Exista o no, lo cierto es que el Diablo pasea desde hace siglos por las historias de campo criollo. No son pocas las personas que aseguran haberlo visto u oído, representado en una de sus múltiples facetas, con aspecto humano o animal.

Por lo mismo las instancias de reunión social suelen, inevitablemente, acabar con la narración de experiencias de este tipo.

Una muestra de ello es la siguiente conversación de sobremesa, surgida después de un extendido almuerzo de una familia de Pencahue, pueblo de la Séptima Región ubicado a 15 km. de Talca.

En ella se intercambian variadas experiencias protagonizadas por el Mandinga. Por ejemplo Tomás Pacheco (53), un hombre cuyos primeros recuerdos atingentes al tema se remontan décadas atrás, cuando los viejos comentaban alrededor de un brasero chupando mate, asegura que “muchas veces la gente contaba historias de que el Diablo existía, de que andaba aquí”.

-Allá en Litú contaban siempre una historia de uno que le decían el Colorado, se llamaba Eliberto y a él se lo llevó el diablo. Estaban tomando de noche y después se apartaron, tipo 4 de la mañana. Creo que salía mucho el Diablo ahí en el Fundo Litú, Incluso había una cruz grande en el cerro, que después se cayó y la pusieron porque salía mucho el Diablo. El hecho es que se fue el Colorado a su casa y pasa el Cachúo y se lo lleva- asegura.

-¿y se lo llevó, así no más?

-El hombre gritaba mucho, así que los amigos salieron a la siga de él, porque el Cachúo se lo llevó para el cerro, hasta que tanto que gritaban desde atrás, lo dejó, metido en unas matas de tréboles, y de ahí costó mucho sacarlo, tuvieron que cortar las matas con cuchillón”, recuerda Tomás.

Don Ernesto Bravo, suegro de Tomás, de 79 años, también tiene historias que contar y de a poco empieza a hacer memoria.

-Al primo de esta (su esposa Clementina), el Diablo lo tenía arriba de un espino. Primero se pusieron a pelear, hasta que lo arrinconó- cuenta Don Ernesto, quien ha vivido toda su vida en el campo. -Otro que se tramó con él, fue Don Pedro, a quién el Diablo pescó y tiró arriba de las moras y el hombre después no podía salir”, prosigue entusiasmado.

-El finado de mi abuelo peleaba mucho con el Diablo. -comenta Clementina Riveros (80), mientras chupetea el mate. -Acá donde vive la señora Rosa, en el zanjón, creo que salía mucho el cola de flecha también. -asegura.

-En los fundos era muy típico que saliera el diablo a caballo, con espuelas y todo. -asegura Tomás. -A veces salía de gallina con pollos chicos y se cruzaba por el camino. ¿Dónde una gallina con una pila de pollos chicos iba a cruzar el camino de noche? También salía de guagua, una vez iba un amigo de a caballo en la noche y lloraba mucho una guagûita en el camino. Al amigo le dio pena, porque pensó que la habían dejado tirada, así que la recogió y la puso por delante de la montura. Siguió su camino a caballo con la guagua, cuando derrepente la mira hacia abajo y la guagûita empieza a reírse con puros dientes de oro; ahí el amigo se dio cuenta de que era el Diablo, lo tira lejos y arranca. Llegó a sentidos perdidos a su casa.

-El finado Augusto, decía que le salió en forma de una rusia en el monte, cuando iba a caballo, y se le subió al anca. Se fue con ella y no se bajaba nunca. Le dio la huea al manco y azota con él. El caballo saltó las varas y lo dejó metido en la galería. Dicen que siempre salía esa rusia -cuenta Don Ernesto.

José Bravo, el hijo menor de la familia, quien a ratos se ríe de las historias y las escuchaba con esceptisismo, recuerda una cosa que le había contado su primo

-El Hugo iba caminando en la noche hacia su casa, en El Estero, después de unas copitas de más. Esta historia no tiene muchos años. La cosa es que en el trayecto se da cuenta de que iba otro (hombre) al lado de él y le mete conversa, pero el otro no le responde nada. El Hugo, que debe medir casi dos metros, lo miraba hacia arriba, porque el otro era mucho más grande. Llegó a su casa y se acostó. Al otro día recordó la escena y le pareció todo muy raro, así que fue al camino a buscar los rastros y solo encontró los rastros de una persona, nada del misterioso amigo que lo acompañaba. El Hugo está convencido de que su compañía era Cachúo. -comparte Cochelo.

En medio de la conversación, don Ernesto se acuerda de una travesura que le hicieron al Diablo:

-Una vez lo pusieron a raspar un cuero negro de cabro y tenía que dejarlo blanco ¿lo iba a dejar blanco cuándo? Y ahí ya fue jodiendo el Diablo -cuenta y se ríe el abuelo.

¿La gente hacía pactos con el diablo?
-Sí, eso se decía mucho y todavía quedan algunos pocos. Le pedían riqueza a cambio de sus almas. Al final después la gente tenía mucha plata, pero después terminaban pobres, llenos de piojos y todo. El Diablo comenzaba a recuperar todo lo que les había dado. Cuando la persona muere, el diablo se lleva su alma, incluso a veces su cuerpo, porque llegaban cajones vacíos al cementerio.

¿Por qué creen que ya casi no sale el Diablo?
-Porque la gente está más diabla que el mismo Diablo.