La cosa es más o menos así. Un club nocturno, que puede estar ubicado en Berlín, alguna otra ciudad alemana, o incluso Amsterdam, en Holanda. Se abren las puertas, y en el interior sólo hay hombres. Entonces unos toman posición en el sector de las yeguas y otros, en el de los sementales. Los primeros; es decir, quienes quieren ser parte de las yeguas, son asistidos por “mozos de caballería”. Se desnudan y se cubren la cabeza con una capucha. Estas son de color blanco o rojo. En el caso de elegir las primeras se debe respetar la regla del sexo seguro. Si son rojas, el desenfreno es total, no hay límites. Los sementales hacen y deshacen a merced con las yeguas.

Tal como relata El País, se trata de las llamadas fiestas “El Mercado de las yeguas” que ya se reproducen en varios países de Europa, como Alemania, Holanda o Bélgica.

En Berlín, por ejemplo, se celebra en el club Kit-Kat, en donde llegan sagradamente unas 200 personas. Ahí -describe el medio español- hay muebles acolchados especialmente para que los sementales monten a las yeguas como les plazca si el caso es tal.

Además de lo anterior, cuentan, es dado ver yeguas complaciendo de rodillas a un semental mientras éste conversa, vaso en mano, con otro sujeto de igual naturaleza.

Los “mozos de caballeriza”, repartidos por todo el local, son los encargados de vigilar el cumplimiento de los rituales y de retirar del “mercado” a las yeguas que deseen abandonarlo.

“A veces me gusta ser yegua y a veces semental, no tengo un rol estricto”, dice Camilo F. un colombiano de 30 años. “En Leipzig, donde no me conoce nadie, suelo ser yegua, y en Berlín prefiero ser semental porque me encuentro con algunos amigos. Supongo que esa división tiene que ver con un análisis todavía machista de la sociedad, donde es más respetable ser el que domina. Pero las sensaciones son igual de poderosas en uno y otro caso, y no me avergüenzo de ninguna de ellas. Me siento completamente vivo en esas fiestas”, relata.

Esta misma persona dice que en cada evento suele tener relaciones con unos 10 hombres. Ahora, cuando desempeña el papel de yegua, es más complicado advertir cuántas veces ha sido dominado.

“Sé perfectamente que en los días de Leipzig tengo relaciones con hombres por los que, en una situación normal, sentiría casi repulsión. Pero justamente eso es lo que hace este juego sexual fascinante: la transgresión de todas las convenciones del deseo, la aceptación de valores primitivos”.