La defensa de cada metro de la superficie nacional no es absurda, y bien lo sabe Bolivia, que alguna vez fue dueña de la región de Antofagasta. De seguro les cuesta olvidar que cuando la perdieron era una infinidad de arena que no valía nada, pero que al poco tiempo Chuquicamata se convirtió en la mayor fuente de riquezas de Chile. Nunca se sabe a ciencia cierta la importancia que puede llegar a asumir un pedazo de tierra en el futuro, y por eso cuesta tolerar que un gobierno lo ceda, salvo que exista una derrota militar o demasiada buenas razones.

De otra parte, a ningún país le conviene vivir en conflicto permanente con sus vecinos. Por donde se mire, la colaboración es más productiva que el enfrentamiento. Europa se unió (y es evidente su pérdida de gravitación ahora que asoman las amenazas de disgregarse), los Estados Unidos llevan la unión en el nombre (aunque por culpa de la barbarie de Trump hay estados que ya proponen escindirse), mientras que América Latina, un continente que a lo largo de dos siglos ha sido incapaz de configurar una voz influyente en el contexto internacional precisamente por su dispersión, nunca ha sido capaz de romper con los ridículos nacionalismos de izquierda y derecha que mantienen a cada uno de sus países en la irrelevancia. ¿No será hora de ir pensando en acuerdos que sin transgredir fronteras las vuelvan menos determinantes?

Evo Morales se ha encargado de repetir que cualquiera sea el fallo del tribunal de La Haya, Bolivia no cejará en su esfuerzo por volver a tener mar. Es decir, así los jueces de corte decidan que Chile tiene o no la obligación de negociar una salida soberana, más temprano que tarde, para conquistar la paz, algo deberá negociar.

Hasta aquí, la defensa de Chile – y no me refiero al juicio que se lleva a cabo en los Países Bajos, sino a esta larga historia de desencuentros- se ha limitado a contestar por qué no corresponden los reclamos que hace Bolivia para que se le devuelva el mar. Bolivia llora y Chile lo hace callar. El juego perfecto para un presidente como Evo Morales, que representa y fomenta el sentimiento de inferioridad.

Terminado este juicio -a todas luces inútil, porque no parece existir el ánimo de respetar su veredicto entre las partes-, Chile debiera ser el encargado de proponerle alternativas apetecibles a Bolivia, proyectos conjuntos que nos presenten como amigables en lugar de triunfantes, ingeniosos en vez de reactivos, tolerantes y no soberbios. Interesarnos en ellos para que se interesen en nosotros. Desear lo suyo para que deseen lo nuestro. Mostrarnos como un país abierto a los cambios y ansioso de terminar con el aislamiento al que nos condenó la geografía. Buscarlos, hasta que odiarnos les dé vergüenza.