-“Quienes apoyan abiertamente a los represores deben ser reprimidos. El fascismo no se combate con argumentos, se lo aísla y reprime, ojalá legalmente, a palos si es necesario”, escribió en un tuit la semana pasada. ¿Se siente responsable de la golpiza a José Antonio Kast?

Sólo resumí a la rápida una de las principales lecciones políticas de la historia del siglo XX, en el mundo y en Chile, reconocida de algún modo por lo general insuficiente en la mayoría de las legislaciones modernas incluida la chilena.

El fenómeno que en el siglo pasado recibió el nombre de fascismo no se combate con argumentos puesto que se basa en dominar por la fuerza, se lo aísla y reprime sin contemplaciones, en lo posible legalmente mediante el poder del Estado pero además, y necesariamente si el sistema político no es capaz de hacerlo en la medida requerida, con la fuerza de la sociedad civil.

Ningún ser humano responsable, sea de izquierda, centro o derecha, debería olvidarlo nunca. En la situación que ha quedado el mundo tras la crisis, el que esta lección sea bien aprendida puede determinar nuestra supervivencia como especie y quizás de la vida misma sobre el planeta, ni más ni menos, puesto que se trata de cómo maniatar al más dañino de los demonios modernos.

El fascismo ha resurgido en todas partes alcanzado el gobierno en algunos países incluida la principal potencia mundial, lo que no sucedía desde los años 1930. Considerando los horrores que generó entonces desde la principal potencia europea, no hace falta mucha imaginación para apreciar el peligro que representa dirigiendo hoy el gobierno de la mayor potencia mundial, de dimensiones muchísimo mayores y armada de bombas nucleares además. En el Chile de hoy están asimismo dadas condiciones para su resurgimiento, es un peligro real frente al cual nadie puede cerrar los ojos ni permanecer indiferente, sino actuar con unidad y decisión.

Es necesario impedir que se siga extendiendo en el caldo de cultivo de la justa indignación del pueblo por la ceguera, frivolidad y venalidad de las élites “liberales”. Éstas no han sido capaces de llevar adelante los programas radicales, al estilo del “New Deal” de Roosevelt, que se requieren para enfrentar las grandes crisis atendiendo los problemas del pueblo. Ello se agrava porque dichas élites se han limitado a impulsar una agenda progresista en materias valóricas, ambientales y de inmigración, que muchas veces violentan atávicas creencias y costumbres populares.

En Chile la élite ha impedido que al cabo de tres décadas el sistema político democrático haya corregido los abusos y distorsiones heredados de la dictadura. Principalmente, que el gran empresariado se haya apropiado recursos naturales que pertenecen a todos, y escamotee a los trabajadores un tercio de sus ya modestos y precarios salarios, mediante cobros forzosos supuestamente destinados a contribuir al ahorro nacional y pagar la educación, y mediante intereses usurarios.

El Estado mismo es aún insuficientemente democrático, instituciones fundamentales que se mandan solas se han corrompido y servicios públicos arrastran deficiencias inaceptables. A lo anterior se suman una agenda valórica y ambiental ambiciosa pero no siempre respetuosa de la forma de vida y costumbres populares, y la inédita presencia masiva de trabajadores llegados de otras tierras, lo cual genera temor en una sociedad insular y conservadora que recién viene dejando atrás su pasado campesino.

Todo lo anterior constituye una enorme irresponsabilidad de la élite que puede llevar a la hecatombe al sistema político surgido en 1990, equivalente a la que constató Arturo Alessandri Palma respecto de la república parlamentaria que surgió de la contrarrevolución de 1891.

¿Cómo explicaría usted la paradoja de la tolerancia de Karl Popper, utilizada para describir el caso de Kast y que fue citada en redes sociales?

Dejo la respuesta a esa pregunta a mis compañeros filósofos para concentrarme en los aspectos económicos y políticos, que es mi campo, del fenómeno que nos preocupa. La transición de la sociedad agraria tradicional a la modernidad urbana y capitalista ha traído y sigue trayendo las maravillas que se le reconocen allí donde llega al mundo, que considerado como un todo se encuentra exactamente a medio camino de este proceso epocal. Sin embargo, el siglo XX demostró que ese extraordinario progreso va acompañado de gigantescas tensiones que despiertan tres demonios espantosos: depredación de la naturaleza, guerra y fascismo. El último es el peor porque su irracionalidad criminal y suicida puede azuzar los otros al paroxismo catastrófico. El fascismo, como es bien sabido, es la expresión en la sociedad y el Estado modernos de un fenómeno atávico, inherente a la naturaleza de la turba asustada que, incapaz de enfrentar la verdadera causa de sus temores, reacciona de modo agresivo —es decir por la fuerza— y de manera cobarde contra quienes percibe como diferentes y más débiles.

Como decía Eric Hobsbawm, habría pasado a la historia como un pie de página vergonzoso, junto a pogromos y caza de brujas medievales, si no hubiese llegado al poder estatal en Alemania. Nunca imaginamos tampoco que pudiese alcanzar el poder en el democrático, republicano, pacífico y progresista Chile del siglo pasado. Pero ocurrió y puede suceder de nuevo, como advirtió Primo Levi que lo conoció mejor que nadie.

