Columna publicada por Brenda Austin en Anfibia.
Muchas razones nos trajeron hasta acá, fundamentalmente el trabajo sostenido del movimiento de mujeres que viene luchando por el reconocimiento de nuestros derechos y, en particular, por los derechos de salud sexual y reproductiva.

El Congreso escuchó. El presidente escuchó. Y se abrieron las puertas y las ventanas…

Bienvenido sea el debate, la discusión pública y la sana confrontación de ideas. En pocos días hemos visto cómo el tema dejó de ser tabú para pasar a formar parte de la agenda política de medios, instituciones y familias. Eso ya es un enorme paso. Escuchamos cifras, testimonios, historias: todo esto ayuda a construir las condiciones para una discusión madura y profunda que nos permita saldar esta deuda de la democracia.

Hace 12 años que la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto legal, Seguro y Gratuito presenta iniciativas para discutir este tema en el recinto. Hace 12 años que no se logra.

El debate es un gran paso. Pero el objetivo es que sirva para madurar los consensos necesarios que nos permitan llegar a la sesión y tener una ley.

Es innegable que estamos frente a un problema de salud pública para Argentina. Los abortos clandestinos son la principal causa de muerte de mujeres gestantes, y las que mueren son principalmente las más jóvenes y las más pobres. Mirar para el costado es reforzar la hipocresía que mata.

Creo en un Estado presente, que acompañe con convicción y con políticas públicas las acciones que nos permitan evitar los embarazos no deseados a través de la educación sexual integral y de la provisión de anticonceptivos en el sistema de salud público (en el mismo abanico del que dispone quien tiene dinero para ir a una farmacia).

La penalización ha demostrado su fracaso. No sólo no evita que las mujeres decidan sino que las condena a condiciones de clandestinidad que matan. La penalización convierte al aborto en un negocio. La penalización retira al Estado de su responsabilidad de garantizar el derecho a la salud.

Mirar lo que ocurre en el mundo puede ayudarnos a tomar las mejores decisiones. Los países desarrollados a los que siempre invocamos para parecernos regulan el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo en el primer trimestre de gestación. Lo hacen reconociendo el derecho de la mujer a decidir, pero también como una política de salud. El resultado no sólo es que las mujeres no mueren por ello, sino que además se reduce la cantidad de abortos que se realizan. Mirar la estadísticas despeja miedos y orienta acerca del trayecto que queremos recorrer.

Creo que hay que romper esos falsos antagonismos que encierran el debate. No es que unos son defensores de la vida y otros no. Ni es tan sólo el derecho a la elección el que fundamenta el reclamo.

El debate en el Congreso nos permitirá romper estos mandatos. Nos permitirá también mirar el problema desde sus múltiples dimensiones. Y entender que cuando pensamos, diseñamos y sancionamos leyes que se convierten en políticas públicas, no pueden ser nuestras convicciones religiosas ni morales las que se impongan sino el convencimiento de que estamos construyendo las herramientas legales que necesita el país y en este caso, el derecho de las mujeres.

Bienvenido sea el debate, bienvenida sea la discusión, bienvenido sea el camino para saldar una de las tantas deudas de nuestra democracia.