14:15 horas. 10 de diciembre de 2006. No sólo es la hora exacta en que muere Augusto Pinochet. También es la hora exacta en que empieza a agonizar, y luego a morir, la Concertación. Sin quererlo, los jóvenes que bailaron eufóricos frente a La Moneda, rendían también, un último homenaje, a la coalición que los había cobijado en estos años.

Porque digamos las cosas como son: la Concertación se mantuvo 20 años en el poder gracias a Pinochet. No fueron sus políticas públicas, su modelo económico o su ideología expresada en una vistosa teoría. Tampoco sus líderes, dirigentes o la estructura de sus partidos. No, no fue nada de eso. La verdadera razón que mantuvo unida a la Concertación y que posibilitó su permanencia, fue la vigencia de Pinochet como un recordatorio de un pasado glorioso, y a la vez horroroso de nuestra historia. Glorioso, porque evocaba la instauración del régimen político y social más exitoso de nuestro país y el responsable del milagro económico chileno. Horroroso, porque era una muestra viva de la profunda división y violencia de la Unidad Popular, junto con los crímenes horrendos que algunos, no todos, cometieron durante el régimen militar.

¿Qué hizo la Concertación durante 20 años? Administrar un modelo. No fue una coalición creativa ni impuso avances político-institucionales concretos. Al contrario, fueron las innovaciones de la Concertación las que hicieron mucho daño al diseño original del modelo, afectando desde la educación a la salud; del clima de negocios al transporte público; de las pensiones hasta los cimientos culturales del mismo. El único resultado tangible de la creatividad concertacionista en dos décadas, fue el aumento exuberante del aparato estatal, de la mano de un incremento significativo de los impuestos. Nada más.

¿Cómo se sostuvo entonces? Gracias a Pinochet. Era el comodín de cada ocasión, ante cada complejidad. Fue lo que permitió unir a comunistas con demócrata cristianos, a liberales con conservadores de izquierda. La permanente invocación de la figura de Pinochet permitió blanquear la incompetencia, ineficacia e incluso la corrupción de los Gobiernos de la Concertación. Fue el salvavidas permanente, y a la vez, la lápida definitiva de su organización. Precisamente, parafraseando a Silvio Rodríguez, la Concertación murió como vivió. Fue gracias a Pinochet que llegó al poder y pudo sobrevivir 20 años. Con su muerte, el destino de la Concertación estuvo sellado para siempre.

Lo que viene después no es relevante para explicar su historia. Sebastián Piñera ganó por el desgaste terminal de la Concertación y su Gobierno -nuestro Gobierno- cometió el error fundamental de confundirse y de intentar alzar banderas que le eran ajenas, perdiendo el apoyo de su base. La centroizquierda ya había perdido el elemento articulador de su existencia y si los chilenos ya no querían el producto original, menos iban a apoyar una copia, con dirigentes de derecha que aparentaban ser progresistas y otros que se sacaban fotos con Salvador Allende. Fue esa confusión la que posibilitó la vuelta transitoria de la izquierda.

La Nueva Mayoría, no fue otra cosa que un desesperado arrebato final. No sólo porque fue un entuerto que mezclaba a la DC y al PC, sino que principalmente, porque con su retroexcavadora intentaron derribar los cimientos que posibilitaron el éxito de Chile. Con sus múltiples reformas y desprolija implementación, terminaron sellando la desconfianza y el rechazo una mayoría de chilenos que no creen en sus promesas populistas ni confían en sus pactos instrumentales.

La noche del 17 de diciembre de 2017, una mayoría contundente enterró definitivamente a la Concertación. Con un mensaje claro: queremos una derecha verdadera, sin complejos y que trabaje por el bien de Chile, no solo por un grupo de chilenos. Se manifestó con un rechazo contundente a las reformas ideológicas; un llamado explícito a terminar con los operadores políticos; y un clamor desesperado por la recuperación del crecimiento, el empleo y la inversión que posibilita ese progreso. Un apoyo firme y decidido a la responsabilidad, eficiencia y el esfuerzo, rechazando el populismo y las falsas promesas.

Fallecido Pinochet, los chilenos perdieron el miedo que alimentaba la propia Concertación para asegurar su existencia. Fue esa pérdida del miedo, en definitiva, la que ha posibilitado el triunfo de la derecha en dos ocasiones y la que encierra la fórmula mágica de nuestra futura subsistencia. Si la nueva administración gobierna con nuestros principios, la coalición de centroizquierda no tiene opción de volver al Gobierno. Si la derecha, confía en sus ideas, el progreso de Chile podrá seguir aumentando gracias a un modelo de libertad y oportunidades que ha traído enormes beneficios a todos los chilenos.

* Excandidato a la presidencia.