El fascismo resurge cada vez que, vale la pena reiterar, las sociedades enfrentan crisis que atemorizan al pueblo y éste percibe que sus dirigentes no las están atendiendo de modo debido, lo que se agrava si esas mismas élites son percibidas como venales y peor aún si pasan a llevar creencias y costumbres populares atávicas. En tales condiciones aparecen demagogos que intentan desviar la ira popular hacia chivos expiatorios que nunca faltan o se inventan. Se trata generalmente de sujetos de la peor ralea que son alentados y muchas veces prohijados deliberadamente, como sucedió en Chile en los años ‘70 y nuevamente ahora, por quienes son responsables de la crisis en primer lugar y no quieren verse afectados por las duras medidas requeridas para resolverla. Sólo puede ser frenado oportunamente si se lo aísla y reprime con decisión.

Para quitarle el oxígeno es necesario atender con urgencia los problemas que generan la justa indignación del pueblo, que es su caldo de cultivo. En el caso chileno, es urgente hoy llevar a cabo el programa liberal radical que se requiere para poner término a los abusos y distorsiones antes mencionados, heredados de la dictadura.

Hay que terminar las AFP y recuperar las cotizaciones para el pago de pensiones dignas ahora, condonar deudas estudiantiles y destinar todo el financiamiento estatal a gratuidad, atender el endeudamiento popular y poner coto a la usura, terminar las ISAPRE y destinar los recursos generados con cotizaciones a continuar mejorando la salud pública gratuita, estatizar el Transantiago y construir los corredores que requiere, en fin, la lista es larga.

Por otra parte, promulgar una nueva constitución que someta a todas las instituciones del Estado a la soberanía popular, recupere los recursos naturales que nos pertenecen y permita un nuevo modelo de desarrollo basado en el valor agregado por el trabajo productivo de ciudadanos y ciudadanas.

Son transformaciones no menores que requieren coaliciones muy amplias pero decididas a realizarlas, como nos enseñaron los gobiernos de Frei Montalva y Allende. Al igual que entonces, son posibles de realizar si el sistema político logra canalizar constructivamente la indignación popular, que no va a amainar sino muy por el contrario, se va a agudizar mientras los problemas mencionados no se resuelvan. Esa amplia coalición puede surgir de la oposición al actual gobierno, puesto que éste no pretende ir más allá de los anteriores, en el mejor de los casos, sino más bien retroceder agravando los problemas.

Con todo, aunque la actual coalición de gobierno incluya a sectores fascistas no está controlada por éstos ni mucho menos. Para enfrentar la compleja situación internacional y eventuales crisis que se puedan desatar en el país, muchas veces será imperativo poner en el centro la unidad de todos los antifascistas.

Al mismo tiempo y sin dilación alguna, la oposición debe volcarse a trabajar con el pueblo, mostrar cuáles son los reales problemas y como se pueden resolver y encabezar cada una de sus luchas en esa dirección logrando avances día a día, de modo de no permitir que sea el fascismo quien canalice y desvíe sus temores hacia la agresión a los más débiles.

-El discurso de Kast movilizó más de 500 mil votos en las elecciones primarias, además de sumar sectores evangélicos y grupos de extrema derecha como “Capitalismo Revolucionario”. En esa línea ¿Cómo se cruza la libertad de expresión, la democracia representativa y la paradoja de la tolerancia?

Es muy grave cuando tendencias de corte fascista logran votaciones significativas como las que menciona, y sucede actualmente en los países europeos. Aunque es raro que alcancen el poder por las urnas, una vez allí alcanzan mayorías electorales muy amplias como en la Alemania Nazi o la Hungría y Polonia de hoy y puede suceder en los propios EE.UU.

Ello no invalida, sino todo lo contrario, refuerza la necesidad de enfrentarlos con decisión para impedir que lleguen al poder y si logran alcanzarlo, resistir el poder estatal mismo. Recordando siempre que la política es al mismo tiempo razón y fuerza como el lema del escudo nacional. Es lo que aprendieron los pueblos que, como el nuestro, enfrentaron y derrotaron al fascismo. Se equivocan medio a medio quienes piensan que el pueblo chileno es hoy es tan ingenuo como en 1973. La experiencia de la lucha contra la dictadura no fue en vano.

-La diputada Carmen Hertz, publicó declaraciones sobre lo sucedido: “En Alemania, si alguien negara el holocausto e hiciera apología a Hitler, estaría preso”. ¿Qué opina sobre eso? ¿Kast debería estar preso?

La diputada Hertz tiene toda la razón cuando llama la atención de ese modo acerca de la debilidad de la legislación antifascista chilena y la imperiosa necesidad de fortalecerla. La expresión del fascismo en nuestro país es el Pinochetismo y la legislación es todavía débil para reprimir a quienes defienden abiertamente la impunidad de criminales contra la humanidad y el supuesto legado de la dictadura que los cometió. Es algo que el parlamento actual debería abordar sin vacilaciones. Si el Estado ejerciera contra estas manifestaciones la represión que se requiere, ahorraría bastantes molestias a la sociedad civil.

El resurgimiento fascista en Chile se apoya en buena medida en la impunidad que garantizaron los acuerdos de la transición. Resulta indignante, por decir lo menos, que a consecuencia de ello hoy se victimicen y pretendan ser tratados con guante blanco quienes desataron el terrorismo criminal desde antes que asumiera el Presidente Allende luego transformarlo en terrorismo de Estado desde las primeras horas del golpe.

Para concluir, no quiero eludir sus preguntas referidas directamente al sujeto que hoy anda dedicado a recorrer el país para crear un movimiento de inconfundible tufillo Nazi. Considerando todo lo anterior ¿quien es responsable de la golpiza que recibió? ¿debe ilegalizarse un movimiento de esas características? Son preguntas que debe hacerse cada uno de sus lectores. Mi opinión al respecto es bien clara.