En los primeros años de la básica en el Instituto Alonso Ercilla, ya era rutina que el Hermano Adolfo Fuentes me sacara de la sala y me alejara del grupo.

Una de sus excusas –de varias-, eran los supuestos controles de lectura en voz alta.

Nací y crecí en la comuna de Pudahuel, ahora Cerro Navia. Entrar al a IAE era un honor y todos los deseos familiares de una vida mejor pasaban por mi educación marista. El pago de la mensualidad se llevaba gran parte del ingreso familiar. Este enorme esfuerzo lo realizábamos todos. La comida en la mesa habría sido más variada y abundante, el papel higiénico no habría faltado a fin de mes de no haber tenido que pagar la cuota para que yo fuese a los maristas. Allí recibiría formación de excelencia, valores cristianos, era la puerta a un futuro mejor y había que pagar el precio por muy alto que fuera.

Entré a primero básico sabiendo leer –“con gran dicción”, decían-; así que el hermano Adolfo les pidió a mis padres que yo fuese el locutor en los festivales y actos escolares. Fuentes me tenía muy cerca en el colegio: había tomado mi prueba de admisión, y convenció a mi mamá para que fuera catequista y diera su tiempo sin pago alguno para preparar niños a la primera comunión. Es decir, quien me ofrecía el honor de ser locutor era el mismo religioso a quien mis padres veían como un santo. ¿Cómo negarse a este privilegio?

Hacía poco una tía se había casado y para la ceremonia me compraron esa chaqueta y esa humita. En una familia como la mía, tener una ropa así era un evento.

Eran dos niños los designados para ese puesto. Las ceremonias y actos eran en el gimnasio del IAE, muchas veces fuera del horario escolar. Mientras los dos niños estábamos tras bambalinas a la espera de entrar a leer, venían los hermanos maristas. Nos saludaban, hablaban con fuerte acento español y me manoseaban. De la mano en el pelo avanzaban al cuello, la oreja y luego a tocarme en mis partes más privadas. Algunos de ellos colocaban mi cara a la fuerza sobre sus pantalones en la zona de sus genitales, bromeando entre ellos. Estas situaciones ocurrían a metros de mis padres pero fuera de su vista.

Era difícil componer el rostro –como lo hice en la foto- y salir a leer como si no hubiera pasado nada. Seguir el guion con anotaciones hechas a mano por el propio Hermano Adolfo. Aún más difícil era no pensar en los abusos que este hermano cometía a solas conmigo, cuando me obligaba a darle sexo oral, entre papeles con esa misma letra, oliendo a ese jabón y esa colonia, aromas impregnados en los pantalones que me restregaron momentos antes de salir a escena.

El Hermano Adolfo me sabía vulnerable, tenía la confianza de mi familia y conocía muy bien nuestra situación, lo que mis padres querían para mí en el IAE y el esfuerzo que significaba pagar la cuota. A pesar de todo esto nunca me dio una beca. Así, como estaban las cosas, era libre de usarme a sus anchas.

Apenas crecí un poco y la chaqueta no me entró, pedí no ser más el locutor de los actos escolares, esperando evitar las excusas del Hermano Adolfo para sacarme de clases y llevarme a solas para abusarme. Pero vendrían otras, los scouts por ejemplo. Traté de volverme invisible para mi abusador, que no se fijase más en mí, mantenerme siempre junto al grupo, no estar nunca a solas con ningún adulto. Porque sabía que los depredadores caminaban libres e impunes por salas y pasillos del colegio.

El orgullo de papá y mamá era mi permanencia en el colegio a toda costa. Toleraron que dejase de locutear y que más adelante dejase los scouts, pero jamás se cuestionaría mi permanencia en el IAE costase lo que costase. Mientras, mi infancia seguía desdibujándose en cada minuto que pasaba cerca de los Hermanos.