Las escaleras que unen la calle Yerbas Buenas con el cerro Bellavista corresponden a una trama reticular, casi laberíntica, que determina modos de habitar y de circular de una comunidad diversa y dispersa. Se trata de unos pasillos escalares que conectan callejones estrechos. En ellos viven viejas vecinas (tres v) y porteños añosos que arrastran los pasos por callejuelas pedregosas, pero también pendejos malditos que se creen inmortales, según los códigos del narcisismo moderno reinante, y que hacen más ruido del necesario con sus juergas esquineras. Son unos pasados a caca, como se dice comúnmente.

El Niñito Jesús, como parte de esa fauna social, suele ocupar esta zona con sus amigotes y amigotas, casi todos unos flaquitos drogos y borrachos, y unas enormes mujeronas, todos y todas de actitud adolescente aunque están cerca de los treinta, con las marcas indelebles de los que abusan de sustancias sicotrópicas y del copete. Las mujeres que nos rodean siempre han sido más grandes que nosotros, dijo el Niñito Jesús, justificando la presencia de la comadre que lo acompaña desde hace unos meses y que lo lleva del brazo. Se llama o le dicen la María Camiona, por su dimensión corporal sobredimensionada.

El Niñito Jesús se formó en las tablas en su nativa San Antonio, al igual que Hamlet Astudillo, director y dramaturgo con el que ha diseñado el modelito de las escaleras como dispositivos escénicos en donde desarrollar el gran teatro de muñecas perras y muñecos diabólicos. El Niñito Jesús es, sobre todo, actor de reparto, y su nombre original es el de Jesús Balbontín. Su cuerpo esmirriado dificultó su opción escénica, aunque su apelativo o nombre lo dignificó levemente. Siempre hizo dupla con Hamlet Astudillo, vecino suyo en el Cerro Alegre de San Antonio. Eran partner teatrales cuando hacían obras de contenido parroquial antidrogas en los barrios de la ciudad puerto, siempre muy ligados a proyectos sociales derivados al municipio por el gobierno regional. Juntos participaron de ese taller de teatro popular poblacional que, finalmente, se vendió a un poder fáctico que funcionaba al interior del municipio, por comodidad de gestión. Hamlet Astudillo lamentaba esa decisión político cultural, porque sacrificaba su apuesta estética, basada en la autonomía de los imaginarios populares, por un teatro que ponía su acento en los oprimidos aunque en el fondo era mensajería católico social. Y eso a Hamlet no le gustaba, él amaba otro teatro. Por eso se trasladó a Valpo con su amigo para realizar su proyecto personal.

El Niñito Jesús tenía vocación de sacrificio y Hamlet Astudillo, en cambio, una visión de futuro. Y cuando estaban armando un tinglado en uno de los descansos de la escalera Chopin, para montar una obra de muñecos(as), apareció un audiovisualista cuico que quería registrar el pulso de algunos cerros porteños. La María Camiona, como protagonista de esos pasillos tortuosos y esquineros quiere que Bascuñán, así se apellidaba el artista, la registre en aquellos escalones exponiendo su humanidad carnosa, en posturas insinuantes. Ella quiere ser algo así como una musa del recoveco, de la chela y el pito. El Niñito Jesús y Hamlet Astudillo quieren apuntalarla dramáticamente, porque debe formar parte del espectáculo del teatro de muñecas perras y muñecos diabólicos. La apuesta dramática de Bascuñán se resolvía (y estaba determinaba) por unos drones artillados con cámaras, que éste operaba manualmente, y que le daban una dimensión aérea a esa imagen de laberinto de las escalas y pasillos, colgando de una quebrada.

La oferta dramática de Hamlet Astudillo y de Niñito Jesús, estaba constituida por muñecos(as) reciclados, adquiridos de segunda mano en la feria de Avenida Argentina y vestidos luego con trapos de la ropa usada, los que junto a actores de carne y hueso representaban escenas clásicas de incendios porteños. El documento audiovisual que de ahí surja servirá para engrosar una carpeta de documentos que a su vez les permita optar a proyectos de creación.