Se está volviendo un tópico, en tribunas de crítica cultural, la advertencia de que el debate público ha caído bajo el dominio de las mentes literales: cada vez se objetan más las palabras de la contraparte antes que sus ideas, y para peor, desde un lente que no enfoca la intención del que habla sino el prejuicio –o la paranoia– de quien escucha. Como tantos otros que circulan, este reclamo tiene un acento generacional. Se sugiere que los jóvenes, demasiado emocionales, estarían persuadidos de que separar aguas entre el bien y el mal es tan sencillo como reescribir los discursos que, supuestamente, programan la realidad. Desde la vereda contraria se apunta al vaso medio lleno: al cambiar la construcción de utopías por la deconstrucción y reconstrucción de discursos, el pensamiento crítico por lo menos ha recuperado la fe en sus posibilidades de transformar la sociedad, tras varias décadas de rendición al escepticismo luego de sus fracasos del siglo XX.

Bruno Córdova, en “No estoy de acuerdo” (Das Kapital), parece participar de esa fe renovada a la vez que exige asumir la que sería su consecuencia radical: desterrar a las emociones del diálogo político. Nacido en Puente Alto, se identifica con quienes son “primera generación” universitaria y que además han constituido una clase media con rasgos inéditos en la historia de Chile: se saben mayoría y no se autodefinen a contraluz de las clases altas. Entre los referentes fundacionales de ese “relato de clase” señala al sitio Noesnalaferia, cuyas crónicas supieron hacer memoria colectiva de “las infancias en casas pareadas, recordando la televisión que consumían o los alimentos que los distinguían como una clase ajena al relato de la clase alta”. Se trata también de una generación digitalizada, que domina los nuevos lenguajes (Córdova trabaja en “diseño para comunicación multiplataforma”), y lo más importante, de una generación que se tomó las calles en 2006 y 2011 para hacer saber que la democracia meramente “delegativa” no iba a seguir siendo aceptada.

Desde esas coordenadas, y con Chantal Mouffe siempre a la mano, Córdova plantea que la política de la transición se ahorró las controversias mediante un “consenso forzado” que impide el mutuo reconocimiento entre las partes. Como el marco de “lo razonable” fue delimitado por quienes detentaban el poder, no conocimos realmente el pluralismo, sino “acuerdos” sustentados en la previa marginación de grupos “poco confiables”, sometidos a “tratos humillantes” por suscribir ideas de disenso. En esta condición, plantea Córdova, estarían hoy las personas de izquierda radical o antiliberal, las feministas militantes, los bisexuales, los transgéneros homosexuales o los inmigrantes provenientes de países pobres. Sus respectivos antagonistas en posición de privilegio serían personas de ideas políticas liberales, las mujeres machistas, los hétero u homosexuales y los nacionalistas de clase obrera.

Pero si alguien va a creerlo un millennial con hipertrofia emocional, Córdova devuelve el golpe de antemano. Son los grupos dominantes, dice él, quienes una y otra vez se han blindado en sus temores (o sea, en sus emociones) ante la aparición de controversias políticas de las que puedan salir perdiendo. Propone entonces, como regla para todos, eliminar la exigencia de empatía en el debate, dejar de evaluar la admisibilidad de un argumento en función de la tolerancia emocional de las partes: nadie tiene derecho a vetar un punto de vista sólo porque se siente amenazado. Es la única manera de que “lo razonable” deje de ser lo que tranquiliza al poderoso y sea aquello que nos iguala en tanto ciudadanos, la deliberación racional.

Para recuperar la legitimidad de la política, entonces, es necesario invertir el signo del consenso: hacerlo exigible respecto de las reglas del juego, no de su resultado. “¿Debe usarse el consenso para llegar a resultados políticos? Por ningún motivo. Porque siempre está el riesgo de que la parte dominante capture la deliberación […] y amordace a las voces contrarias”. Pero esa política de trato igualitario, sigue Córdova, supone aceptar algo que las élites chilenas aún se niegan a aceptar: que la mayoría ciudadana gane y la minoría, simplemente, pierda.

