– Este es un día histórico —, exclamó Jaime Concha, denunciante de abusos sexuales cometidos dentro de la congregación marista, fuera del edifico de la Nunciatura en Santiago.

Sus palabras, pronunciadas frente a una decena de periodistas que esperaban en calle Monseñor Sótero Sanz, fueron contundentes. Él y otros tres denunciantes acababan de reunirse con Charles Scicluna, arzobipso de Malta y enviado papal para investigar el caso del obispo Juan Barros.

En un comienzo, la agenda de Scicluna contemplaba exclusivamente reuniones relativas al exmano derecha de Karadima, pero luego de que su visita se alargara debido a problemas de salud, el enviado papal optó por recibir a los sobrevivientes maristas.
—Es un día histórico porque por fin se ha roto el círculo de hierro que se había establecido para la impunidad. Nunca más las víctimas de abusos sexuales eclesiásticos no vamos a ser escuchados— complementó Concha.

En efecto, no serían los únicos. Tras la cita de este martes, víctimas de otras congregaciones, como los salesianos y las monjas ursulinas, también llegaron a la Nunciatura. “Fue como que los pungas abrimos una puerta, y después pasaron todos detrás”, bromearía Isaac Givovich, otra víctima de abusos al interior del IAE.

El buen humor era evidente. Luego de declarar ante la prensa, los cuatro sobrevivientes que estuvieron en la reunión–Jaime Concha, Jorge Franco, Gonzalo Dezerega, Givovich y su esposa-, se dirigieron rumbo a un café en Providencia.

Cuando se toparon con la enorme casona blanca de propiedad de la congregación marista, donde actualmente se encuentran varios de los religiosos que abusaron de ellos –ubicada en la misma calle, a escasos metros- Jaime Concha lanzó: “chicos, podemos almorzar aquí más tarde. Escuché que tienen niñitos envueltos”.

Precht, un viejo conocido
Durante meses, la única vía de comunicación entre los cinco sobrevivientes reconocidos por la congregación, fue la virtual. A pesar de que todos mantenían vínculos desde la época escolar en el IAE, ninguno había vuelto a hablar con el otro, hasta septiembre del año pasado, cuando se publicó el primer reportaje de denuncia sobre el hermano Abel Pérez.

De a poco, cada cual comenzó a reconocerse como víctima. Los primeros en hacerlo fueron Eneas Espinoza y Jaime Concha, cuyas historias relataron en el reportaje “El oscuro sótano de los maristas”, publicado en este pasquín. “Después de ver una foto de Adolfo Fuentes que acompañó el reportaje de Eneas, hice clic con todo lo que me había pasado”, reconoce Givovic. Dezerega, en cambio, asumió un lento proceso tras ver las múltiples apariciones de Concha por televisión.

Ellos, sumados a Jorge Franco y Eduardo Rozas –quienes también relataron sus abusos en The Clinic-, iniciaron una fluida conversación, que los llevó a citarse por primera vez el viernes 23 de febrero. El lugar escogido fue un punto reconocido por todos: el frontis de su antiguo colegio ubicado en calle Santo Domingo.

—Llegamos y el portero se urgió más que la cresta —, dice Givovich. —Quizás pensó que le íbamos a quemar el edificio—.

Tras esa primera reunión, los sobrevivientes decidieron ir a tocar otra puerta: la de la Nunciatura Apostólica en Providencia, donde alojaba el enviado papal Charles Scicluna. Givovich asegura que no estaban satisfechos con el escenario pasivo que se había generado tras la visita. “Nosotros venimos de familias de clase media, y ahí estaba este enviado del Papa escuchando el caso de un párroco de El Bosque, con víctimas que viven todas en la precordillera, todas ABC1”, agrega.

En un principio se comentó que el enviado papal no iba a recibir a nadie más y la negativa era parte del discurso asumido por las víctimas. En el fondo, no tenían nada que perder. Así que golpearon la puerta. “Había que aprovechar la atención mediática. Estaba toda la prensa ahí, y queríamos decir aquí están los maristas y queremos que el Vaticano se haga cargo de esto”.

La omisión respecto al caso por parte de la Iglesia Católica los motivó aún más. “Cuando fue el caso de John O’Reilly en el Cumbres, faltó que saliera el portero de la Catedral a hablar”, aseguran.

Givovich y Dezerega afirman que hay una mirada clasista dentro de la Iglesia católica y que se plantearon directamente a Scicluna. “La Iglesia imparte justicia para ricos”, le dijo Isaac. El arzobispo le respondió que quizá tenía que ver con el alto nivel de clasismo que existía en la sociedad chilena. Bertomeu, acompañante del prelado, agregó que también tenía que ver con el alto nivel de segregación social y la profunda separación de clases que hay en Chile.

Scicluna les aconsejó que llevaran la causa a los tribunales civiles, no a los penales. Incluso les mencionó que el derecho canónico contemplaba compensaciones pecuniarias, cosa que ellos admitieron no buscar. “Eso fue una sorpresa para nosotros”, dicen. “La verdad es que nuestros casos están reconocidos. Ahora viene el espacio de justicia. Nos preocupa que esto no termine en un “retiro dorado” para los hermanos”, agrega Givovich.

Fue entonces, en medio de la presentación de Jaime Concha, que el ambiente nuevamente se distendió. El doctor, al momento que relataba un episodio de abuso en su contra, soltó el nombre de Cristián Precht.
-¿Otra vez?- preguntó Bertomeu con un leve rictus.
El sacerdote diocesano era un viejo conocido del enviado papal.

