Una vez más, Chile vuelve a sentarse al banquillo. Una vez más, nuestros vecinos se dan el lujo de torcer los tratados y los límites fronterizos, para llevarnos frente a un tribunal internacional y poner en riesgo nuestra
integridad territorial. Una vez más, y como siempre, el Ministerio de Relaciones Exteriores -de la coalición política que sea- lleva una delegación transversal para defender a Chile, en nombre de la unidad nacional. Como si
eso bastara para resolver el problema.

Pero a diferencia de otras veces, la delegación actual fue infiltrada por el enemigo. Alejandro Guillier, con la candidez de siempre, propuso compensaciones territoriales para Bolivia y se abrió a la posibilidad de entregar una salida soberana al mar; Evo Morales no podía más de felicidad.

Aunque parezca anecdótico, lo de Guillier no es un hecho aislado: desde hace años que la causa boliviana ha ido ganando adeptos en la izquierda ideológica de nuestro país y no por nada, 4 de los 7 candidatos presidenciales, abiertamente apoyaron la salida soberana al mar de Bolivia y se pasaron al equipo de Evo Morales. Además, ahora esa posición tendrá expresión parlamentaria, dado que los diputados del Frente Amplio y algunos más de la ex Nueva Mayoría, apoyan con fuerza a la causa del país altiplánico, los mismos que defienden las dictaduras cubanas y venezolanas.

Chile tiene que cambiar de estrategia de manera radical. Si seguimos haciendo lo mismo de siempre, los resultados seguirán siendo LOS MISMOS: pésimos. Chile ya perdió territorio con Argentina, con Perú e inminentemente podemos tener un mal resultado con Bolivia. Ante la falta de carácter de la diplomacia chilena y la debilidad política que empezamos a ver en el frente interno, nuestros vecinos serán más hábiles y seguirán llevándonos a tribunales internacionales para arrebatarnos el territorio por el cual compatriotas nuestros ofrendaron su vida.

Por lo pronto, nunca más debemos dejar que un Senador que apoye a Bolivia se suba al avión de la delegación que nos representa en el extranjero. Segundo, alzar la voz con fuerza para denunciar el populismo de Evo Morales y sacar al pizarrón a aquellos políticos chilenos que traicionan a su patria y limitan la coherencia e integridad de nuestros postulados. Tercero, volver a repensar nuestra malla curricular, particularmente en historia, para ver de qué manera reforzamos la formación de nuestros jóvenes sobre valores básicos como el amor por la patria y el respeto por la historia de nuestro pueblo. Cuarto, debemos reforzar la seguridad en nuestras fronteras y replantear nuestra
política migratoria – evidentemente en crisis- para determinar los principios y requisitos sobre las que se va a fundar la futura integración del país. ¿Cuál es la relación de una persona con un territorio? ¿Se exigirá algo más que un interés económico para permanecer en el país?

Por último, tenemos que revisar nuestra política de defensa y volver a situar a nuestras Fuerzas Armadas como un actor relevante de nuestro país. No puede ser que en los últimos años, la agenda militar haya sido la Ley Reservada del Cobre, las pensiones y los escándalos, y no hayamos puesto el foco en la reestructuración de la dotación, el fortalecimiento de la carrera militar o la actualización de nuestra tecnología de defensa. Pero con mayor énfasis, debemos revisar nuestra aproximación a definiciones críticas de la política exterior. Primero, ¿Por qué debemos mantenernos en el Pacto de Bogotá? Claramente la politización de ese tribunal y decisiones que poco y nada tienen que ver con el respeto del derecho internacional hacen dudar de nuestra afiliación al mismo. ¿Para que seguir validando algo que funciona mal y que va a seguir legitimando la exacción de nuestro territorio?

Segundo, y más importante aún, Chile tiene que asumir el liderazgo político regional. No podemos seguir siendo observadores pasivos de la depreciación democrática de Latinoamérica y que líderes dictatoriales, como Evo Morales y la dupla Chávez-Castro, puedan perpetuarse en sus naciones y pretendan imponernos estándares al resto. Los que deberían estar en el banquillo son ellos y es nuestro deber exigirles la responsabilidad que corresponda.

Chile no puede seguir de rodillas, ni humillado por tribunales internacionales que no respetan los tratados legítimamente firmados entre las naciones. Hay que ponerse firmes y de pie, exigiendo el cumplimiento, de los Tratados y el respeto por nuestra historia, tanto en el extranjero como al interior de Chile. Abandonar el Pacto de Bogotá es el primer paso.