“Sobre Nicanor Parra todo se ha dicho no sé cuántas veces. La mayoría de las cosas las dejó dichas él, y nosotros, los que lo admiramos y quisimos de cerca, no hemos hecho otra cosa que repetirlas. Era el antipoeta y el antimago, odiaba la belleza porque presentía en ella la cara amable del poder, el germen de todos los totalitarismos contra los que la poesía, evitando incluso el totalitarismo de ser antitotalitario, se rebelaba”.

Así comienza la columna de Rafael Gumucio publicada este domingo en El Mercurio, titulada “Parra, amigo”, en la que recuerda episodios vividos junto al fallecido antipoeta y el tono que adquirían sus encuentros.

“Ir a ver a Parra podía ser importante, aleccionador, pero era sobre todo divertido. Las frases para el bronce y las copuchas, los chistes buenos, malos y sublimes, los amigos, toda esa gente de mi edad y menor o un poco mayor que yo conocí con Parra o que Parra unió entre sí con un vínculo de complicidad imborrable. Y ¿quién está con quién?, ¿y que está haciendo o no este o el otro? Esa infinita curiosidad por los mínimos acontecimientos que eran parte de la grandeza de Nicanor o de su generosidad al menos”, apunta Gumucio.

El escritor, además, afirma “que ir a ver a Parra fuese una interrupción en las labores alimenticias, un desvío en el camino, una aventura, era también parte de la fiesta”.

“Las Cruces, como debió ser Isla Negra y la Cartagena de Huidobro, era otro tiempo, otro espacio. Era una prueba de conocimiento, memoria e ingenio, pero también de risa, de pelambre, de tonteras al vuelo. Parra era, ante todo y sobre todo, alguien al que no le gustaba ni latear, ni que lo latearan. Odiaba los discursos, los libros, los tonos largos. Tenía listos siempre, para tu visita, una cueca, unas revistas, unas fotos, un parlamento de Hamlet preparado”, complementa.

Segun Gumucio, “hablar con Nicanor nunca era aburrido, nunca esperable, nunca sencillo. Todo era un quitar y devolver, dar y sacar, inventar y citar”.

“Eso lo hacía contigo participando en vivo del proceso, haciéndote creer siempre que lo que llevaba años descubriendo se le estaba ocurriendo por primera vez gracias a ti. No cuento eso para envanecerme de una amistad que muchos más compartieron con más intimidad que la mía, sino porque creo que el tono de esa amistad es lo que explica que miles de chilenos hayan desfilado delante de su ataúd esta semana”.

Finalmente, el académico de la UDP afirma que “Parra escribía cosas terribles. Le obsesionaba la muerte. No creía en casi nada ni nadie. Le resultaba cómico cualquier intento de mejorar el ser humano. La mayor parte de sus versos los escribía al borde del abismo. Para entender hasta el más aparentemente inocente de sus artefactos hay que pasar por Einstein y Wittgenstein, Kafka y Duchamp, sin olvidar a Macedonio Fernández y el Martín Fierro (…) Era el profesor, el hermano mayor, el rey Lear (ex Hamlet), pero en su poesía prevalece el compañero del Internado Barros Arana, el amigo del “Piedragógico”, el amigo con que es fácil conversar, aunque sin saber cómo y cuándo la conversación normal termina en los misterios insondables”.

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