“Que se queme en el infierno”

Evelyn Espinoza Gallardo cursó la enseñanza media en el colegio salesiano José Miguel Infante, Hijas de María Auxiliadora, entre los años 1977 y 1980. Según detalla la querella, participó activamente en distintas catequesis, convivencias, fiestas y festivales realizados junto a colegios de diversas congregaciones como el Santa Helena y el Instituto Alonso de Ercilla. En este último estudió su hermano menor.

La mujer relata que sus padres realizaron un gran esfuerzo económico para cancelar las mensualidades de su hermano en el “prestigioso colegio”. La educación en el establecimiento educacional, asegura, siempre fue una prioridad para sus padres y motivo de orgullo. Situación que generó una presión académica y social, tanto en ella como en su hermano.

Evelyn señala que siempre escuchó, durante las distintas actividades que se realizaban en conjunto con otros colegios católicos del sector, que las jóvenes no querían quedarse a solas con algunos hermanos maristas, entre ellos Adolfo Fuentes y José Monasterio, pues el comentario generalizado era que se trataba de unos “viejos verdes y frescos”, “que les gustaba correrles mano”, durante jornadas catequísticas y pastorales.

Cuando Evelyn tenía 15 años, un día domingo del mes de diciembre de 1978, asistió junto a su hermana a una misa en la capilla del colegio Alonso de Ercilla. La liturgia aquella vez se suspendió y fueron atendidas por José Monasterio en el hall del colegio. El hermano las invitó a pasar a su oficina para que conversaran sobre la palabra de Dios y les pidió que pasaran a su oficina. Su hermana entró primero, al rato salió, y luego ingresó Evelyn, quien asegura que se sintió muy incómoda.

La mujer recuerda que Monasterio era un hombre mayor que merecía su respeto y con el cual no tenía confianza. El hermano, asegura, se sentó muy cerca y comenzó a preguntarle si “había algo que la inquietara en su vida, algo que le produjera pena”. Evelyn le empezó a relatar los problemas de convivencia que tenían sus padres y su temor a que se separaran. Monasterio habría acercado su silla, intimidándola. Luego colocó su mano sobre su pecho, hablándole de “los sentimientos de sus almas y corazones”. Evelyn no entendía si la demostración de confianza era paternal, asegura en la querella, pues no se atrevía a pensar mal del hermano.

A continuación, sintió que una mano de Monasterio empezó a deslizarse a través de sus senos. Trató de alejarse, pero el hombre insistió que lo tomara como “un cariño de padre”. Inmediatamente, relata, le “tomó con la otra mano la cabeza, le empezó a besar el cuello, mientras que su otra mano la introdujo por el escote de su vestido y le tocó los pechos”. Evelyn rápidamente se paró de la silla y quedó pegada a la pared. Él también se puso de pie, agrega, y se fue sobre ella tratando de “besarla en la boca e insistiendo en tocarla”.

Después de zafarse de su agresor, Evelyn abrió la puerta de su oficina y salió gritándole a su hermana “que se fueran, que ese era un viejo asqueroso”. Cuando Monasterio vio el enojo de la hermana de Evelyn, se arrodilló frente a la escultura de Marcelino Champagnat (fundador de la congregación) y pidió perdón, diciendo que había pecado y que todo se trataba de un error. Las dos hermanas salieron corriendo del lugar.

Hasta el día de hoy, Evelyn recuerda su “vestido floreado de color mostaza, el olor de la colonia que emanaba de ese hombre, la ropa que vestía, su respiración y sus manos huesudas y sudorosas”. Cuando llegaron a su casa, consigna la querella, su hermana le dijo que “no tenía que contar nada, porque no debían darles problemas a sus padres”. Evelyn, sin embargo, habló. “Sus papás le tenían tanto respeto a esas personas e institución, que no le dieron importancia a lo sucedido, o quizás, tampoco ellos quisieron ocasionar algún problema o ser motivo de problema para el colegio”, se especifica en la querella.

Después de tres semanas, aproximadamente, el padre de Evelyn le contó que había conversado con el director del colegio, el hermano Agustín Carazo, quien le pidió al hermano Monasterio que escribiera una carta ofreciendo disculpas por lo sucedido. La entonces niña de 15 años recibió esa carta y la rompió frente a sus padres, sin leerla, y abogando que esa persona se quemara en el infierno.

“Aquí no hay maricones, así que quédate calladito mejor”

Para J., todo llegó de golpe, hace más o menos un año. Se encontraba realizando un “pololo” en Santiago, cuando un mensaje telefónico le informó sobre la portada que el diario “El Rancagüino” dedicó a los primeros casos de abusos cometidos en la congregación marista, particularmente en el Alonso de Ercilla. “Fueron los peores días en muchos años”, reconocería después en la querella presentada en contra de la congregación.

J. creció junto a sus padres en un ambiente hogareño, en la sexta región. Siendo niño, ingresó al Instituto O’Higgins, perteneciente a la congregación marista. En sus pasillos, conoció a Luis Castillo Santander (fallecido en 2007), el hermano encargado de la enfermería. Según se cuenta en la querella, Castillo “en realidad, era el encargado de un lugar muy cerrado que no tenía acceso, salvo por una puerta, y que ellos llamaban ‘la enfermería’”.

Al ser el patio del Instituto O’Higgins casi completamente de cemento, era usual que los alumnos fueran enviados con el hermano Luis para curar rodillas rotas y magulladuras. “Pero les dejaba una herida aún mayor. En ese lugar, Luis Castillo procedía a tocarlos de diferentes maneras, hasta que después de varias veces que iban a ‘la enfermería’, requeridos por él para ‘hacerles más curaciones a las heridas’, les iba mostrando sus partes íntimas, revistas pornográficas y forzando a tener sexo oral con él. En el caso de J., lo violó cuando tenía 13 años”, afirma el documento.

