El trabajo de las mujeres ha sido el principal dinamizador del reciente ciclo de expansión de la economía chilena. En un proceso histórico estrechamente relacionado con el largo estancamiento de la participación económica masculina, que ha descendido cerca de 10 puntos porcentuales desde 1950. Las mujeres, en cambio, han incrementado velozmente su participación durante las últimas 3 décadas, pasando de un 29% en 1990 a cifras cercanas al 45% en años recientes, aunque aún se encuentran bajo la mayoría de los países de la región.

Como han advertido desde el feminismo diversas visiones críticas, la incorporación al trabajo remunerado no necesariamente implica una mayor autonomía económica, sobre todo cuando se mantienen formas de división sexual del trabajo que perpetúan la dominación masculina. Así, la incorporación de la mujer ha ido acompañada de significativas brechas salariales, el crecimiento absoluto del subempleo, la persistencia de las formas de inserción endeble y otro tipo de consecuencias, como el problema de la doble presencia y la falsa conciliación trabajo-familia.

Este tipo de problemáticas dirige la atención hacia los límites entre el trabajo remunerado y el trabajo no remunerado. El primero, en aquellos espacios institucionales del mercado que gozan de visibilidad y reconocimiento por parte de la mayoría de los agentes económicos y, por otro lado, el trabajo no remunerado, en un espacio invisible del proceso productivo, añadiendo un valor invisible que fluye mediante intercambios no monetarios -de trabajo, de cuidados, de tiempo- hasta que pueda ser incorporado a la tasa de ganancia del capital, en la venta final de mercancías. Esta forma de observar el trabajo total, permite incorporar una cuantificación del valor no monetarizado del trabajo femenino, que incide tanto en la fijación de salarios, como en la tasa de ganancia de las empresas en diversos eslabones de las cadenas globales.

Las Cuentas Satélite, incorporadas en el cálculo del producto total de una economía nacional durante un año, son un ejemplo claro del progresivo reconocimiento del valor del trabajo no remunerado. En estas, se cuantifica el trabajo no remunerado, que comprende actividades como el cuidado de personas, la mantención del hogar, limpieza, preparación de alimentos, compras, etc. En el caso de México, por ejemplo, se estimó que el año 2012 el costo total de las labores domésticas y de cuidado no remuneradas equivalía a un 19,7% del total del PIB (5 veces el valor de todos los servicios educativos).

El promedio de la carga global de trabajo muestra la cantidad total de horas que aportan a la economía, dando cuenta de la magnitud de este trabajo invisible. Según la Encuesta Nacional Urbana de Uso del Tiempo (ENUT), las mujeres trabajan en promedio casi 2 horas más que los hombres en un día tipo. Como se trata de un trabajo invisibilizado, asociado a la inactividad, la cantidad de horas de trabajo de las personas inactivas permite una aproximación hacia cómo la división sexual del trabajo y el patriarcado determinan quién y cuánto trabajo debe realizar. Al encontrarse inactivas, las mujeres realizan un promedio de 6 horas y 20 minutos de trabajo no remunerado al día, mientras los hombres inactivos realizan sólo 2 horas y 30 minutos. Las mujeres inactivas solteras realizan en promedio 5 horas de trabajo no remunerado al día, mientras las mujeres inactivas casadas o que conviven con su pareja realizan en promedio 8 horas de trabajo no remunerado. Esto quiere decir que es más frecuente que las mujeres casadas o que conviven con su pareja trabajen en jornadas alrededor de las 10 horas o más de trabajo no remunerado en un día tipo, con todo el desgaste que una jornada de estas características implica.

Diversas organizaciones feministas han convocado a una movilización para este 8 de marzo. En una entrevista reciente, Silvia Federici (intelectual feminista italo-estadounidense), señaló que “a partir de las dificultades de hacer este paro, de las dificultades de las mujeres que no pueden dejar a sus hijos, es importante comprender cuál es el paso próximo. Porque, ¿qué pasa con estas mujeres que están encarceladas por el trabajo doméstico todos los días y que no tienen a nadie que las pueda ayudar? El paro es un momento de comprensión y de transformación, porque mirando estas dificultades organizativas se puede ver qué necesitamos, qué se puede hacer como cosa urgente. Ver que existen tantas mujeres que no pueden ir a una reunión, al cine, porque son prisioneras de ese trabajo”.