La Unidad Nacional es uno de los conceptos más recurrentes y manoseados de la política.

Hoy vemos nuevamente al Presidente de la Nación y a varios de sus ministros, realizando un llamado para construir dicha unidad y avanzar en una forma de hacer política que no parta de la descalificación al oponente, sino de la buena fe y las ganas de construir un país mejor, que es exactamente lo que ellos no fueron capaces de hacer durante el gobierno anterior cuando para hacerlo fracasar, le declararon la guerra e intentaron incluso destruir personal y familiarmente a la Presidenta de la República.

Extrañamente, minutos después de asumir la conducciones de la Nación y como por arte de magia, descubrieron que lo que el país requiere es lo contrario. Sospechoso.

En todo caso, no es primera vez que vemos llamados como este en la derecha. En junio de 2011, lo hacían como respuesta a la brusca caída en las encuestas que su primer gobierno padecía, haciendo desaparecer incluso el gusto que su sector poseía por las mismas, cuando la UDI amenazó al Presidente con pasarse a la oposición si no les entregaba el control del gobierno, lo que se selló con el ingreso de Chadwick y Longueira al gabinete, en lo que fue un golpe blando de esos que se estilan en estos tiempos.

Hoy vemos el mismo llamado, esta vez debido a la falta de un parlamento que acompañe su gestión y la necesidad de negociar un programa que por sí solos, no podrán llevar delante de ninguna manera y ellos eso, lo saben.

Ahora bien, nadie puede estar en contra de un ideal tan elevado como el de la Unidad Nacional, pero para que se convierta en realidad, el gobierno debe definir, de cara al pueblo soberano, las premisas en las que basará este llamado, para aclarar si es sincero o solo un canto de sirenas para sortear cuatro años sin mayoría parlamentaria y con una coalición que a ratos parece haber aprendido menos de lo que repite a diario mediante sus vocerías, a través de los medios de comunicación que controlan o sobre los que tienen influencia.

En este contexto, llama la atención las contradictorias señales enviadas por algunos miembros del gobierno y por el mismo Presidente, a la hora de entrar al detalle de lo que este llamado podría significar.

De partida, resulta casi obvio que para que pueda existir Unidad Nacional son prerrequisitos, el respeto a la diversidad y el apego de fondo al concepto de democracia, lo que implica asumir con humildad las posiciones mayoritarias de la sociedad y actuar en consecuencia; teniendo, al mismo tiempo, respeto con aquellas posiciones minoritarias que, si no dañan a otros, deben poder expresarse libremente y ser reconocidas, por todos y todas, como parte de esa quimera de la que mucho se habla, pero por la que tan poco se hace.

Así las cosas, parece ser casi imposible alcanzar la Unidad Nacional sin abordar de manera seria y responsable un tema pendiente en nuestro país y sobre el cual la coalición de derecha parece no tener una sola posición, el de la Nueva Constitución.

De hecho, la Constitución, que rige la interacción entre los distintos componentes de nuestra sociedad, fue diseñada por una minoría, a puerta cerrada y de espaldas al pueblo soberano, por lo que llama profundamente la atención que un gobierno que llama a la unidad y que pertenece al sector que la diseñó y la impuso por la fuerza en conjunto con la Dictadura Militar, denigre y minimice la participación en la discusión, de varios cientos de miles de personas, que en un proceso inédito a nivel internacional han contribuido a la gestación de la propuesta que ha sido ingresada al Congreso de la Nación.

Es importante recordar que dicha Constitución no solo tiene vicio en su origen antidemocrático sino también en sus contenidos que son los que definen un modelo de desarrollo que parece ser indiscutible, desde la voluntad popular, lo que ha quedado en evidencia con el rol que ha jugado el Tribunal Constitucional.

En este sentido, no puedo negar la suspicacia que este llamado me genera cuando, desde el mismo ministro del Interior, se insiste en evadir la necesidad de una nueva Constitución, y se apuesta a mantener un sistema político diseñado expresamente para violentar, precisamente, las posiciones mayoritarias, hasta el punto de conculcar el derecho a la autodeterminación del pueblo chileno, sometiéndolo a los dictados de una institucionalidad que, como decía Jaime Guzmán, asegura que incluso cuando gobierne una mayoría de izquierda, no pueda salirse del camino trazado por la dictadura. Simplemente Notable.

De la misma manera, llama la atención que este llamado se realice mientras, desde sectores de la coalición de gobierno, se insiste en criminalizar o estigmatizar como anormal, a partes de nuestro cuerpo social que no comparten los valores, ni la cosmovisión de una minoría fundamentalista y totalitaria, como es el caso de los mapuches, de los inmigrantes, de los homosexuales, de las personas trans y de tantos otros que, mediante leyes discriminatorias, son obligados a vivir según cosmovisiones y valores que no les son propios y son tratados como una deformación indeseada del cuerpo social.

También genera suspicacia el hecho de que en algunos ministerios e intendencias, este gobierno que llama a la unidad nacional, sea capaz de instalar a personas que desde un concepto instalado por el mismo mandatario, en su primer periodo, pueden ser considerados como cómplices pasivos de la dictadura, lo que evidentemente supone una bofetada cruel y despiadada para las víctimas y sus familiares.

En este contexto, llamar a la Unidad Nacional, escudándose siempre en la arquitectura institucional que fue impuesta a sangre y a fuego, en tiempos en que esa misma Unidad Nacional se construía matando, haciendo desaparecer o encarcelando a los que pensaban distinto, no parece consistente y acrecienta la distancia entre el discurso y la praxis que caracterizó a la primera gestión gubernamental de la derecha y que esperamos sea significativamente modificada en este segundo tiempo.

De lo contrario, no debe sorprendernos si los actuales llamados a la unidad nacional, al respeto mutuo y al dialogo fracasan nuevamente y de manera estrepitosa, sobre todo, si cada día más actores llegan a la conclusión de que, solo buscan ganar tiempo para seguir imponiendo por la vía de los hechos y en nombre de una institucionalidad que carece de legitimidad, las posiciones sobre ideologizadas de una minoría de derecha, extremadamente conservadora, fundamentalista, neoliberal y que se siente todopoderosa y eterna.