A Nancy Fraser le duele el feminismo. La filósofa, veterana de las luchas sociales desde los sesenta, lleva un tiempo observando aquellas batallas a la luz de la situación sociopolítica del presente. Para entender el porqué del avance neoliberal, la precarización del empleo o el ascenso de la derecha populista que culminó con la llegada de Trump a la Casa Blanca, Fraser bucea en los errores, descuidos y alianzas envenenadas del pasado. Y para lo más importante, revertir los males del presente, Fraser saca a pasear las lecciones de un movimiento que nació cargado de impulso emancipador, y que debe recuperarlo. En esta última fase de la serie ‘Qué Hacer’, que propone caminos de futuro, Fraser difiere de su colega Jodi Dean en la defensa táctica del populismo. “Lo que hay que hacer es crear una alternativa de izquierdas a estas dos horribles opciones que se nos presentan, el neoliberalismo progresista y el populismo reaccionario”, señala la profesora de la New School for Social Research de Nueva York. Y no le duelen prendas en romper con la ortodoxia para hacerlo. “Propongo que llamemos a esta alternativa de izquierdas ‘populismo progresista’, pero lo entiendo como una transición hacia un socialismo democrático, feminista, con conciencia ecológica, antirracista, anti-imperialista”.

En su trabajo, describe la historia del feminismo como un drama en tres actos. Señala cómo el feminismo abandonó sus tendencias más radicalmente transformadoras, y el neoliberalismo fue capaz de amortiguarlas. ¿Cuáles son esos actos, y en qué medida vienen marcados por el cese de las luchas por la redistribución a favor del reconocimiento?

Cuando el feminismo de segunda ola irrumpió en los 60 y 70, formaba parte, claramente, de la Nueva Izquierda, y de la oleada de levantamientos juveniles, del antimperialismo. Era el tiempo de la Guerra de Vietnam, del movimiento por los derechos civiles, del poder negro. El feminismo de segunda ola desarrolló un cariz radicalmente anticapitalista, antimperialista y antirracista. Y esto formó parte de los inicios de la crisis del capitalismo de Estado. Y el resultado fue el principio de la neoliberalización, de lo que hoy conocemos como el capitalismo globalizado y financiarizado.

El feminismo de segunda ola empezó a gravitar en una dirección liberal. Ahora bien, en los Estados Unidos, esa es la posición por defecto de cualquier movimiento social. Somos un país que no tiene un entendimiento estructural robusto de cómo la desigualdad y la opresión y la injusticia están profundamente enraizadas en la estructura de una sociedad capitalista. Pronto, el feminismo de segunda ola se convirtió en lo que yo llamaría un movimiento meritocrático en lugar de uno igualitario. La idea es que se intentan desmantelar las formas de discriminación que impiden el ascenso de las “mujeres talentosas” a la cima de la jerarquía corporativa. Según este modelo, la igualdad de género significa, en esencia, que las mujeres de la clase directiva o gerencial sean iguales a los hombres de la clase directiva. No significa realmente desarrollar una sociedad igualitaria para todos.

Sin embargo, su relato no termina ahí. ¿Qué abre la puerta a la posibilidad de un tercer acto?

Con el estallido de la crisis financiera de 2007/2008, de pronto la idea del capitalismo neoliberal, globalizador y financiarizado empezó a ser cuestionada. Y en todas las respuestas sucesivas, el ascenso del populismo de derechas, etc., empezamos a ver una revuelta contra el neoliberalismo. Empezó a tambalearse. Y es esto lo que veo como el tercer acto del drama, una oportunidad para un nuevo tipo de feminismo.

Ha escrito sobre las alianzas peligrosas que el feminismo trazó, a menudo involuntariamente, en sus fases anteriores con la expansión del mercado y la profundización neoliberal. ¿A qué errores concretos se refiere?

