Sebastián Piñera llega al gobierno con una oposición destartalada. A ratos pareciera que sin oposición. Quienes lideraron la centro izquierda durante los último 30 años, terminaron de jubilar en estas elecciones. Sus pocos sobrevivientes en el parlamento–José Miguel Insulza, Isabel Allende- ya no poseen las redes y contactos que tuvieron un día. El PS, la DC y el PPD ahora no son manejados por sus amigos. Lo cierto es que apenas existen. El caso de la Democracia Cristiana es emblemático: los miembros de la generación a que nos referimos, esos que militaron en el Partido Transversal o Mapu-Martínez, renunciaron o tienen ganas de hacerlo. No fueron sus hijos quienes heredaron el poder partidario, sino una bandada de desconocidos que en lugar de rendirles tributo parecen despreciarlos de un modo resentido y no principesco, como era el desprecio con que ellos los humillaban antes. Las libretas telefónicas de esa camada que gobernó por décadas, hoy sirven de poco. Si por estos días se llaman entre sí, no es para influir ni determinar los acontecimientos, sino más bien para comentarlos con desgano y extrañeza. Tienen entre 70 y 80 años, ningún plan a 4 años plazo les sirve. Ni hablar si es a 8.
El Frente Amplio, que tanto sonó hasta que se conoció el triunfo arrasador de Piñera, quedó en silencio. Aún no termina de constituirse como una coalición coherente. Sus diferentes facciones todavía no diseñan una ruta común. Los nietos de los concertacionistas prefirieron armar su propia fiesta en lugar de seguir remoloneando con Serrat, pero es cosa sabida que los t se aburren con facilidad, de modo que así como escaparon de esas peñas, también las asambleas estudiantiles fueron quedando atrás. No parece tan clara como ayer la fuerza de sus reivindicaciones. Es como si repentinamente hubiéramos pasado de habitar en el malestar al conformismo. No se ve ningún conflicto social a punto de estallar. El gobierno entrante da la impresión de tener todas sus esperanzas puestas en aumentar el crecimiento y abultar la billetera de los chilenos. Hasta el Desarrollo Social han decidido verlo como un emprendimiento comercial. Cunde entre ellos la convicción profunda de que habiendo plata, las quejas ideológicas se vuelven música. En caso de conseguir aumentar enérgicamente la inversión (dicen que Piñera mismo se ha encargado de contactar capitales), será interesante ver si a la gente le basta el dinero y la contenta, o en la tan mentada sociedad post material asoman preocupaciones capaces de ignorarlo. Dicho sea de paso, el tema de la guerra de los sexos y los nuevos integrismos progresistas estuvieron al centro de las discusiones veraniegas.
De pronto, el piñerismo habita sin contrapeso. Quienes forman parte de su riñón ponen todas las fichas a que el próximo será Alfredo Moreno. Se les ocurrió un día, vaya uno a saber en qué comida, que era la persona perfecta. “Mucho mejor que Sebastián”, aseguran algunos, porque además de rico, inteligente, trabajador, tenaz y ejecutivo, es amable, tolerante y abierto, de modo que no cuesta pasar por alto su arrogancia. Será el encargado de demostrar que un buen empresario es mucho más beneficioso para los pobres que un comunista parecido a ellos. Quienes apuestan ciegamente por él creen que todavía es posible imponer un candidato desde lo alto. Tiendo a pensar que no, que sólo la sensación de omnipotencia que caracteriza nuestra alta burguesía les permite soñarlo. Pero vaya uno a saber: quizás vivimos en un país donde el dinero lo compra todo.