Al llegar a Rocas de Santo Domingo, tras cruzar el río Maipo desde San Antonio, las banderolas dispuestas en la vereda proclaman que se arriba a una Comuna Parque. Basta una mirada a los lomajes cercanos a la playa para constatar la fuerte impronta de clase –acomodada– del vecindario. Algunas casonas se erigen con vista al mar. No hay transporte público hasta las playas. En el acceso a la comuna se erige un letrero con un largo y detallado Se Prohíbe. Años atrás, en el fundo Los Boldos pasaba sus últimos días Augusto Pinochet. El antiguo alcalde Fernando Rodríguez Vicuña, padre del actual, lo había declarado Hijo Ilustre.

Cuesta adivinar que hace poco más de 40 años, por aquí mismo, en la oscuras dunas que rodean la playa norte de Marbella, se emplazó uno de los 17 “balnearios populares” que concretaban la medida 28 del programa de la UP: aquella que prometía fomentar el turismo y la actividad física entre esa mayoría que ignoraba por completo qué eran unas vacaciones. Los balnearios se ubicaron desde Chacaya, en Iquique, hasta Playas Blancas en Lota. Según Miguel Lawner, director de la CORMU (antigua Corporación de Mejoramiento Urbano), “se buscaron localizaciones en las mejores playas del país, aprovechando terrenos en poder de Bienes Nacionales o adquiriéndolos a particulares
según las normas vigentes a la época”.

En Rocas de Santo Domingo fue el municipio el que transfirió este terreno al MINVU, en 1971. Al igual que en otros balnearios, se erigió un conjunto de cabañas con techos en forma de A, compuestas por paneles de pino insigne que se ensamblaban sobre poyos de cemento. Además, se construyó un comedor, su respectiva cocina, una posta de primeros auxilios y un módulo de baños públicos. 500 personas podía recibir, cada vez, este centro.

Las cabañas estaban diseñadas para acoger a familias de 6 personas, ya que se consideraban los abuelos y allegados. “La familia nuclear era más grande en esa época”, recuerda Lawner.

El balneario comenzó a funcionar en diciembre de 1971. Fue entonces que Alejandro Segovia, un cineasta autodidacta avecindado en Valparaíso, le propuso a su amigo Carlos Fénero –encargado del departamento de Cine y TV de la CUT– realizar un documental acerca de esta experiencia vacacional proleta. La película se llamaría “Un Verano Feliz”.

“Algunos no conocían el mar”

Con el visto bueno de la CUT, Fénero y Segovia se pusieron manos a la obra en el verano de 1972. La historia era sencilla. Mostrar cómo un obrero y su familia podrían gozar de unas vacaciones. Las escenas de la fábrica se rodaron en la Textil Progreso, ubicada en el cordón industrial de avenida Vicuña Mackenna. La fábrica de 800 obreros había sido estatizada por Allende. “Les conté que íbamos a llevar un actor y que los obreros podrían ser extras. Les explicamos que no podían mirar a la cámara”, evoca hoy Carlos Fénero, productor del filme.

El protagonista de “Un Verano Feliz” fue un jovencísimo actor llamado Samuel Villarroel, quien en los años 80 se haría popular en el programa infantil Patio Plum. Su pareja ficcionada en el documental fue Tegualda Tapia. Ambos estudiaban teatro en la sede porteña de la Universidad de Chile y militaban en la Jota.

El rodaje en Rocas de Santo Domingo tomó dos semanas. “Había gente que no sólo vacacionaba por primera vez, sino quienes ni siquiera conocían el mar”, recuerda Villarroel.

“El primer día en el balneario, cuando había tertulias familiares con fogatas, tuve que decirles (a los obreros textiles) quiénes éramos y en qué andábamos”, cuenta Fénero. “Varios sabían. Y les pedimos su colaboración. La gente aplaudió. Fue muy lindo”.

“Un Verano Feliz” se estrenó en la escuela de Derecho de la sede porteña de la U. de Chile, en 1972. Luego sería mostrada brevemente en el cine Bandera de la capital, en los programas que la CUT realizaba en convenio con Chilefilms. No hubo más. Vino el golpe y el ejército asoló las dependencias de la sindical y su Departamento de Cine. Muchas cintas fueron destruidas. Otras se extraviaron.

Hoy, en su casa del barrio Playa Ancha, Daniela Segovia recuerda que su padre le contó cómo había escondido los rollos de 16 mm del documental. Poco antes del golpe, Alejandro Segovia era director de Radio Caupolicán. Fue arrestado por los marinos el 12 de septiembre. “Después lo llamaron a presentarse a la Academia (de Guerra Naval).
Estuvo varios días preso y lo interrogaron. Cuando lo soltaron, escondió su copia de “Un Verano Feliz” en un saco de papas, en el patio trasero de la casa”, cuenta. De ese modo protegió las únicas imágenes en movimiento que se conservan de un balneario popular.

El de Rocas de Santo Domingo alcanzó a funcionar dos veranos, 1972 y 1973. Tras el golpe, fue anexado al vecino regimiento Tejas Verdes, dirigido por Manuel Contreras. La Textil Progreso, como las demás fábricas del cordón Vicuña Mackenna, fue invadida a sangre y fuego. Varios obreros fueron asesinados.

Lugar para la memoria

Ana Becerra, presidenta de la Fundación por la Memoria de San Antonio, estuvo dos veces detenida en Tejas Verdes. Recuerda cómo, en una oportunidad, la esposa de un DINA que se encontraba torturando prisioneros le gritó desde el exterior de una de las cabañas que se iba a la playa, porque se había aburrido de esperarlo y “se suponía que tú sólo trabajabas de noche”.

“Santo Domingo ha sido difícil de recopilar porque los sobrevivientes han sido muy pocos. No está siquiera en el Museo de la Memoria”, señala.

A fines del 2013, pretextando una orden del municipio, el Ejército demolió las cabañas. Hoy sólo son visibles los poyos y el piso del comedor. Fue “la destrucción de la evidencia”, dice Ana. Para ella, esto tiene que ver con el encausamiento de Cristián Labbé y el desafuero del diputado Rosauro Martínez (RN), bastante conocidos en este predio en las semanas posteriores al golpe. El impacto causado por las revelaciones del libro “El despertar de los cuervos”, del periodista Javier Rebolledo, también pudo apurar este derribo.

En noviembre de 2014, la Fundación logró que el Consejo de Monumentos Nacionales declarara el predio “Patrimonio Histórico”. Así, por lo menos, “los cimientos que quedan (del balneario popular) y que son el testimonio de lo que existía, ya no se deberían tocar”, señala Milko Caracciolo, integrante de la Fundación. Lo anterior es particularmente sensible en Rocas de Santo Domingo. “A nosotros nos interesa que ese grupo privilegiado, que muchas veces se mantiene al margen de lo sucedido en nuestro país, también se eduque en los derechos humanos”, sostiene Caracciolo.

Por eso, aunque del balneario popular y posterior lugar de exterminio sólo queden las ruinas, a su lucha por convertirlas en un Parque para la Memoria ellos le han llamado “La reconstrucción del sueño”.