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Sam Briton es el director de defensa y asuntos gubernamentales de The Trevor Project, institución que proporciona servicios de intervención de crisis y prevención del suicidio a jóvenes LGTB. Entonces, Briton escribe una crónica para The New York Times en la que narra su propia experiencia, cuando lo “torturaron” -así lo dice- para curarse de su sexualidad.

Cuenta Briton que transcurría principios de la década del 2000, cursaba la secundaria en Florida, cuando comenzó a ser sometido a una experiencia cuya finalidad era curarlo de su bisexualidad.

“Mis padres eran misioneros bautistas sureños que creyeron que la práctica peligrosa y desacreditada de la terapia de conversión podría curar mi sexualidad”, recuerda.

Por esos años -narra- “me senté en un diván durante dos años y aguanté sesiones emocionalmente dolorosas con un orientador. Me dijeron que mi congregación rechazaba mi sexualidad, que yo era la abominación de la que habíamos escuchado hablar en la escuela dominical, que yo era la única persona homosexual en el mundo, que era inevitable que contrajera VIH y tuviera sida”.

Por muy traumáticas que fueran las sesiones, la cosa no cesó ahí. A sugerencia de su propio terapeuta, a Sam Briton se le comenzó a torturar. Así lo relata:

“Dio instrucciones para que me amarraran a una mesa y me pusieran hielo, calor y electricidad en el cuerpo. Me obligaron a ver en un televisor videos de hombres homosexuales que se tomaban de las manos, se abrazaban y tenían sexo. Se suponía que asociaría esas imágenes con el dolor que estaba sintiendo para hacerme heterosexual de una vez por todas. Al final no funcionó, pero yo decía que sí solo para dejar de sentir dolor”.

A diferencia de lo que pudiera pensarse, Briton afirma que estas terapias de conversión con son cosas del pasado, no son prácticas medievales. Se siguen implementando. “De hecho aún es legal en 41 estados de Estados Unidos, incluyendo algunos supuestamente progresistas como Nueva York y Massachusetts. La ciudad de Nueva York prohibió la práctica por completo apenas el mes pasado”.

“En la actualidad, soy orgullosamente bisexual, me identifico con el género no binario y trabajo como director de defensa y asuntos gubernamentales en The Trevor Project, la organización de intervención de crisis y prevención del suicidio más grande del mundo dirigida a los jóvenes LGBTQ. Constantemente escuchamos acerca de sobrevivientes de la terapia de conversión que han salido tan lastimados que están considerando el suicidio. Así que conocemos la gravedad del problema”, dice.

Para dimensionar el asunto, cuenta que casi 700.000 adultos en Estados Unidos “han recibido terapia de conversión en algún momento, incluyendo a cerca de 350.000 que recibieron el tratamiento de adolescentes, de acuerdo con un estudio efectuado por el Williams Institute”.

Además -como si el horror no fuera suficiente- sostiene que “una cantidad todavía más grande de jóvenes, un estimado de 57.000 adolescentes, se someterán al tratamiento de un asesor religioso o espiritual antes de ser adultos”.

“La práctica puede ser realizada por un terapeuta autorizado en una oficina, en un campamento estilo correccional, por un padre que castiga continuamente a su hijo por ser demasiado femenino o por un pastor que quiere utilizar la oración para eliminar la homosexualidad. El trauma de la terapia de conversión puede provocar depresión, ideas suicidas, el rechazo de la familia y toda una serie de horrores que los niños deben enfrentar sin saber que los profesionales de la salud mental deben ayudar en vez de causar daño”, subraya.