Cuando sus compañeros le preguntan por qué toma pastillas, Bridgit Shukrani responde que es porque es asmática: es más fácil admitir que tiene problemas respiratorios a decir que nació con VIH, una enfermedad que en Kenia, como en tantas otras partes del mundo, conlleva aún un fuerte estigma.

Shukrani ha vivido toda su vida en el refugio que la ONG Nyumbani tiene para menores abandonados con VIH -virus causante del sida- en Nairobi, pero sabe que “ha llegado el momento de conocer el mundo exterior y aprender cómo vivir fuera de esta comunidad”, quizás en algún hostal o en alguna habitación alquilada.

“El desafío es vivir allí afuera”, cuenta a Efe la joven, quien ya ha afrontado unos cuantos retos en la vida.

“El resto de estudiantes en el colegio -relata- te preguntan por qué tomas medicación todos los días y entonces tú te inventas una historia: estoy tomando pastillas porque soy asmática y tengo problemas de respiración. Entonces les parece bien”.

“A mucha gente no les estigmatiza solo porque no saben su condición, pero creo que si lo supiesen estarían más marcados”, asegura Jesse Kiriugi, un joven de 18 años que es voluntario en el hogar de Nyumbani gracias a un programa universitario y a que muchos de los que viven allí son sus amigos del barrio.

La directora del hogar, la misionera irlandesa Mary Owens, conoce bien lo que supone padecer esta enfermedad en Kenia.

“Tres chicas volvieron a visitarme y hablábamos sobre cómo les iba el instituto y una de ellas me dijo que cuando sus compañeros hablan de VIH y se ríen de las personas que lo tienen, ellas también se ríen y bromean para esconder su condición”, refiere la religiosa.

Otro de los jóvenes que ha pasado por Nyumbani, continúa, le habló a su casera de que tenía VIH y la respuesta que recibió fue que no podía seguir viviendo en ese lugar.

No dar la mano, tener miedo a sentarse en la misma mesa o negarse a comer del mismo plato que una persona con VIH siguen siendo gestos que, tanto en Kenia como en otros países del mundo, mucha gente sigue repitiendo debido a la ignorancia y a los prejuicios.

La población no quiere ver “que es solamente un estado médica”, lamenta Owens.

Esta misionera irlandesa ha dedicado toda su vida al VIH. Trabaja desde hace 25 años en Nyumbani, donde al principio se limitaban a recoger a niños muy pequeños de los basureros para darles cuidados paliativos porque “literalmente los tiraban cuando enfermaban”.

En torno a un millón y medio de personas viven con VIH en Kenia y se estima que el sida es el causante del 29 % de las muertes de personas adultas en el país, del 20 % de la mortalidad materna y del 15 % de los fallecimientos de menores de 5 años, según datos de 2015 del programa nacional de VIH del Gobierno.

“Yo voy a hacer lo que pueda mientras siga con vida para ayudar a erradicar el estigma”, asegura la religiosa, que también ha fundado un poblado a tres horas de Nairobi donde abuelas cuidan a sus nietos y a otros niños huérfanos de toda una generación devastada por el sida.

Ndulu Muli llegó allí con cuatro nietos hace 12 años y se quedará hasta que los dos más pequeños se independicen. Además de los suyos propios, con sus 63 años, cuida a otros siete.

Penina Philip, por su parte, arribó hace cuatro años después de que su hijo muriese y no pudiera hacerse cargo de su nieto; y señala que en el pueblo donde vivía no se sentía estigmatizada y que la situación ahora es mejor por la medicación.

El acceso a profilácticos es gratuito en el país y casi 900.000 personas se encuentran en tratamiento, según los últimos datos estatales de 2015.

Además, el Gobierno recomienda métodos nuevos como el preventivo PrEP (unas pastillas llamadas “del día de antes” que previenen contagios y que algunos países no han autorizado aún, a pesar de que cuentan con la aprobación de la Organización Mundial de la Salud y la Agencia Europea del Medicamento) para bajar las cifras de nuevos contagios, que en 2015 rozaron los 80.000.

Los responsables de Nyumbani creen que vivir con VIH es -o debería ser- solo una enfermedad más en el día a día, como quien padece de diabetes o de la tensión alta, aunque todavía la mayoría de la población siga sin querer verlo así.