Entonces hablan de “unidad nacional” o “acuerdo nacional” (términos que a su juicio sólo cabría utilizar bajo estados de excepción), y con ese ardid burlaron las demandas de los pingüinos en 2006-2007. Para 2011, sin embargo, toda una generación estaba advertida del significado de esas expresiones.

EN BUSCA DEL GUANTE BLANCO

Como se ve, el problema no es sencillo. Las soluciones que imagina Córdova tampoco lo son. Esmerado en darle un tratamiento sistemático a su propuesta, crea un sinnúmero de categorías conceptuales y procedimentales que, bastante lejos de la política real, construyen sobre blanco una especie de gran manual del debate político justo y virtuoso. Para asegurar que cada parte sea tratada desde “un escepticismo parejo”, el autor codifica, como si de un software se tratara, las etapas de una correcta deliberación y los tipos de mensaje y de lenguaje que deberían usarse y los que no.

Sus elaboraciones son atendibles, pero involucran una fe extraordinaria en el poder prescriptivo de la razón y del lenguaje. El poder de convertir a dos partes en conflicto en exégetas de sí mismos que, por amor a la dialéctica, renuncian a la retórica, y se atienen a respetar los pasos de un instructivo como quien se apresta a armar un mueble. Pletórico de raciocinio, Córdova parece desentenderse de que los hipotéticos polemistas se están disputando el poder y no sólo la virtud de sus enunciados, mientras él se preocupa de las palabras hasta el punto de sufrir en vano. Por ejemplo, cuando se ensaña con la expresión “cruzada solidaria” como referencia a la Teletón (caso paradigmático, para él, de consenso forzado que censura la crítica), pues “cruzada” sería “un término bélico que determina una lucha en nombre de una fe, una fe que busca ser implantada con exclusión de otras […] ¿Necesita la Teletón recurrir a un término de guerra?”.

Por otra parte, Córdova formula su crítica a la transición veinte años después de que Tomás Moulian –también militante de RD– publicara la obra fundacional del género, y aunque coinciden en lo esencial (la Concertación enalteció un “consenso” que rendía cuentas a la derecha y no a la mayoría ciudadana), la secuencia histórica de Córdova empieza mucho más adelante y es interesante observar cómo eso cambia algunos énfasis. Si Moulian advierte que un severo error de la UP fue creer que su poder institucional la eximía de calibrar las relaciones de poder en la sociedad (y que la Concertación aprendió demasiado de ese error), Córdova afirma que las metas de un país “no requieren de una cohesión colectiva”, y que Camilo Escalona “está totalmente equivocado” cuando dice que para derrotar a la desigualdad es necesario unir al país detrás de ese objetivo: basta con las mayorías electorales. Ahí donde Moulian revisa en profundidad el fracaso de las protestas de los 80 para explicar por qué la Alianza Democrática debió resignarse a sacar a Pinochet desde las urnas, a Córdova le alcanza con sobrevolar la escena para juzgar que dicha alianza, al optar por el plebiscito, eligió el camino que “expulsaba al ciudadano de la acción política”.

El problema no es si Córdova juzga bien o mal a sus mayores. La inquietud que deja “No estoy de acuerdo” es si acaso el autor, a la espera de unas condiciones ideales que nunca llegarán (horizontalidad absoluta, dialéctica perfecta), soslaya los obstáculos que le toca enfrentar a un proyecto político de transformaciones como quiere serlo el del Frente Amplio. No es que no tengamos un proyecto claro, es que nos piden demasiadas aclaraciones, parece alegar a ratos. Y tiene razones para quejarse, pero termina resonando un “ábrete sésamo” en esa queja.

