de las autoridades presentes. “Ocupar, ante el auditorio, la cabecera, es privilegio. ¿Quiénes son de honor tan señalado?”, pregunta González Vera. Se trata de educadores, políticos, escritores, diplomáticos, aunque a veces ponen allí también a viejas glorias ya retiradas de toda actividad. “Personajes que fueron lumbreras y que en el presente viven retirados, no por su voluntad ciertamente, y que se resisten a ser desplazados por las nuevas generaciones”.

Tengo pedidas ya dos conferencias para el mes de marzo y lo único que me consuela es que todavía dispongo de tiempo para pensarlo.