Mientras la socialdemocracia se desmoronaba, y la reemplazaba el neoliberalismo, los postulados y críticas feministas de alguna manera cambiaron de significado. Un ejemplo es la crítica feminista del salario familiar, el modelo del hombre que gana el pan y la mujer ama de casa. Desde el punto de vista feminista, es un modelo profundamente problemático. Hace a la mujer dependiente del hombre porque es él el que trae el dinero a casa, de modo que si se rompe el matrimonio, o lo que sea, ella está en una gran desventaja.

La crítica del modelo del salario familiar se convirtió en lo que hoy llamamos la familia con doble retribución. Eso suena muy bien sobre el papel, pero se ha desarrollado en un contexto en el que se atacaba a los sindicatos, se reducían los salarios reales para todo el mundo, se desindustrializaba el antiguo centro productivo del planeta, redundando en el reemplazo del empleo seguro, sindicado, de salarios altos, por trabajo muy precario en el sector servicios, con salarios bajos. Dicho de otro modo, la crítica feminista del salario familiar ofreció una cierta legitimidad en la que la liberación de la mujer se entrelazó con los profundos cambios en la economía política del trabajo, que fue muy negativo para la inmensa mayoría de los trabajadores en un país como EE.UU., incluida la inmensa mayoría de las mujeres, cuyos estándares de vida empeoraron.

La crítica del feminismo de segunda ola del paternalismo del estado de bienestar. Esta crítica, también tenía un tirón emancipador en el contexto de la socialdemocracia. Pero, cuando la socialdemocracia se desmorona y el neoliberalismo ocupa su lugar, se convierte en la crítica al “papá estado”, la idea de que los mercados son mucho más libres, empoderadores y participativos que la pesada y vertical burocracia. Esa fue otra recuperación irónica de un argumento feminista para propósitos neoliberales.

Pareciera que el espacio para la lucha por la emancipación se cierre con los procesos que describe. Observando el panorama actual, ¿dónde le parece que puede surgir una alternativa?

Lo que nos presentan una y otra vez las élites políticas es una elección entre una emancipación superficial, meritocrática, conectada con la globalización neoliberal de las finanzas… Esa es una opción, que podemos llamar ‘neoliberalismo progresista’. Y, del otro lado, tenemos el populismo reaccionario. Esas son las dos opciones, al parecer, el neoliberalismo progresista de, digamos, Hillary Clinton, contra el populismo reaccionario de Donald Trump, que promete proteger a los trabajadores de los destrozos del mercado, pero que está a menudo infectado de un tinte persecutorio, que busca señalar chivos expiatorios.

En Estados Unidos hubo, por un momento, una tercera opción, que era Bernie Sanders, lo que podríamos llamar populismo progresista, que intentaba proteger a los trabajadores, con una visión emancipadora no persecutoria, que no busca chivos expiatorios, inclusiva, que valida los postulados de la igualdad de género, el antirracismo y todo eso. Desgraciadamente, esa tercera alternativa no superó las primarias en nuestro sistema electoral. Pero no diría que esté completamente muerta. Creo que sigue siendo una opción que debe desarrollar la izquierda. La idea sería combinar la protección social con la emancipación, y esa es una combinación que no se ha intentado todavía.

Es un concepto curioso, el del ‘neoliberalismo progresista’. ¿Hasta qué punto tiene que ver con el abandono de batallas articuladas en torno a la diferencia de clase y a la economía? ¿Y en qué medida sirvieron estas para allanar el camino de Trump hasta la Casa Blanca?