En un registro parecido, Córdova asume que la crítica al modelo, tras el estallido de 2011, se ha mantenido encapsulada porque muchas personas no se atreven a protestar en la calle dado el riesgo que correrían sus vidas de ser “amenazadas o violentadas” (por ejemplo, con un despido laboral). De ahí que sólo puedan apoyar las manifestaciones “en conversaciones triviales” o encuestas telefónicas. Y entonces, ¿por qué votaron por Piñera? El libro se imprimió antes de las elecciones, pero una de sus tesis contiene, en clave informática, la posible respuesta: en Chile se practica una democracia de interfaz y no de código. Es decir, sólo se puede discutir lo que queda a la vista, el diseño de una política en función de su rendimiento; queda oculto, en cambio, el código de programación, que es el carácter político e ideológico de las posiciones en disputa. Los estudiantes de 2006 y 2011 habrían exigido –y este fue su gran salto– soluciones de código a los problemas de interfaz. Pero a la población de menor capital cultural le cuesta comprender su realidad cotidiana desde esa perspectiva, de modo que la obligación de los políticos sería educarla en esa comprensión para romper con la “política censitaria” que hoy rige en el país: “Es imperioso que las autoridades planteen a la comunidad las controversias (de forma accesible y comprensible) en clave de código, más que en clave de diseño. Esto implica desestimar expresiones políticas como ‘los problemas reales de la gente’”.

Es probable que esta última demanda no sea escuchada por las actuales autoridades. Pero un notable epílogo, liberado del esfuerzo normativo en que se afana el resto del libro, permite a Córdova demostrar que el problema que ha intentado resolver –cómo actualizar la política a partir de un trato parejo– está en la médula del momento histórico que vive la sociedad chilena. Allí aborda la crisis por la que atraviesan los modelos de autoridad, para lo cual retoma la novedad histórica que supone su generación. “Somos hijos de los inquilinos”, dice, que asimilaron una identidad cultural fundada en la obediencia. Pero no la obediencia a una autoridad legitimada por principios impersonales, válidos para todos, sino a la autoridad de facto de un patrón. Hoy, en cambio, por primera vez son mayoría en Chile quienes no reconocen la autoridad arbitraria de otra persona, y que además, con la ayuda de internet, han construido imaginarios culturales autónomos. No sólo han adquirido conciencia de sus derechos, también tienen sus propias páginas sociales. Cuando miran a los de arriba, aspiran a disputarles el poder, pero ya no a ser como ellos.

En las 300 páginas de su libro, Córdova no hace otra cosa que exigir igualdad de oportunidades. Así parece dar razón a los intelectuales que, desde el centro liberal a la derecha, aseguran que los nuevos chilenos sólo exigen ese tipo de igualdad. Sin embargo, “No estoy de acuerdo” es más bien la prueba de que si esa exigencia esta vez va en serio, si la democracia y el mercado tendrán que responder por su promesa sin derecho a letra chica, no es menor su problema. Las múltiples ocurrencias de Córdova para asegurar esa igualdad en el plano político –y su extensión al económico es automática– podrán ser excesivamente teóricas, jugadas de pizarrón, pero tal vez lo sean justamente porque la cancha de verdad sigue inclinada y así ya no vale perder.

No obstante, el autor no se engaña: el problema también lo tiene esa ciudadanía que demanda una cancha pareja y no resiste la tentación de inclinarla a su favor si la ocasión se le presenta. Córdova pone el ejemplo de Uber, cuyos usuarios eligen burlar las normas colectivas para beneficiarse de la desregulación mercantil. Quien pide un Uber, en otras palabras, muestra su acuerdo con que el rol público del Estado sucumba a los intereses privados. ¿No fue contra eso que se rebeló su generación? ¿De verdad tienen quórum para construir algo distinto? Por lo menos tienen tiempo, antes de que esa épica de origen les empiece a demandar un motivo de orgullo que no sea el pasado. También es pronto para saber cómo darán continuidad a ese “relato de clase” a medida que sus protagonistas alcancen posiciones de estatus y patrimonio que los alejen demasiado del resto. Y para dilucidar la incógnita intriga a muchos, sobre todo a sus adversarios: cómo salvarán el dogma original de su cultura política –no transar, imponer la mayoría– cuando las opciones sean transar o envejecer como minoría.

NO ESTOY DE ACUERDO
Bruno Córdova
Das Kapital, 2017, 304 páginas