Tras ausentarse del colegio por algunos días, J. reunió el valor para contarle lo que había vivido a un inspector de su colegio: el señor Pino. Según apunta el documento, la respuesta de Pino fue seca: “aquí no hay maricones, así que quédate calladito mejor porque sino te van a expulsar”.

Las negativas no terminaron ahí. J. asegura haber denunciado los hechos ante el hermano Ismael de Cortés, por entonces administrador del Instituto, y con el hermano Feliciano Cortés, su rector. “Pero no tuvo siquiera su atención”, acusa la querella.

Finalmente, J. terminaría dejando el Instituto.

Tras enterarse de que su nombre podría estar dentro de los casos de abusos reconocidos por la propia congregación, J. se acercó a hablar con Mariano Varona, por entonces encargado de la prevención de abusos sexuales en los maristas. Según se describe en la querella, Varona “lo atendió, lo escuchó y le dijo que no se preocupara”. Comprometió para él una “compensación económica como lo hicieron con los demás”, y adicionalmente, le aseguraron “que le pagarían los gastos médicos para una rehabilitación”.

Tras esa visita, Varona dejó de contestar sus llamadas. Extrañado, J. insistió, pero se enteró de que ahora el caso iba a ser manejado por el exfiscal y abogado de la congregación, Alejandro Peña.

En la querella, J. dice estar seguro de que no fue el único. “Hubo más compañeros a los que Luis Castillo tocaba, todos sabían lo que pasaba ahí dentro, pero nadie habló, nadie los ayudó”, asegura en la querella. Hasta el día de hoy, J. se pregunta por qué nadie lo socorrió cuando era un niño.

“El sistema eran los golpes y las descalificaciones”

Hay dos cosas que marcaron a M. en su paso por el Instituto Alonso de Ercilla. Una de ellas, según afirma la querella, fue la disciplina. Ingresó al IAE el año 1979, cuando tenía 6 años. Según recuerda, sus compañeros pertenecían a un amplio espectro socioeconómico, desde Renca y Pudahuel hasta Las Condes. “Algunos participaron de programas y comerciales de TV, y otros venían con la ropa parchada”, resume en el documento.

Los primeros años de básica en el IAE estaban a cargo de monjas y profesores. Las hermanas, aprendió pronto, administraban la disciplina “con rigor marcial”. “El sistema eran los golpes y las descalificaciones. Asuntos tan triviales como olvidar un vuelto, podían tener como consecuencia una bofetada en la cara o un doloroso tirón de pelo”, reconstruye M., quien sufrió en carne propia estos correctivos.

Según él, todas estas cosas crearon en el alumnado un sentido claro de autoridad, “implacable e incuestionable”.

Autoridad asociada a la investidura de las monjas y hermanos maristas del colegio. Como describe la querella, esto “les inculcaba una sumisión fuerte hacia ellos”, la que tampoco era cuestionada por los apoderados.

El segundo recuerdo que marcó a M., fueron el aliento y los lentes del hermano José Monasterio enterrándose en su rostro. Monasterio era un hombre de tercera edad, pequeño de estatura, voz suave pero grave, y considerado en el colegio como “una persona muy piadosa”. M. lo conoció cuando tenía 8 años. Como debía esperar al furgón, pasaba sus tardes jugando en el hall después de clases. En ese contexto, fue invitado por Monasterio a conversar su oficina, ubicaba en el mismo hall.

Allí, el religioso lo alentaba a considerar la opción de ser un hermano marista, le regalaba dulces y uno que otro santito. M. recuerda haber recibido un trato amable de él, algo extraño en el contexto de autoridad en que se desenvolvía en el colegio.

Luego de más o menos un año de esta dinámica, recuerda M., Monasterio lo empezó a abrazar con fuerza, como no lo había hecho hasta entonces. Comenzó a besarlo en la cara y a apretarlo tanto, que le enterró el marco de sus anteojos en la cara. “Su aliento y el dolor que sintió cuando sus lentes se clavaban en su cara, son las cosas que más recuerda. Mientras tanto, José Monasterio le decía que él veía al niño Jesús en todos los niños”.

M. sintió mucho miedo y un pudor indescriptible. Al salir, se sintió confundido. Según piensa hoy, fue su pudor el que lo protegió, ya que nunca habló de eso con nadie, y no volvió a visitar la oficina de Monasterio. Sólo al cumplir 40 años de edad, se atrevería a contarle lo sucedido a uno de sus amigos.

De los posteriores años en el IAE, M. aporta en la querella dos datos relevantes: que durante un paseo scout uno de los hermanos –Mariano Benito- repartió vino en bota, dejando a algunos en estado de embriaguez, y que, mientras cursaba 4° básico, se generó un pequeño escándalo en su curso.

“Casi a finales de año, algunos compañeros -2 en particular- comenzaron a exhibir comportamientos que simulaban actos sexuales. Se creó un pequeño escándalo interno y fue discutido por los apoderados en una reunión”, recuerda M., quien se enteró cuando su madre le preguntó acerca del asunto. “De todos modos, ni los profesores, ni los hermanos hablaron con los alumnos al respecto y el tema se olvidó”, finaliza.

Por último, M. menciona un hecho que podría indicar la existencia de una asociación ilícita.

“José Monasterio tenía una lista impresa con los números telefónicos, por curso, de todos los alumnos del colegio”. En esa lista, se apunta la querella, estaba marcado el nombre de M. y el de otros compañeros con una cruz. En ese entonces, M. supuso que ellos también habían sido elegidos para seguir la vocación de hermano marista. Ahora, en en cambio, M. sospecha que algunos de sus compañeros de curso también fueron abusados por este hermano.