En 1912 no era yo el pintor de la familia. Era mi hermano mayor, el que con sus espléndidas copias a la acuarela sacaban de apuro a mis padres para sus regalos de circunstancias. Por mi parte yo no hacía sino garabatear, en libros y cuadernos, presuntas caricaturas de profesores y compañeros, y ganarme la mejor nota del curso de Dibujo que dictaba honrada, pero inútilmente, don Evaristo Barrido (padre de Pablo, el musicólogo), nota que con la de gimnasia eran las dos “distinguidas” que obtenía en mis estudios, con gran preocupación de mi padre, que se preguntaba ¿Qué se puede esperar de un hijo bueno para saltar y dibujar? Yo, a mi vez, compartía su mala suerte…

Pero, sucedió que un buen día mi hermano desafiando el tumulto de los otros más salió de su “taller” para copiar al óleo, por primera vez, un cuadro pintado al óleo. Viéndolo avanzar en su trabajo yo iba teniendo cada vez más la seguridad, la certeza y la confianza absoluta que yo podría también hacerlo. Cuando terminó en medio de la admiración fraternal, aseguré que podía hacerlo mejor… pero que iba a copiar un cuadro más difícil… Me hermano aceptó buenamente el desafío y me entregó telas y colores, estimulándome para que lo ensayara. Y en una tarde hice una copia cuatro veces mayor que el modelo, usando, por vez primera, el óleo como medio. Visto lo cual mi hermano me regaló sus materiales y no pintó nunca más…

La copia me hizo famoso entre mis compañeros del liceo, pues fue el único cuadro al óleo que figuró en la gran exposición “obligatoria” que se hizo en 1912 para celebrar el cincuentenario del establecimiento. Cincuenta años más tarde -en 1962- al cumplirse el centenario se organizó una gran exposición nacional en la que se me dedicó un vasto muro de homenaje, en el que junto a las obras más recientes, colgaba en primera línea la copia de mi mocedad.

Fui un niño contradictorio: sensible y afectivo, al mismo tiempo irritable y desorbitado en mis iras. Formado en un hogar tranquilo y bien organizado. Penaba leyendo cuanto cayera en mis manos, aprendiendo toda suerte de poesías, copiando dibujos de la Lira Chilena, ilustraciones de Luis F. Rojas; portadas de Zig-Zag; y dado, además a relatarles lecturas y a decirle discursos patrióticos a mis compañeros de juegos. Distraído, mal alumno, más dispuesto a vagabundear por los cerros porteños que a asistir a clases; conservo muy escasos buenos recuerdos de algunos profesores. El colegio siempre me pareció una cárcel para mis sueños de libertad, para mis ansias de conocer, de descubrir la inmensa ciudad vedada para mis años.

LUCHAS

Pintor de paisajes en mi primera hora, ya en el Salón de 1916 se me dio una 3ª medalla por un autorretrato. En el año 1917 envié dos importantes retratos, los que a decir de los jóvenes, merecían la 1ª medalla, contrariando el veredicto del Consejo, constituido en jurado mayoritario, que optó por no premiarse. Don Ramón Subercaseaux, presidente del jurado, fue el encargado de explicarme el por qué no se me había premiado: por demasiado joven; por demasiado pronto para tal medalla consagratoria; por el peligro de envanecimiento, y por ende, de fracaso… Selva Lírica, la revista de vanguardia del momento, puso el grito en el cielo y trató en forma descomedida “a las barbas del Consejo de Bellas Artes”. Los jóvenes colegas acordaron por su parte no presentarse al Salón de 1918 y declararse en huelga en señal de protesta. La protesta la prohijó la Federación de Estudiantes creando un “Salón de Primavera”, que se celebró en una sala de la Casa Central que daba a la calle San Diego. Demás está decir que el premio fue compartido con los colegas mayores Carlos Isamitt y Enrique Lobos. Por cierto que el Salón de Primavera quedó en su número inicial. “Chile, país de estrenos” habría dicho Joaquín Edwards Bello.

Expulsado de la Academia por haber persistido en una huelga contra el director, el periodista Joaquín Díaz Garcés, me volví a mi tierra porteña donde pude constatar que mi progreso no servía sino para alejarme del público, el mismo que antes de partir a “la conquista de la capital” me había estimulado con su entusiasmo y confianza. Hubo consenso, casi unánime, en decir: “antes pintaba mejor”… Seguí pintando mis cerros, mi puerto plagado de veleros y vapores, y más de algún retrato. Hice una exposición de despedida, aventurándome, y logré partir a Europa. Y vivo en Italia, en París, en España, y sueño en la conquista de un nombre, mientras perdura y persiste en la nostalgia el rostro de la mujer amada.

 

 

CAMILO MORI
Investigación y textos:
Samuel Quiroga y Loreto Villegas
Origo + Ediciones Universidad Católica de Temuco, 2017, 154 páginas.