Todos los días, a idéntica hora, llegan los mismos entusiastas. Los hay flacos y flacas, musculosos y musculosas, guatones y guatonas, jóvenes y viejos. Yo soy una mezcla de varios, porque tengo un poco más de cuarenta y me han salido tetas. Por eso decido incursionar en esto. Para no tener más tetas, o al menos más chicas. La cosa es que la rutina siempre es la misma. Se abren las ventanas para que salga el olor a poto y sobaco. Se untan papeles con un líquido desinfectante para remover los restos de sudor del manubrio y el olor a ano de los asientos (sillines, dicen los pedaleros de fuste, así como cuadro en vez de marco). Se apagan las luces de la sala -que se cambia por focos multicolores-, se cierra la puerta y comienza a sonar una música estridente. Puede ser punchi-punchi o rock, incluso alguna balada topletera. Entonces se ajustan las bicicletas y comienza un pedaleo que no se detendrá en unos 53 minutos. Se sube y se baja del asiento, se acelera, se agrega carga como para simular un cerro, se transpira como puerco. Emanan los olores. De axila, los más, de poto, y alguien respira con un jadeo fétido. Pero como se está en una especie de trance, nadie le da mayor importancia a la putrefacción que emanan unos 20 cuerpos humanos moviéndose al ritmo de la música arriba de una bicicleta en una sala cerrada. La razón de estar ahí es superior. El profesor grita, pide más. Habla de cuánto se quema. De los sushis del fin de semana. Esos con queso crema y panko, cada vez menos japoneses. A alguien se le pasa por la cabeza ‘qué chucha hago acá’. A mí se me pasa por la cabeza ‘qué chucha hago acá’. Entonces recuerdo mis tetas y sigo. Al lado, un flaco pedalea a todo lo que da. Veo que carga y carga. Parece que voy a abandonar, me siento ahogado. Miro el reloj. Todavía quedan 15 minutos. Esta weá es una tortura. ‘Carga media-alta’, grita el profesor. ¿Qué cresta es eso? resuelvo que es poner más dificultad. Quedan cinco. ‘Abajo’ es la orden. Todos seguimos pedaleando sentados. Se entra en la recta final, o en la parte final de la clase, porque lo de recta o cerro sólo acontece en la cabeza de quienes estamos ahí.