Hace unas semanas hacía la cola para pagar unos cigarrillos y una Coca Cola en un pequeño supermercado del barrio alto que existe al menos hace treinta y cinco años en Las Condes, en la esquina opuesta a la de un vivero donde regularmente acompañaba a mis padres a ir por plantas para nuestra casa, que ellos compraron con un crédito del Sinap o algo similar, antes de la usura a destajo.

Ese vivero amplio, una década y tanto después se transformaría en el Seriatutix, propiedad de Miguel “Negro” Piñera y de su socio, el “Filo Contigo”. El hermano Piñera -jipi que volvió a Pinocholandia sonando en cuanta radio existía “por el camino de la paz”, con el dólar a 39 pesos o justo después, cuando tuvimos que comenzar a pagarle la deuda a la banca privada que ahora nos tiene de los cocos, cantando canciones del grupo Agua, casi al mismo tiempo que Correa Bulo tratara sin tener éxito, por no ser tan amigo como el actual presidente de la ministra del gobierno de facto Mónica Madariaga, que su hermano no jipi explicara en tribunales qué cresta había hecho con el Banco de Talca o mejor dicho, con los clientes y accionistas del banco que estaban tan atónitos como mi padre cuando en su mesa, para el plebiscito del ochenta, no saliera ni un sólo NO.

En la misma esquina donde estaba ese vivero, está hasta hoy y desde hace a lo menos treinta y cinco años, este negocio donde yo hacía la fila para pagar mis cigarrillos y una Coca Cola.

Además, desde tiempos del boom económico, existe también ahí un restorán construido con tanto empeño como una escenografía de Campeonato Estudiantil conducido por Vodanovic en Televisión Nacional, llamado Bali-Hai, (no sé qué estaban pensando cuando le pusieron el nombre de una isla mítica de comedia musical escrita por Rodgers y Hammerstein), con varios moais de cemento rosáceo en su fachada. Restorán que arde como bosque en el Wallmapu de Matte más o menos cada 10 años como caso paranormal de combustión espontánea del gringo Ripley, siendo un incendio de principios de la década del ochenta el que recuerdo con más cariño.

El restorán polinesio ése, que más parece un Raru Rarako emplazado entre Las Vegas y Miami, tenía una pajarera con aves al parecer exóticas. Digo “al parecer” ya que nunca las vi, sólo las oía desde la calle Colón o desde Sebastián Elcano; sus cantos o gritos tan tropicales como tomarse una Kem piña. El asunto pirotécnico aquella vez tuvo un tinte particularmente tragicómico para mis amigos del barrio y para mí, que en ese entonces no creo que hayamos superado los 14 años. Sin desmerecer el espectáculo morboso y atractivo de ver en llamas los bambúes que adornaban sus paredes o ese techo de totora lanzando lenguas de fuego en medio de una humareda que hacía que la refinería de Ventanas fuera poca cosa, la nota alta fueron estos pobres pájaros encerrados en su pajarera que se calcinaron de manera espantosa en su mundo ficticio de cartón-piedra y rejas, como si hubieran sido Pollos Stop puestos vivos al spiedo para ser cocinados y ahumados a fuego fuerte.

Mis amigos y yo, todos adolescentes llenos de sueños y pesadillas, fuimos a ver los despojos del espectáculo neoliberal purificador de seguros comprometidos y, como a todo niño nacido en la década del 70 o antes, los pobres pájaros carbonizados nos causaban más bien una risa tremenda que lástima. Admito que me acuerdo y me da risa de sólo imaginar a esos pavos reales y canarios de colores y seguramente cacatúas y loros, corriendo o intentando volar como pájaros a chorro en círculos con sus plumas prendidas y sus fluidos corporales al punto de ebullición.

Estaba una vez más, esta vez treinta y cinco años después, haciendo la fila para pagar, en un local que está frente a ese restorán como escenografía, cigarrillos y una Coca Cola, a días de la segunda vuelta presidencial de fines del año pasado, cuando un hombre calvo, narigón, de unos treinta y largos años con cara de niño de mi barrio alto tan reconocible, tan furioso, estaba buscando mi atención y la de los otros clientes en la fila, espetando frases al voleo que yo no escuchaba del todo, pero que claramente estaban dirigidas principalmente a mí. No lo escuchaba porque andaba, como suelo hacerlo cuando estoy solo en la calle, con mi iPod escuchando música para así evitar oír Juanburrismos de parte del respetable.

