Por Marcos García de la Huerta

“No puede haber poesía después de Auschwitz” había sentenciado Theodor Adorno. No puede haberla después del Goulag y el Holocausto; ¿Tendrá que ser post poesía, entonces, la anti poesía? La otra manera de entender el “anti” es que la poesía tiene que abandonar el tono oracular y prestar oídos a las palabras sencillas del habla común, a los giros usuales y a los dichos de la gente. Nicanor anotaba todo eso, con la prolijidad del arqueólogo que reúne las huellas de mundos subterráneos. No es necesario hablar como ventrílocuo del absoluto; se puede crear un discurso propio con el habla común y dejar el lenguaje tal cual, como recomienda Wittgenstein.

“Estoy encantado con Portales”, confesó una vez, en una de las charlas de pasillo que solíamos tener en la casona del Departamento de Estudios Humanísticos o en su espacioso jardín. Seguro que su admiración por Portales no era por los mismos motivos de la historia oficial, que lo glorifica como el héroe civil del Estado y el fundador de la “República en forma”. ¿Estás leyendo sus cartas? Pregunto “Sí, su epistolario muestra a un personaje fenomenal, nada que ver con los politicastros y payasos sin circo, que nos joden la pita”. Lo que le atrajo del Ministro fue, desde luego, su lenguaje trasparente, deslenguado y directo, incluso cuando se refiere a las cuestiones más delicadas; también su desenfado en ocasiones iracundo, que podía fulminar adversarios y, sobre todo, su debilidad por la zamacueca, sus fugas clandestinas al otro lado del Mapocho delataban su gusto por la parranda y, al mismo tiempo, su aversión por el Chile oficial, sobrepoblado de figurones y pavos reales.

“Estoy leyendo a Nietzsche”, confió en otra ocasión. Y ¿qué lees? “Ecce homo, el anti-Cristo” responde. Pero esa obra la escribió cuando estaba perdiendo el juicio, protesto. (Carcajada): “eso es justamente lo que a mí me interesa, lo que dice cuando habla sin el corset” (¿de la razón?) Me pregunto si se ha destacado suficientemente la relación de la anti poesía con el teatro del absurdo, porque Nicanor parece un gran maestre del contrasentido y la paradoja; los emplea como método de su ironía antipoética. Se le ha reprochado, por ejemplo, que de tanto negarlo todo, termina sin comprometerse con nada. ¿Con qué tendencia política se identifica usted? Le preguntaron más de una vez “Me defino como un anarquista renovado”, respondió imperturbable.

En los días siguientes al Golpe, nuestra torpe ingenuidad nos inclinaba a pensar que un régimen con esas hechuras estaba condenado a desaparecer pronto, y en una de esas conversaciones ocasionales nunca banales, Nicanor nos corrige, esta vez, poniéndose serio: “No; tienen para rato, mucho rato, y la mano viene muy dura”. No es que él dispusiera de información especial, era un presagio, atribuible a su sapiencia cazurra; él observaba la política con cierto desasimiento, más que distancia, era su inteligencia e intuición lo que le permitía anticiparse a los hechos.
Otro diálogo con el anti poeta se produjo con ocasión de la visita de Borges a Chile. Uno de los lugares de encuentro con Borges fue, precisamente, el Departamento de Estudios Humanísticos de la “U”. Si mal no recuerdo, Nicanor tampoco asistió, pero seguramente por razones distintas a las de otros como yo. Borges acababa de hacer declaraciones que en esa época cayeron como misiles y se ha dicho que eso pudo costarle el Nobel. Recuerdo solo un ejemplo: Chile era “la espada al cinto de América”. El “cinto” era una metáfora con historia; fue la que empleó Millán Astray al irrumpir en Salamanca. “Cuando escucho la palabra cultura me echo instintivamente la mano al cinto en señal de quién vive”. Nada que ver, se dirá, pero en la poética del imaginario, el “cinto” se asocia a cinturón, látigo, castigo. Borges tuvo tiempo para enmendarse, aunque infructuosamente: “Los militares argentinos en su vida han escuchado el silbido de una bala”, los “altos mandos lucen sus pechos entorchados de medallas otorgadas por ellos mismos, en reconocimiento de su inmortal asedio a la Casa Rosada”. No le valió de nada.

