Un artículo de The New York Times habla de cómo el porno puede además de ser una efectiva herramienta para la masturbación adolescente ( y de adultos), una guía para la educación sexual.

“Un programa pionero en Estados Unidos y educadores sexuales en el mundo parten de la premisa de que la mayoría de los adolescentes ve pornografía. En vez de hacerles creer que arruinará sus vidas, les enseñan a analizarla para ayudarles a formar sus propias ideas sobre el sexo, el placer, el poder y la intimidad”, se lee en el texto de Maggie Jones.

La colaboradora del medio estadounidense toma el caso de un tipo que llamará Drew para explicar la tesis. Entonces, narra:

“Drew tenía 8 años y estaba cambiando los canales en su casa cuando se encontró con el programa Girls Gone Wild. Unos años más tarde se topó con el porno blando de la programación nocturna de HBO. Luego, en secundaria, encontró sitios pornográficos que podía ver desde su teléfono móvil. Los videos eran buenos para tener orgasmos, dijo, pero también le daban ideas de posiciones sexuales para poner en práctica con sus futuras novias. De la pornografía aprendió que los hombres deben ser musculosos y dominantes en la cama, y hacer cosas como darle vuelta a las chicas y ponerlas bocabajo durante el sexo. Las chicas gimen mucho y las excita prácticamente todo lo que hace un chico seguro de sí mismo”.

El choque con la realidad se le produce a Drew cuando llega al bachillerato. Ahí le surgen las preguntas: ¿Sus senos serían como los que veía en la pornografía? ¿Las chicas lo mirarían como lo hacían las mujeres de las películas al tener sexo? ¿Le harían sexo oral y todas las otras cosas que veía?

Junto con Drew, aparece en escena Q, quien también servirá de modelo para analizar el hecho. A ambos se les confunde lo que es realidad con lo que no. No sabe, dice Maggie, qué es lo efectivamente espera una chica de un hombre. Por ejemplo.

Relata la cronista que “Q había oído hablar acerca de la importancia del sexo consensuado, pero sonaba bastante abstracto y no parecía que siempre fuera a ser algo realista al calor del momento”.

“¿Acaso tenía que preguntar repentinamente: “¿Puedo jalarte el cabello?”? ¿O podía intentar hacer algo y ver la respuesta de la chica? Tenía claro que había algunas cosas “muy importantes como los juguetes sexuales o el sexo anal” que no intentaría sin antes preguntar”, propone.

Entonces, Maggie Jones cuenta que aparece otro chico que sostiene “yo simplemente lo haría”. La referencia era al sexo anal.

Los jóvenes, los descritos y otros, empiezan a recoger sus cosas y se dirigen a la clase conocida como Alfabetización Porno. “Este curso, cuyo nombre oficial es “La verdad acerca de la pornografía: programa educativo de alfabetización porno para estudiantes de bachillerato diseñado para reducir la violencia sexual y en el noviazgo”, es un agregado reciente a Start Strong, un programa de liderazgo entre pares dirigido a alumnos residentes del extremo sur de Boston y financiado por la agencia de salud pública de la ciudad. Alrededor de dos decenas de estudiantes de bachillerato seleccionados previamente asisten cada año y la mayoría son estudiantes afroestadounidenses o latinos, junto con algunos asiáticos de las secundarias públicas de Boston y unos cuantos colegios religiosos. Durante gran parte del año, los adolescentes aprenden acerca de las relaciones sanas, los noviazgos violentos y temas relacionados con la comunidad LGBT, a menudo mediante debates grupales, juegos de rol y otros ejercicios”.

El objetivo del curso, aclara Jones, es convertir a estos estudiantes “en consumidores de pornografía más sabios y críticos al analizar cómo la pornografía retrata el género, la sexualidad, la agresión, el consentimiento, las razas, el sexo homosexual, las relaciones y la imagen corporal (o, en el caso del consentimiento, analizar su ausencia)”.

Como dato anexo, cuenta Maggie Jones que “el programa de Alfabetización Porno, que comenzó en 2016 y es el foco de un estudio piloto, fue creado en parte por Emily Rothman, profesora adjunta de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Boston, quien ha dirigido muchos estudios acerca de la violencia durante el noviazgo, así como del uso de la pornografía en adolescentes”.

“Rothman me comentó que el plan de estudios no está diseñado para asustar a los jóvenes haciéndoles creer que la pornografía es adictiva o que arruinará sus vidas y sus relaciones, además de pervertir su libido, sino que está centrado en el hecho de que la mayoría de los adolescentes sí ven pornografía y adopta el enfoque de que enseñarles a analizar su mensaje es mucho más efectivo que solo desear que nuestros hijos vivan en un mundo sin porno”, explica.