A pesar de que casi siempre me levanto con ganas de matar; instituciones, por cierto, las que suelen estar compuestas por personas; no dejo de trabajar en mi jardín colgante neobabilónico, como he llamado a mi zona acotada de maceteros de diversa dimensión y forma, distribuidos y ordenados en un diseño en que predominan los palets, como soporte eje. Incluso hay árboles frutales. Tengo lúcumos, manzanos y paltos pequeños y otras plantitas que distan muchos de las habituales que ofertan los antejardines de este angosto territorio. También tengo productos de huerto. Ni rosas ni buganvilias, ¡por favor!

La vida de uno transita entre el giro cívico de la afirmatividad republicana y la ira odiosa que pretende exterminar al otro. Lo concreto es que por ahí circula la política (y la cultura), en ese conflicto en que uno lucha por no convertirse en criminal (en asesino). Todo un antídoto contra la impotencia estructural que me tiene el colon hecho mierda.

Resulta, chiquillas, que se reeditó el viejo tópico estético, y conflictivo por lo demás, del autor y de la obra, que asoló al siglo recién pasado. Y todo por culpa de los poetas que suelen maraquear con los signos y mercadear con la disidencia. Y todo esto gracias a una facebook-denuncia de abuso (sexual) que sólo es verificable en ese formato, porque tiene una lógica que nace y muere ahí, en ese soporte. La pregunta clave es: ¿la desautorización del autor, es decir, el proceso que le quita jerarquía o supremacía moral al “abajo firmante” por la comisión de un delito (o al nombre de la portada y cuya foto está en la solapa), anula su obra? Obviamente es un tema de artistas millenials que viene a la palestra porque Hollywood lo impone. Porque todavía los poetisos creen en esa ordinariez llamada fama.

Es decir, pasamos de un régimen ético a un régimen estético del arte, parafraseando a Ranciére. Quizás esto redunde, cabras, en la muerte definitiva del arte, al menos como lo conocemos acá en el barrio, en manos de una institucionalidad monstruosa más preocupada de reproducirse como entidad amalditada que de promover obra. Mi respuesta es que para no perder el tiempo con argumentaciones (y contra argumentaciones) narcisistas e inteligentes, apelemos a la economía subjetiva y derribemos a ambas instituciones, por lo tanto, ni AUTOR ni OBRA. He dicho, caso juzgado. Y apostemos por una nueva estética antiartista o no poetizante y a favor de una creatividad más sobrevivencial y de sentido planetario, en donde los que antes éramos artistas desparezcamos en las comunidades de nuestro territorio a trabajar como posibilitadores de procesos emancipatorios locales.

Yo lo he intentado hacer en los lugares en que me ha tocado vivir, pero me ha ido como el hoyo, porque todos los artistas (y los que no lo son también) de los pueblos abandonados quieren, como “Pedro Pablo Pérez Pereira… pasar por París”. Aunque siempre me faltó una perspectiva más zen de ocupación del espacio y ahora las condiciones están más dadas, a nivel político cultural, creo.

La relación entre estética y política está en la base de esta ruptura que puede devenir epistémica, probablemente, sea el gran tema del arte del siglo XXI (para ponerle color). Porque el autor, como función del discurso, citando a Foucault, es un nivel sine qua non de un proceso textual, y no un despropósito del humanismo antropocentrista que es al que yo creo que se refieren los poetas metafísicos que pretenden sancionar éticamente a los poetisos mal comportados. El poeta mala conducta ya no corre, se los he dicho tanto, pero esto de vivir en la provincia de la provincia…

La obra, en cambio, es un operación que pasa por muchos niveles y momentos, y que cabe dentro de una operación de diseño que, dadas las condiciones de velocidad de circulación de los objetos y la referencia de los mismos, está hipercodificada y datada, con esquemas preexistentes. Y la validación y legitimación de dichas operaciones depende de un mercado muy asociado a modelitos académicos y a grupos fácticos de decisión mediática. Por eso lo que se impone es el rediseño de dispositivos y formatos e irse, literalmente, a la mierda, es decir, a trabajar al interior de territorios, como ya dijimos, a posibilitar la posibilidad.

Quizás la radicalización de una estética relacional procesual, pero en este caso, de renuncia, al estilo Thoreau. En momentos en que los discursos de la disidencia y la subversividad valen callampa, porque sólo acogen cierto oportunismo etario o a la criminalidad endémica de grupos que hacen pasar por causas justas intereses particulares. En momentos en que el sentido común de izquierda o la doxa progre se emparenta con la derecha, porque logra institucionalizar sus modos y hasta ser financiada por el Estado. Y por otro lado, ya se desinfló definitivamente la épica transformadora que alguna vez construyó relato emancipador.

Las asambleas de artistas hoyuos en facebook deben terminar y optar por el silencio, y transformarse en un apoyo efectivo al desarrollo. Hay excepciones fundamentales, eso sí, como los aportes que hacen Bruno Vidal, Matías Rivas y Carlos Tromben para sobrellevar los trabajos y los días.