Durante la visita del Papa, el obispo Juan Barros acaparó todas las portadas, opacando una visita que podría haber sido recordada por años como un punto de inflexión de la Iglesia Católica. La actitud de Barros puso el centro de atención en él mismo, reflejando una profunda falta de empatía con sus compañeros sacerdotes y católicos en general. Es cierto que el Papa no pidió su renuncia, pero de un sacerdote, y más todavía de un obispo, se esperaría una muestra de generosidad. La renuncia del Obispo Barros habría mostrado humildad y consciencia frente a su dificultad de evangelizar y guiar a la comunidad de Osorno.

Barros es una muestra de individualismo y le hace daño a la iglesia, a los creyentes y a las instituciones. ¿Hasta cuándo tendremos que aguantar protagonismos indolentes que hacen tanto daño a un país movido por la desconfianza y con la lógica de barrer todo bajo la alfombra? Empresarios, políticos y personajes públicos se han encargado de acentuar nuestra falta de confianza en el otro.

Hace un tiempo, en un escenario distinto, algo similar ocurrió con la ex ministra Javiera Blanco, donde a pesar de los cientos de cuestionamientos que había en su contra luego de ser designada como miembro del Consejo de Defensa del Estado, asumió con total tranquilidad. Dañando de paso una organización que le pertenece a todos los chilenos y que es infinitamente más importante que cualquier nombre particular. La Presidenta no le pidió la renuncia, pero de una ex ministra de Estado con vocación de servició público lo menos que se habría esperado es que diera un paso al costado.

Estos dos hechos han sido conocidos porque se trata de personajes públicos que son parte de instituciones que representan creencias y esperanzas de miles de compatriotas. Pero este tipo de actitudes abundan en la sociedad y ocurren probablemente a diario. Todos hemos tomado decisiones movidos por ambiciones personales, sin preocuparnos por el resto, inmersos en una sociedad extremadamente individualista, donde trabajar por el bien común parece ser la última prioridad.

Necesitamos autoridades, sacerdotes y ciudadanos de todo tipo dispuestos a trabajar por el bien del país, que dejemos de mirarnos el ombligo y optemos por los demás. Es de esperarse que tomemos estas decisiones no porque una condena o un superior nos lo imponen, sino por iniciativa propia, por entendernos como parte de algo más grande. Tenemos que entender que lo importante e imprescindible son las instituciones, sueños y causas comunes, las personas estamos de paso.

*Gonzalo Rodríguez es Director Social de TECHO-Chile.