Hace treinta años en los salones del Hotel Tupahue —facilitados por decisión que merece reconocerse por la familia Puig—fue convenida la “Concertación de Partidos por el No”, convertida luego de la derrota de la propuesta presidencial de Pinochet en octubre de 1988 (aquella en que corrió solo y llegó segundo) en “Concertación de Partidos por la Democracia”.

La Concertación fue uno —en verdad, el último– entre los varios intentos realizados para lograr el término de la dictadura que agobiaba al país desde 1973. Ella instó por la recuperación de la democracia utilizando los mecanismos impuestos por una Constitución rechazada en el fondo y en la forma, pero que demostró ser útil, imponiendo la fuerza del pronunciamiento ciudadano, lograr su término sin violencia ni alteraciones de la macroeconomía. Hasta su surgimiento todos los intentos habían fracasado al enfrentarse contra la acorazada defensa de la dictadura. En la medida que las manifestaciones de repudio al régimen militar se fueron incrementando y pasaron a la línea de no violencia activa las reacciones del gobierno incrementaron su dureza y el espiral de víctimas aumentaba progresivamente. Era evidente que la opción de enfrentamiento armado que unos pocos propiciaban era ilusoria ante la realidad de un gobierno que actuaba convencido que se encontraba en estado de guerra, no en contra de un Estado sino de una idea.

No fue fácil lograr paulatinamente la reconstitución, primero de la unidad interna de los partidos y movimientos sobrevivientes y luego restablecer las confianzas entre aquellos que hasta 1973 habían sido drásticos contradictores, jamás enemigos. Los intentos dieron al final resultado y se hizo realidad aquello de que era más lo que unía que lo que nos separaba, lo que fue más que frase terminó siendo un concepto éticamente compartido. Gracias a ese espíritu la Concertación ganó las elecciones de Presidente de la República y del Congreso Nacional del 14 de diciembre de 1989, imponiendo el triunfo de Patricio Aylwin como primer mandatario, pero la mayoría parlamentaria expresada en la votación fue escamoteada por el sistema electoral binominal y la existencia de Senadores designados. Posteriormente los gobiernos de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Ricardo Lagos Escobar y Michelle Bachelet Jeria dieron cuenta de la estabilidad del pacto y del reconocimiento que la alternancia entre los distintos sectores políticos que lo integraban era tan procedente como normal.

Tales sucesivos gobiernos de la Concertación juraron o prometieron respetar la Constitución y las leyes, o sea la institucionalidad impuesta por el régimen militar, modificada “en la medida de lo posible” por las fuerzas democráticas. Asumir tal opción ciertamente importó costos, pero ellos deben ser juzgados en función de las circunstancias y de los resultados obtenidos y no desde la óptica contemporánea. Los enclaves totalitarios de la juridicidad vigente se han despejado con la prolijidad que se limpia un campo minado, al punto que sólo permanecen los altos quórums de aprobación de las leyes de rango y el procedimiento de reemplazo o reforma de la Carta Fundamental. Las causas por atropellos a los derechos humanos se han iniciado, investigado y sancionado conforme a derecho en términos que admiten satisfactoria comparación con lo sucedido en tragedias semejantes ocurridas en otros países. Por lo que respecta al desarrollo económico, las cifras demuestran, en el decir de Ricardo Ffrench-Davis, que “el crecimiento económico del empleo y de los ingresos de los sectores medios y pobres logrados por la Concertación han sido notablemente superiores a los registrados en la dictadura”. Ese avance, además, fue más rápido que el de los otros países de América Latina y acortó significativamente la distancia que nos separaba de las naciones más desarrolladas.

Es evidente que los resultados podrían haber sido mejores y que existen deudas pendientes. Sin embargo, si cada chileno en la intimidad de su conciencia realiza un análisis sincero del tema, ciertamente llegará a concluir que en los años de la Concertación han mejorado las condiciones generales del país y las personales y familiares de la mayoría de los chilenos. Es de toda evidencia que Chile ha progresado y ese progreso ha favorecido prácticamente a la totalidad de sus habitantes. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, diría Neruda. Es cierto que aún es necesario regular el libertinaje con que se han aplicado las leyes del mercado. Es cierto que es necesario disminuir la brecha incrementada en los últimos años precisamente por la razón anterior, entre los ricos y los pobres de nuestro inventario poblacional. Es necesario encontrar fórmulas para que realistamente se solucionen las aspiraciones de la educación y salud públicas, de los menores vulnerables y de la ancianidad.

Por lo anterior, la tarea sigue. La Concertación fue respuesta oportuna y valiosa frente a determinadas circunstancias, como lo fue luego la Nueva Mayoría, pacto político incrementado con un sector injustamente marginado de participar en la realización de programas cuyo contenido compartía. Esa apertura al diálogo y consenso y la capacidad para admitir errores y efectuar correcciones ha sido la simiente del éxito de la Concertación. Su experiencia es ejemplar ante nuevas circunstancias y desafíos, pero ellos deben ser enfrentados tomando en consideración la realidad en que se plantean. No cabe resucitar la Concertación como no es posible realizar una “segunda transición”.

En todo caso, conocer su historia y no juzgarla por caricaturas o panfletos siempre será útil. Cicerón sostenía que los pueblos que no conocen su historia están expuestos a repetir sus errores.

*Ministro del Interior del gobierno de Patricio Aylwin.