Nunca o casi nunca he hecho esa cosa que llaman veranear. Probablemente porque muy pocas veces he trabajado formalmente, como mucho funcionario ordinario, con contrato y horario, por lo que mis tiempos laborales no son los tradicionales (padecimiento de artista). Además, ocurre que siempre he vivido en esas locaciones que el chileno común denomina balnearios, es decir, en pueblitos costeros o semi rurales, en donde uno siempre está en situación de camping, como ese que muestra la película chilena El Club (así de siniestro en invierno). Entonces, mi vida provinciana ha estado determinada por una habitabilidad incierta, siempre al límite de eso que llaman urbanización, sin luz eléctrica ni urbanización, incluso. Sometido a ese olor húmedo característico que exudan esas casas veraniegas típicas.

Yo soy el único escritor chileno que ha vivido en dos localidades sin tendido eléctrico ni agua de cañería (ni Esval ni Chilquinta o empresas de ese tipo me enviaban sus cuentas); en Chiloé y en la Cordillera de la Costa. Viviendo, casi siempre, como si el día anterior hubiera acontecido una catástrofe y no contáramos con las cosas básicas, como son el servicio del agua y la luz eléctrica.

No sé si eso es un triunfo literario, pero sí un buen fracaso, que a veces es equivalente. Hay otros que andan por Madrid, o lugares análogos, buscando su definitiva consagración sin la necesidad de usar lámparas de gas de parafina ni ir a buscar agua a un pozo. No puedo dejar de sentir una cierta, y hasta dudosa, superioridad ético estética con respecto a ellos, los millenials, siempre en estado de urbana excitación, siempre a punto de ganarse un Oscar.

También escucho partidos de fútbol por radio y a pesar de que no tengo tele, porque me robaron una que heredé de mi mamá, padezco la omnipresencia de Pancho Saavedra y de Lucho Jara, algo o alguien me los muestra como imagen perpetua y permanente. ¿Pueden creerlo?

También tengo un jardín maceterístico con espíritu de huerto en donde me proveo de algunas cosas básicas y por supuesto que tengo una compostera para reciclar la basura orgánica. Y siempre uso de mobiliario objetos en desuso o dados de baja por el consumismo clasemedianístico. Por eso duermo encima de dos palets, colchón mediante, y mi mesa de comedor es un carrete de cable eléctrico. Esto ya lo he comentado antes.

Me acostumbré a tal grado a un cierto diseño de la precariedad que no podría vivir en el Stgo oficial, ese de las tres comunas, definidas por la estructura política, Providencia, Ñuñoa y Las Condes (Vitacura incluida) y parte del centro. Por eso fue que enojado con ese personaje siniestro que hay en Chile, llamado gásfiter, es que dejé de usar el califont y me conformé con una ducha portátil para camping que ahora en verano caliento al sol o que, si hay día nublado, combino con agua hirviendo de la tetera eléctrica y el agua fría normal de la cañería. El verano sólo me ha servido para calentar el agua de mi ducha portátil. Con ella también puedo regar el jardín.

Pero en otro trámite de mi épica provinciana, debo contar que trabajo con la puerta abierta. Y en esa entrada de mi casa suelo dejar unos juguetes para que sean usados por mi vecino Martín Ponce, un niño que debe tener cuatro o cinco años, no lo sé exactamente (voy a preguntárselo). Él vive al lado de mi casa y suele visitarme junto con su perra boxer, la Laica. Conversa conmigo y a veces jugamos a la pelota. Los juguetes siempre aparecen ordenados, me imagino que su madre hace la tarea cuando yo no estoy.

Esa es mi actividad diaria, marcada por una domesticidad absoluta. El problema se me presenta cuando debo viajar a Stgo, por trabajo y para ver a la familia, y enfrentar desagradables novedades. Y casi toda la gente con la que tengo contacto me preguntó, la última vez que fui, por la municipalidad y el alcalde de acá (de Valpo). Mi sorpresa fue enorme, porque muchos de ellos creían que yo trabajaba en la municipalidad de esa ciudad puerto, más aún, en cultura. Y esto debo decirlo con toda claridad, no pertenezco a ninguna mafia política y jamás trabajaría con estos neoizquierdistas facistones, tribales y nepotistas.

Y ahora que viene la instalación del nuevo ministerio de Cultura, que le corresponde hacerlo a una derecha que no puede impedir que el Estado exista, ojalá que la cultura se desmunicipalice (ojo con el sistema nacional de bibliotecas en particular, muy ligada al mundo municipalero). La idea clave es que la cultura deje de estar controlada por operadores políticos y abra la puerta a los escritores mediocres (no santiaguinos, a mucha honra) que hemos habitado, haciendo patria en la dura provincia y que hemos sido clave a la hora de patrimonializar zonas perdidas u olvidadas por la razón oficial.