Fiscalía lenta
Isaac Givovich aprovechó la oportunidad para exponerle a Scicluna algo que hasta hoy le parece una paradoja increíble. “El caso de los maristas está en la Fiscalía desde agosto del año pasado, y ninguno de nosotros no habíamos sido citados a declarar”, dijo.

Scicluna no lo podía creer. Le aseguraron que el tema había estado bastante sumergido y que el escándalo era de proporciones. “Por la cantidad de víctimas y religiosos comprometidos, es por lejos el caso más grande de abuso infantil en América Latina. Recién hoy se está tomando conciencia de ello”, asegura Givovich.

“Uno se pregunta dónde está el Estado haciéndose cargo de las investigaciones”, añade Dezerega. Lo inusual, aseguran las víctimas, es que “la congregación haya reconocido los abusos, pero la Fiscalía haya permanecido inmóvil”.

Asumiendo que la vía penal es un camino improbable de sanción debido a la prescripción, aseguran que el mismo Scicluna les sugirió que presentaran el caso en una instancia canónica. “El caso no ha tenido la misma relevancia que otros, como no se trata de niños de la cota mil, no importa”, añade Givovich.

Bertomeu les confesó, a modo de excusa, que muchas cosas que pasaban en Chile no llegaban a Roma. “Debe ser por la cordillera”, bromeó. Las víctimas, antes de concluir la reunión, le pidieron a Scicluna que Jesús Pérez, actual director del IAE, diera un paso al costado por ser considerado un facilitador que habría entregado niños a sacerdotes y que a Adolfo Fuentes, abusador de Eneas Espinoza e Isaac Givovich, se le solicitara el regreso inmediato a Chile desde Bolivia. “No es algo descabellado, pues los hermanos tienen votos de obediencia y si se lo exige la congregación debería retornar”, asegura Dezerega.

Scicluna les habría prometido elaborar un informe y preparar una recomendación respecto a los hechos relatados dirigida a Francisco.

Vidrios negros en la Nunciatura
El trabajo en Chile del obispo de Malta, Charles Scicluna, obispo encargado de investigar el presunto encubrimiento realizado por el obispo Juan Barros en favor de Fernando Karadima, estaba precedido por un historial que demostraba rigor y tolerancia cero a los abusos. A ojos de los participantes, el trabajo de Scicluna y Jordi Bertomeu, clérigo catalán que ofició las audiencias mientras el encargado original estuvo hospitalizado, le permitirá a Francisco obtener al fin la evidencia que demandó provocativamente cuando, consultado por la situación de Barros, aseguró que “no hay una sola prueba en contra, todo es calumnia”.

Para ello algunos denunciantes se presentaron con documentación física. Otros sostuvieron reuniones de dos o más horas con los entrevistadores. Detractores y defensores de Barros se vieron esforzados por nutrir el proceso de investigación que se podría gatillar a corto plazo, una vez que la comisión abandone este país y exponga lo recabado ante Bergoglio.
Todos, salvo el propio Barros.

Al igual que gran parte de la agenda de Scicluna, la visita del cuestionado obispo al lugar de las sesiones se consumó bajo estricta reserva. A última hora del viernes 23, el rumor de que Barros acudiría a la Nunciatura para defenderse generó conmoción en la prensa que permanecía custodiando el inmueble, a la espera de alguna aparición inesperada. Su presencia haría valer la dilación de las jornadas calurosas e inactivas, apenas interrumpidas por las visitas que se exhibían públicamente o por los autos que se detenían frente a la entrada, de los cuales descendían monjas con bolsas de supermercados que amagaban los disparos fotográficos.

Las conclusiones de los presentes se ensamblaban como piezas; era legítimo y necesario que Barros participara de un proceso levantado en su contra, y tenía sentido que acudiera en el que sería el último día dedicado a la recolección de pruebas.
Pero la expectación duró poco. En la puerta principal de la sede de las Obras Misionales Pontificias, Bertomeu bajó la temperatura. Consultado por si esperaba recibir a Barros dentro de los próximos minutos, aseguró que el obispo ya había concurrido a declarar, y que había sido un encuentro “cordial y amistoso”.

“¿En qué momento?”, decían los semblantes de quienes sostenían grabadoras y micrófonos.
Aunque el “cuándo” era importante, más decidor resultaba el “cómo”. La respuesta más segura se alojaba en el asiento trasero de un auto gris que entró y salió constantemente de la Nunciatura.

De patente diplomática y vidrios polarizados, la oscuridad del vehículo se reforzó el último día, cuando instalaron cortinas en las ventanas de los asientos para impedir la vista hacia su interior. Así, presuntamente, Barros habría burlado una exposición pública que habría sido caótica.

El antecedente permite extender el abanico de nombres que pudieron ingresar protegidos por el vehículo dispuesto. Infranqueable, el Hyundai de color gris pudo haber acarreado al cardenal Ricardo Ezzati y a Francisco Javier Errázuriz, piezas clave en el caso Barros. De ser así, cabe preguntarse qué tipo de información habrían aportado, pero sobre todo por qué se mantuvo en secreto su visita.

Este elemento, si bien no ensucia un proceso que hasta el momento ilusiona a sus afectados, sí da la sensación de que la Iglesia continúa protegiendo a sus eslabones más encumbrados.

Romper esa costumbre resulta urgente, sobre todo en este contexto de presuntos encubrimientos y favores entre clérigos poderosos, que hicieron uso de su jerarquía para atormentar a sus víctimas. Por ello, en virtud de la transparencia y el rumbo que debiese seguir esta indagatoria, acciones como las misteriosas apariciones del vehículo resultan inconcebibles.