Durante más de dos décadas, lo que llamo neoliberalismo progresista ha sido la formación política hegemónica, una alianza que reemplazó a lo que en Estados Unidos se puede llamar la alianza del ‘New Deal’, que incluía a las fuerzas sindicales, los afroamericanos, y las clases medias con nivel educativo alto. Esta nueva alianza pasó a estar formada por las finanzas, la alta tecnología, Hollywood. No son ya los sectores manufactureros, sino los del capitalismo cognitivo. Ese asalto a las condiciones materiales de la gente, cuyas vidas estaban ligadas al sector manufacturero, ha creado, en suma, un electorado para que el populismo de derechas, reaccionario, se desarrolle. Y eso es lo que Donald Trump supo canalizar como un ventrílocuo. A eso le dio voz y, además, empujó lo que era una revuelta populista en una dirección muy fea, conectada con aspectos xenófobos, anti inmigrantes, anti mexicanos, anti musulmanes, excluyentes y persecutorios. Lo que atrajo a la clase trabajadora, a los obreros blancos desindustrializados fue el hecho de que, a su entender, el antirracismo, el feminismo, los derechos LGTBTQ, los de los inmigrantes, todas estas cuestiones estaban asociadas con el neoliberalismo y la financiarización. Al hacer esa asociación, no estaban del todo equivocados porque fue la alianza progresista con los neoliberales la que dio pie a que eso se produjera. El problema es que no todo el feminismo, ni todo el antirracismo, ni todos los movimientos sociales progresistas son así. Hubo y podría volver a haber versiones de izquierdas, de defensa de los obreros, de esos movimientos.

El neoliberalismo progresista fue sin ninguna duda la condición que propició el ‘trumpismo’ en Estados Unidos, del mismo modo que la neoliberalización del partido socialista francés fue la condición propiciatoria del ascenso de Marine Le Pen, o que el Nuevo Laborismo británico, el ‘blairismo’ fue la condición propiciatoria del ascenso del Brexit y otras formas de “encerrarnos en nosotros mismos y defendernos de los otros”.

La elección de Trump, sin embargo, llegó en un momento de renacer de diversos movimientos sociales. ¿Cómo se ha articulado esa pulsión de cambio en la calle con una realidad institucional nada halagüeña?

Hay una gran resistencia al gobierno de Trump. Y, dicho sea de paso, Trump no está gobernando basándose en ese populismo reaccionario con el que hizo campaña. Ha protagonizado el cambio de rumbo más rápido que he visto jamás. Lo ha capturado el aparato del Partido Republicano, y ha regresado a su programa. No es un programa proteccionista, populista. Veremos cuánto le aguantan las bases de clase obrera, pero preveo que volverán a rebelarse, porque esto no es lo que esperaban.

Así que sí, tenemos una resistencia a Trump. El problema es que si la Resistencia, como se le llama, se desarrolla con su propia inercia, terminará reconstituyendo el neoliberalismo progresista de una manera u otra. Y lo que necesitamos no es una resistencia para volver al ‘status quo ante’, sino una corrección de rumbo, lo que yo llamaría un populismo progresista, que sirva de forma transicional. Lo que realmente quiero ver es algo parecido al socialismo democrático, pero no creo que estemos en una posición como para organizarnos directamente para lograrlo ahora mismo.

¿Qué cabe hacer entonces, dado el equilibrio de fuerzas que describe? ¿Qué gramática debe guiar al feminismo y el resto de movimientos de nuevo cuño para evitar repetir los errores del pasado?

Creo que Sanders, en cierta medida, nos mostró el camino. Habló de un sistema amañado contra los pobres. Habló de la clase de los multimillonarios. Empleó, o sugirió, el lenguaje del movimiento Occupy Wall Street. Creo que hoy estamos en condiciones de afirmar que el feminismo reciente que se alió con el neoliberalismo progresista fue el feminismo del 1%, y ahora estamos dedicadas a construir un feminismo para el 99%. Creo que tenemos que tenemos que hacer que todos los movimientos sociales rompan con su versión para el 1%. Necesitamos un ecologismo para el 99%, un antirracismo para el 99% un movimiento de emancipación LGBTQ para el 99%. Y creo que esa es la alternativa que podríamos llamar populismo progresista que intenta combinar, como hemos dicho antes, la vertiente de la protección social con la vertiente emancipadora.

Texto original de Ignasi Gozalo-Salellas / Álvaro Guzmán Bastida / Héctor Muniente, para Ctxt.es