Esa tarde, a días de la segunda vuelta presidencial, estaba escuchando “Dreamer”, de Supertramp; lo que hacía que su cara llena de odio hacia mí y deduzco hacia otro asunto de mayor relevancia para él, como la cuota catorce de doscientos ochenta, tuviera un tinte muy curioso en mi video clip personal. ¿Conocen la canción? Recomiendo su versión en vivo en París. ¿Se han fijado que si uno anda escuchando música con audífonos el mundo parece un video clip ochentero? Bueno, eso: me saqué uno de los auriculares mientras este pelado de Bermudas Dockers beige (qué color de mierda que es ese) espetaba entrecortado como metralleta en manos inexpertas algo así como “¿Te gustan los motes? ¿Ah, hueón? ¿Te gusta salir en la tele jalando, culiao? ¿Te gusta, hueón, ah?”, mientras su yugular se hinchaba y su cara se ponía roja como la bandera del PC Chino mientras lanzaba esas frases pegadas con moco neuronal mientras se iba de ese pequeño supermercado por un torniquete “sólo entrada” a las puteadas y pataleos por lo difícil que se hace salir por la “sólo entrada”, sobre todo a las puteadas y pataleos.

El cabro chico de treinta y muchos, calvo como invasor de territorio Kawéshkar, se refería, deduje, a ese video que hice para pararle el carro un poquito (cosa que logré con un celular e internet) a los dueños de Chile agrupados en una secta económica que llaman “AB Chile” que hace todo lo que la plata es capaz de hacer para detener la ley de etiquetado de alimentos, con los denominados por ellos mismos “rostros” en sus canales de televisión abierta, versando entre otras joyas de la propaganda: “¿Te comerías una bolsa entera de mentitas? Yo tampoco: todo está en las porciones.” Yo tomé el mismo texto y me grabé junto a un cerro de azúcar flor que todos entendieron como cocaína (¡muy bien!), pegándome sólo una puntita, y repitiendo eso de “todo está en las porciones” y de pasada, además, darles un paipe virtual a una colega y a otros buenos referentes de esta econo-suya, que como muchos, promocionarían incluso bombas de racimo de esas que hace el dueño del museo de Santa Cruz, sin siquiera arrugarse.
Los demás clientes en la fila se hacían los hueones y la verdad es que yo también porque tener que defenderse a los golpes de cabros chicos gritones no es lo mío aunque no lo descarto, incluso si pareciera que tengo las de perder porque ya aprendí de lo que son capaces con la cara llena de risa.

Y después de que el pelado iracundo y narigón con bermudas Dockers beige llegara muy cerca de mi metro cuadrado (y vomitara ahora palabras sueltas que daban bote mientras yo lo miraba intentando mantener su mirada sin conseguirlo) salió finalmente aleteando por “sólo entrada” de ese negocio que es como un pequeño supermercado y que está ahí hace más o menos treinta y cinco años, a los forcejeos contra sí mismo, enojadísimo con nuestra libertad de expresión recuperada después de miles de asesinatos orquestados desde La Moneda y El Mercurio y este barrio mío de la infancia que ya viera la sangre del general Schneider a pocas cuadras de ese restorán Rapa Nui de plástico, con nombre de isla ficticia de comedia musical yanqui, del bar de Piñera de dos pisos y con un estacionamiento que ahora es ocupado por una torre de departamentos de medio millón de dólares cada uno, caminando sinuoso a su camioneta petrolera de 4000 kilos-tara que usa como lo hacen muchos en este barrio tan alto, como si fuera el Charade que le regalaron al cumplir 18: para ir de compras a esa esquina o a dejar a sus hijos a La Girouette, la que bien conozco, o a su oficina en Apoquindo donde antes estuviera el Delta uno a vivir sus tan esperados tiempos mejores.