Mientras Borges dictaba su charla a los colegas, Nicanor comenta con algunos de nosotros el significado de esa visita. En un momento, pensando en la simetría de las dictaduras en nuestro Continente con las de Europa del Este, Parra lanza la pregunta (retórica, pues sabía de sobra la respuesta): Dime, por favor, “¿Qué diferencia hay entre una dictadura de derecha y una de izquierda?” No lo sé, respondo. Pregúntaselo a un empresario o tal vez a Corbalán (Secretario General del PC) Un segundo de sorpresa y la carcajada característica. Sin quererlo, yo le había dado una respuesta parriana. La anti poesía es, entre otras cosas, anti ideología: denuncia y desconstruye la pura teoría en nombre del sentido común.

La risa de Nicanor merecería comentario aparte. “Me atrevería a establecer una jerarquía entre los filósofos, según la calidad de su risa”, decía Nietzsche. Si esto fuera válido también para poetas, sin duda habría que poner a Nicanor en lo más alto.

Última anécdota: Nicanor se manifiesta admirativo de la belleza de una mujer que solía frecuentar nuestro reducto académico, y teatraliza el efecto de su presencia con un gesto de alzamiento del antebrazo, siguiendo el movimiento con un silbido complementario suficientemente expresivo. Nadie podía dudar que a sus sesenta y tantos años, él se mantuviera vigoroso, no solo de espíritu; se le solía ver acompañado de alguna admiradora que podría ser su hija y hasta su nieta, sobradamente. Pero lo interesante del asunto, son sus salidas y desmadres. Claro que no era ese el tipo de conversaciones que uno sostiene con colegas, sobre todo al interior del templo, pero Nicanor era un especialista del desborde, un experto en dejarle a uno atónito con algún desplante. Los “artefactos” pueden leerse como un compendio de sus desplantes.

¿Había algún motivo para esta singular e –imagino- inusual desenvoltura?

Es posible que sean muchos o, simplemente, un distintivo de su temperamento; pero un episodio ocurrido hace mucho, en el antiguo Pedagógico, quizá tenga que ver con una simpatía hacia algunos de nosotros que, casi por azar, fuimos sus alumnos. No está de más recordarlo, porque muestra otra arista de la personalidad del anti poeta. En este caso, se trata de su extraordinaria generosidad y apertura con sus alumnos. No tenía exigencia alguna de orden reglamentario, de dictarnos un curso a dos alumnos que lo requeríamos, sin embargo, imperiosamente para completar el currículo; en mi caso, para poder cumplir con una beca en Francia; y algo parecido le ocurría a mi amigo Octavio Tinsly. La administración nos sugirió, como solución de emergencia, hablar el asunto con Nicanor, pues el profesor encargado del curso se hallaba enfermo e imposibilitado. “Bueno, nos responde Nicanor, les dicto el curso a ustedes dos siempre que sea acá arriba”. Así lo hicimos y durante un año subimos a los faldeos cordilleranos donde se hallaba su casa. El curso versó sobre la fundación de la física matemática. Por supuesto, dictado en forma nada convencional, entre poleas, garruchas y cabrestantes, planos inclinados y caídas libres improvisadas artesanalmente. Nos dio a leer el Diálogo de dos nuevas ciencias de Galileo; ni una palabra sobre el conflicto con la Iglesia y la Inquisición, solo nos habló de mecánica y física clásica, intentando ponerse y ponernos en la óptica y perspectiva que debió tener el propio Galileo.

Para Nicanor, Violeta era la niña de sus ojos; creo que mi relato entusiasta y hasta algo patriotero de algunos pormenores de la exposición que su hermana realizó en el Louvre, incluida la reseña destacada de ella que apareció en la edición dominical de Le Monde, agregado a la expectación que despertó esa exposición en la colonia de artistas latinoamericanos – París estaba repleto de ellos-, tuvo también algún efecto. Un relato en vivo y de primera mano, de ese momento estelar de su adorada “Viola”, terminó por inclinar la balanza. Además, el mencionado curso de física en la casa de La Reina, tuvo algo que ver en esto. Sin él, nuestras carreras se habrían prolongado un año más y eso, de seguro, nos habría costado la beca o algo peor. Nicanor fue nuestro ángel salvador; creo que la corriente de reconocimiento y gratitud que eso provocó en nosotros, pudo haber sido el comienzo de esa cercanía y de la comunicación natural que se daba cada vez que nos topábamos en el gran jardín de la casona de la calle República, como si esos encuentros evocaran esas tardes en las que nos reuníamos en otro jardín, el de los faldeos cordilleranos, para hablar de física y de Galileo.