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Curtis Dawkins es un ciudadano estadounidense común y corriente, que ha conocido a su esposa, Kimberly Knutsen, en una universidad al oeste de Michigan, situada en la ciudad de Kalamazoo, mientras pasa un curso de escritura creativa. Ahí comienza a escribir ficción. Luego ambos, aún jóvenes, se van a vivir juntos y tienen tres hijos: Henry, Lily Rose y Elijah.

Todo parece marchar bien, hasta que en octubre de 2004, específicamente en la noche de Halloween, Dawkins pierde la cabeza. Ha venido combatiendo desde los doce años contra el alcoholismo y la adicción y ese día su contrincante lo reduce a cero y lo hace polvo. Todo luce como si Dawkins lo hubiese estado llevando medianamente bien, pero el rival pesa quince o veinte kilos más que él, y en algún momento conecta su golpe fulminante.
Dawkins ha vuelto a consumir ketamina y heroína, y ese día se disfraza de gánster, fuma crack y, después de aterrorizar a la fiesta en la que participa, mata a un hombre, un tal Thomas Browman, toma como rehén al compañero de cuarto, y se enfrenta a seis miembros de un equipo SWAT.

Dawkins es condenado a cadena perpetua sin libertad condicional. Tiene entonces un intento de suicidio, una severa depresión, y un año más tarde se pone a escribir en una máquina que sus padres, Warren y Arllis Dawkins, le han comprado. Eso lo aleja de su entorno. Dawkins describe la escritura como un bote salvavidas, que es un rol que la escritura suele cumplir en la vida en sociedad, no digamos ya en la cárcel.

Sus historias son enviadas a su hermana por correo, su hermana intenta colocarlas en pequeñas revistas, y después de un tiempo el editor de una de ellas, llamada Bull, el señor Jarret Haley, trabaja en los relatos, los ordena, y le encuentra a Dawkins una agente literaria, la señora Sandra Dijkstra.

Doce años después de entrar a prisión, ya en 2016, algo cambia. Scribner, una de las principales casas editoriales de Estados Unidos, decide publicar The Graybar Hotel, el libro de cuentos que Dawkins ha pergeñado desde prisión, con historias que le han sucedido, con historias de las que ha sido testigo, con historias fantásticas y surrealistas que se ha inventado, y le han ofrecido unos royalties de 150.000 dólares.

Dawkins, ahora de 49 años, ha entregado parte de ese dinero, en agradecimiento, al señor Haley, y la otra parte la ha depositado en un fondo bancario para pagar los estudios universitarios de sus hijos, ahora de 23, 19 y 17 años. Sin embargo, el estado de Michigan, puesto al corriente del asunto, ha interpuesto una denuncia, en la que también citan a la familia de Dawkins y a su agente literario, porque desde 2005 el gasto de Dawkins en prisión asciende a los 372.000 dólares, y consideran que el dinero de sus ganancias debe pagar esa deuda.

Dawkins cree que, si es así, sus hijos están pagando también una suerte de condena que no les toca. La señora Knutsen, que imparte clases de inglés en la Universidad de Concordia, en Portland, ha declarado a The New York Times que las regalías de The Graybar Hotel han aliviado el gasto de la matrícula universitaria y de la compra de los autos y los libros de textos de sus hijos.

El debate entre entendidos, un debate largo dentro de Estados Unidos, gira en torno al derecho o no que puede tener un preso de ganar dinero con algún tipo de trabajo que haga. En este caso, además, se piensa que Dawkins saca provecho de la tragedia. Algunos, como el hermano de Thomas Browman, cree que no, que ese dinero debe ir para la familia de las víctimas. Otros creen que impedir o condenar de este modo a un reo que ha dedicado su tiempo en prisión a una labor significativa, supone un nuevo castigo y contradice la lógica de rehabilitación social que debe regir cualquier sistema penitenciario.

Dentro de cinco días hay una audiencia programada en Kalamazoo para dirimir el asunto. El rol social de la literatura ha entrado en discusión, es un terreno casposo. Dawkins cree que, si los escritores reclusos no pueden obtener sus regalías, el desaliento sería tremendo, pues les impide llevar una vida digna tras las rejas.
No obstante, Dawkins sigue en lo suyo. Ahora se encuentra enfrascado a medio camino en una novela distópica ambientada en una prisión subterránea de Michigan donde todos los prisioneros se hallan en estado hibernación. Es lo que es en cualquier parte, incluso con un asesinato de por medio. Dawkins escribe, y alguien lo escribe a él.