La tercera vez que Pedro Lemebel visita Cuba algo sucede. En un momento dado, nadie sabe qué se ha hecho de él. Esto es 2009 y Chile es el país invitado a la Feria del Libro de La Habana. Lemebel tiene que hablar en La Cabaña, la fortaleza en la que se desarrolla la Feria y en la que se ejecutaron los fusilamientos ordenados por el Che Guevara en 1959. La delegación oficial la preside Bachelet. La prensa chilena le ha abierto fuego por esto. Lemebel está enfermo. Toma un taxi y el taxi no llega a su destino. Sus groupies locas y desvencijadas se quedan esperándolo.

Tres años antes, sin embargo, Casa de las Américas le había dedicado la Semana del Autor, y ahí Lemebel sí leyó su archiconocido manifiesto, que no todo el mundo debió tomarse bien, y luego habló con sus lectores o escuchó desde la última fila de la sala Manuel Galich cómo otros escritores cubanos leían fragmentos de sus crónicas, o sea, fragmentos de las crónicas de Lemebel, mientras él viste de blanco con algún pañuelo en la cabeza.

En el marco de esa invitación se edita y se publica en Cuba Tengo miedo torero. El libro, poco a poco, se empieza a leer. No mucho, pero algo se lee. No como un best-seller, pero sí como un libro decente, pongamos. Yo lo leí, de un tirón.

Después supe que Tengo miedo torero era, para muchos lectores, poca cosa. Que incluso hasta Bolaño le había sugerido a Lemebel que no publicara la novela, que su novela rozaba el panfleto o era ya, puesta en situación, un panfleto puro y duro. Bien escrita, cierto; mariconamente bien escrita; pájaramente bien escrita; tacones de aguja, lentejuelas y rímel bien escrita; pero consigna al fin.

Creo que Lemebel lo sabe, y que Bolaño sabe que Lemebel sabe, y que por cosas como esas lo admira y dice que es el mejor poeta de su generación en Chile. Alguien que se atreve a escribir cosas como esta: “Se van diluyendo lentamente las palabras de amor y los besos de aquel mancebo habanero se me escapan como pájaros.” O a
preguntarse: “¿Por qué la tarde olía a azahares frescos?”

Trato de montarme en el mecanismo mental de alguien que tiene la valentía de ser tan condenadamente kitsch: qué elige, qué borra, qué deja, qué discrimina, cuál es su filtro, sobre qué pentagrama compone. La diferencia entre un buen escritor kitsch, y uno que no lo es, es que el buen escritor nos deja saber de alguna manera que detrás de lo escrito hay un proceso de elección, mientras que el mal escritor no sabe siquiera que se elige, mucho menos que es absolutamente obligatorio y elemental hacerlo. El buen escritor te dice: yo soy deliberadamente kitsch. El mal escritor, en cambio, es inconscientemente kitsch y te dice: yo soy profundo y kantiano.

Una de las razones por las que Tengo miedo torero pudo ser cuestionada, supongo, es por la idealización que hace de Cuba. Una idealización más o menos semejante a la que hicimos, hemos hecho o todavía hacemos muchos de nosotros. Una idealización que no es, a la larga, menos real que lo que sea que hoy seamos los cubanos. Que lo que se idealice no sea estrictamente cierto, no quiere decir que el acto de idealizar no lo sea.

Lemebel escribió de Cuba en más de una ocasión, y resulta obvio que Cuba –la versión latinoamericana de Cuba, no la versión cubana de Cuba, que es abiertamente impresentable– fue una especie de amparo para él y para otros miles en medio de las dictaduras sudamericanas durante los setenta y ochenta.

Escribió, por ejemplo, de Silvio Rodríguez, a quien no vaciló en hacer trizas.  Escribió, lo recuerdo, sobre un viaje que hizo a La Habana y sobre cómo le llamaba la atención la cantidad de consignas que se desplegaban en los muros y las paredes de la ciudad. Como si los cubanos, según Lemebel, no estuviéramos seguros de lo que fuéramos y necesitáramos recordárnoslo todo el tiempo. Aunque ahora no sé si Lemebel se refirió a los cubanos en general o al
gobierno en específico, habría que ver.

Y escribió un texto, neobarroco como el que más, titulado El fugado de La Habana (o un colibrí que no quería morir a la sombra del sidario). La crónica evoca el encuentro con un amor furtivo, enfermo de SIDA, que Lemebel descubre mientras recorre “el empedrado disparejo de la ciudad vieja”. Un ángel irredento que lo abandona o desaparece y que hace que Lemebel sufra por su ausencia. Pero luego Lemebel agradece que haya sido así porque “era inútil haber imaginado cualquier destino juntos, era romper el mágico desafío amoroso que inició este encuentro”.

No es una buena crónica esa. Se traba continuamente y, además, estoy seguro de que lo que cuenta es falso. Otra idealización suya. Un exceso de amor y de ansías que Lemebel, en su Habana añorada, quiere hacernos pasar por verídico. Desea vivir el romance ideal en la ciudad ideal, y no duda en inventárselo. Lemebel pretende que le creamos cuando nos dice que estuvo dispuesto a contagiarse, y que fue su amante, en el último momento, “quien detuvo la mano cadavérica de la epidemia antes de cruzar la zona de riesgo sin preservativo.” He ahí su maravillosa candidez.

Mezclando como lo mezclaba todo, el SIDA y la izquierda, el travestismo y los desaparecidos, el marxismo y las prendas de tocador, me pregunto si no hay en ese melodrama lemebeliano una lectura en clave. Un mapa político de Cuba. El texto fallido, el héroe autobiográfico, el valiente que narra su hazaña, el relato puro, la idea de la libertad llevada al ridículo, a su propia incineración, el capricho de amar y de dolerse incluso por encima de la verdad.

Si así fuera, me gustaría dejar testimonio de una imagen –otra de tantas de Lemebel– que me estremeció hasta el tuétano, sobre todo por los cientos de veces que he desandado la Habana Vieja sin haberme acercado, jamás, a una definición semejante. Dice: “Una loca chilena tambaleándose en los adoquines coloniales de esas callejuelas estrechas, donde no cabían autos, pero sí las llenaba el jolgorio fiestero de los mancebos mulatos balanceando sus presas en el cañaveral erótico de la tarde.” Repito: “el cañaveral erótico de la tarde.”

Hay ahí el cortocircuito habitual que provoca la unión inaudita de un sustantivo y un adjetivo acostumbrados a aparearse con otros, hasta que una mano específica llega y los une para siempre. Arte en el que Lemebel confirmaba y derrochaba su valía. Todo el folclor masculino de La Habana, toda su calurosa sensualidad, toda su virilidad caribeña, todos sus jodidos estereotipos, captados, destilados y eternizados nada más y nada menos que por una loca avejentada del Sur profundo.

Si así fuera, digo, si detrás de esa historia de amor el mapa político de Cuba fuese cierto, me gustaría, por el bien mío, por el bien de mi país, por el bien de todos nosotros, que esa imagen, que esa belleza, después de tanta tempestad significara algo.