El problema de seguir con gobernantes que asumieron responsabilidades políticas durante la Transición y que fueron formados ideológicamente en los moldes del siglo XX, es que entienden el diálogo y los acuerdos como una negociación entre dos maneras caducas de ver el mundo. Los izquierdistas de hoy no necesariamente creen en el socialismo ni quienes votan por la derecha son necesariamente católicos y conservadores. De hecho, no es fácil decir cuáles son las grandes diferencias entre ellos. Quizás sea que para la sensibilidad derechista de nuestros días prima la lógica del mercado por sobre la política y para los izquierdistas al revés. Quizás simplemente unos sean más inconformistas que los otros a la hora de imaginar la armonía social, porque si se trata de ambicionar riqueza, los derechistas suelen ser insaciables. Quizás derecha e izquierda ya no sirvan para estructurar el debate ideológico.

Yo pensaba que Piñera asumiría esta confusión en curso. Que buscaría romper de algún modo, si no en término de coaliciones políticas sí en el ámbito cultural, el armado de los discursos y las propuestas con que hemos convivido las últimas décadas. Que intentaría convocar al mundo liberal y socialdemócrata que ha ido quedando huérfano, o al menos confundirlo, de manera que ya no lo cautivaran los gritos alarmistas de una izquierda refugiada más en las amenazas del enemigo que en sus propias propuestas. Pero no, todo indica que Piñera ha hecho el camino contrario: de ser a comienzos de los 90 un derechista atípico, con una pata en la Democracia Cristiana y la otra en el ala liberal de Renovación Nacional, el único miembro antipinochetista relevante de su sector, ha terminado por convertirse en un momio chileno más de la vieja guardia. En lugar de evolucionar hacia el cambio, hacia el mundo nuevo y contradictorio, parece haberse instalado cómodamente en esa derecha a la que de joven contradijo.

“Que la izquierda no se confunda –dijo esta semana su vocera- no son ellos quienes gobiernan hoy”. Y tiene toda la razón, lo supimos en cuanto se dio a conocer el gabinete. Quien gobierna es la derecha de siempre: la que está en contra del aborto en cualquiera de sus formas, porque considera al embrión un hijo de Dios y no cree que la mujer tenga completo derecho sobre su cuerpo; la que no tolera la idea de que la educación quede fuera del lucro, porque el emprendimiento privado y la ganancia económica son valores inmatizables; la que estima que el conflicto mapuche se soluciona con más fuerza y leyes más duras en lugar de con acuerdos políticos, porque no acepta el desorden ni le interesa mayormente el desarrollo de las diversidades.

Como dijo la ministra Pérez, ahora son ellos los que gobiernan, aunque es discutible que ésa sea la derecha por la que la gente votó mayoritariamente en las últimas elecciones. El 54% de los votantes prefirió a Piñera que a Guillier, pero sólo el 34% (eso sacó en primera vuelta) suscribió sus postulados cuando tuvo más donde escoger.

Piñera no ha conseguido dar vuelta la página. El Chile de hoy se parece poco al que lo vio crecer. Los jóvenes de su entorno debieran hablarle más fuerte. Si no los escucha, pronto los verá en la calle marchando contra él.