Mujeriego: De la mujer o relativo a ella. Dícese del hombre aficionado a las mujeres.

Hombreriega: No se encuentra definición. No existe en el diccionario.

En un mundo lleno de revoluciones, la gozadora aún es malvenida. Desde todas las filas se alzan voces para catalogarla de “poto loco”, “viuda alegre” o “cochina infiel”, como le decían unas amigas bien casquivanas a la cuarentona que citaba cada noche a un “ingenuo” diferente en aquel sucucho porteño, sin pretender relación afectiva con ninguno. “Perra conchetumadre” es, por otro lado, la que se atreve a retozar con uno distinto al oficial, en esa acción mal llamada “cagarse” a alguien y que no es otra cosa que la búsqueda del ímpetu juvenil, de una sensación de novedad y aliento inocente cercenada por una cultura requeterreligiosa. Mientras, el que comparte su vida con esta detestable fémina es un verdadero mártir que merece estatuas, un pobre y triste cornudo que no ha hecho nada para que lo traten así, del que todos y todas se compadecen como nadie compadeció jamás a las millones de mujeres “nucas de fierro” reemplazadas por choritos nuevos o “retocadas” para variar en algo el menú.

Escribo “hombreriega” y el computador se encarga de separar las letras a su antojo y destacar con sangre la inexistencia de la voz, dejando “hombre que riega”. Busco en la magia de Internet alguna respuesta. Se me ofrecen: hombrera, hombría, refriega, hombre. Me quedo con las dos últimas en contracción plural: “Refriegahombres”, ese podría ser un perfecto sinónimo de hombreriega. Escribiré a la Real Academia exigiéndolo. “Somos en el lenguaje” dice Humberto Maturana. La legitimidad de la palabra puede ser un paso a la aceptación de este “fenómeno” natural tan celebrado cuando se posee pene y tan repudiado cuando una vagina inunda nuestra entrepierna. “Comehombres” parece que existe y la anoto como otro sinónimo en la misiva que pienso enviar a la RAE. “Maraca” se me cruza por la mente y recuerdo un par de veces que me lo gritaron al compás de unos rones cabezones, mientras bailaba lambada para un 18 en cierta discoteque del barrio puerto.

Se me viene al cerebro otra construcción lingüística que no incluye al femenino: “guatón parrillero”. Aquel sujeto –muy atractivo para las féminas– que durante el asado no se aleja del fuego y propina desde ahí órdenes y apreciaciones sobre el punto de cocción de los alimentos. Su abdomen se llena de manchas de hollín y transpira como chancho, pero pese a todo es como un sex symbol. ¿Y la guatona parrillera? Tal como la hombreriega, ha sido invisibilizada en una sociedad donde la guata femenina es asquerosa, salvo si es por embarazo o por algún cáncer. Una guata que no merece existir y que da cuenta de una mujer gozadora en todos los sentidos de la palabra. Una plaga cuya exterminación es el paraíso económico para nutricionistas, cirujanos plásticos y fabricantes de fajas y otros artículos de asfixia.

Buscando que la mía no crezca en forma desmedida, enrumbo en mi amada bicicleta veinteañera hacia Las Torpederas de mi ensueño. La playa está llena y los hombres de diferentes edades se bañan sin pudor o están “guata al sol” exhibiendo la de cuatro meses, la cervecera que no los acompleja. Las mujeres con barriguita se bañan con polera o trajes de baño enteros que ayudan a disimular esa deliciosa curva que la idea de belleza femenina que nos gobierna cercena, y que el bisturí faena. Entonces aparece ella, la mítica choriza del puerto: bien maciza, llena de tatuajes, con todos sus labios gruesos y en diminuto bikini que exhibe curvas a destajo. Viene saliendo del agua como en un comercial de Cachantún. Es, sin duda, como avión para los hombres y los asados. La espera el flaquito de turno que le extiende la toalla donde ella se recuesta cual robusta Cleopatra. La rodean seis niños que en nada se parecen a él y en todo a ella. “La encontré”, pienso mientras le saco una foto que adjuntaré a mi carta a la RAE. Feliz, pedaleo de regreso.