Reinaldo Pérez llegó a Chile el año 2015. “Antes de dormir, el cerebro te hace pensar en personas a las que extrañas mucho”, escribió hace un año en su Facebook.

Ese día, José Garrido (60), sacristán con varios años de experiencia en el cuerpo, no quería dejar nada al azar.
Abrió las puertas de su iglesia casi una hora antes de lo normal, saludó a los primeros deudos y se dirigió al fondo del templo para preparar la misa: encender las velas y colocar en su lugar el féretro y las flores.

Fundada en 1874, la Iglesia de los Sagrados Corazones de Valparaíso está ubicada sobre la avenida Independencia, en pleno centro porteño. A pesar de las muchas reconstrucciones que ha sufrido luego de los terremotos, aún conserva una imagen de Cristo tallada en madera. Imagen que, a diferencia de la mayoría de los templos católicos, no está ubicado sobre el sagrario o detrás del altar, sino a un costado del edificio.

Poco antes de que comenzara la misa, Garrido reparó en uno de los hombres a los que había recibido en la mañana. Vestido de jeans y con un polerón gris, estaba hincado frente al Cristo, y sus manos cerradas a la altura del abdomen.
—Amigo, amigo, ¿está bien? — le preguntó Garrido mientras se acercaba.

El cuerpo del hombre comenzó a inclinarse hacia un costado, como si estuviese perdiendo el equilibrio. Antes de caer, abrió sus manos para afirmarse de la madera.
Estaban llenas de sangre.

—Quiero hablar con el cura—, le dijo al sacristán, con la mirada perdida, —tengo problemas—.
Instintivamente, Garrido tomó al hombre por los codos y, mientras lo levantaba, tratando de removerlo de su sopor, –que en un comienzo confundió con borrachera-, sólo se preguntaba una cosa: ¿de dónde venía la sangre?

El Salvador

Reinaldo Pérez López llegó a Chile hace poco más de dos años. Nacido en Moa, un pueblo del extremo oriental de Cuba, se instaló en Valparaíso buscando una de las pequeñas colonias de cubanos que, hasta ese entonces, había en el país.

Allí, fue recibido por Gilbert Sablón, un cubano llegado en los años 2000, gracias a lo que él describe como “el método tradicional”.
— En esa época, había que pagar dos mil dólares para casarse con una dominicana que uno no había visto en la vida. Adelantabas la mitad, te llegaban los papeles y ¡pum! Salías—, resume.

Pero una redada policial, pocos días previos a la llegada del certificado de matrimonio, lo obligó a cambiar de planes. Un compatriota que residía en Valparaíso volvió de vacaciones a la isla con dos mujeres chilenas, una de las cuales le extendió una carta de invitación. “Salí un 20 de mayo, el día de la independencia de Cuba”, afirma.
Aunque Chile no estaba en sus planes -ni en los de nadie en la isla, bromea-, rápidamente se conformó: le ofrecieron un contrato de trabajo y pronto pudo optar a la residencia definitiva de la que hoy goza. Con ese estatus, Gilbert ha recibido en más de 40 ocasiones a compatriotas recién llegados, quienes se preguntan cómo hacer para quedarse en el país.

Sentado en La Piedra Feliz, tradicional bar porteño donde enseña salsa a oficinistas en el happy hour, Gibert recuerda la primera vez que vio a Reinaldo.
— Ambos vivimos, por un breve período, en el mismo barrio de La Habana, en Lawton. Él estaba contento, recién llegado. Hablamos sin trago, nos abrazamos, con esa actitud de los cubanos que llegan, del vamo’ pa’delante, mi helmano—.

Pero las cosas se fueron complicando.

La falta de un trabajo estable, y el consecuente problema de los papeles, sumieron a Reinaldo en un estado depresivo. “Cuando te ves sin papales, y escondiéndote, te vuelves loco. No hay nada peor que estar cubano e indocumentado, porque tú sabes lo que te cuesta salir de ahí”, relata Gilbert.

El 31 de diciembre de 2015, tras sus primeros meses en Chile, Reinaldo publicó en su cuenta de Facebook: “Feliz año nuevo para mi familia y amigos en cuba k aunque no estén en fotos los yevo en el corazón… k dios los bendiga a todos”. En marzo de 2016, escribió: “Antes de dormir, el cerebro te hace pensar en cosas que te gustaría que pasaran, o en personas a las que extrañas mucho”.

El último día de febrero de 2018, Reinaldo salió de su casa con un pequeño cuchillo de cocina.

Fenómeno explosivo

Alexis –quien pidió ocultar su nombre- bebe un sorbo de su combinado y pide el micrófono. A diferencia del resto de sus compatriotas en la mesa, no arruga la cara ante el pisco.
— Los meses que pasé en Perú no fueron en vano, mi helmano—, reconoce Alexis desde la última mesa del Bar Poesía, un subterráneo lleno de humo cercano a la Plaza del Pueblo Salvador Allende.

Makarena Salvatierra, Jefa Regional del Servicio Jesuita de Migrantes de Arica, explica que “en los últimos meses ha comenzado a surgir un nuevo flujo de ciudadanos cubanos que intentan cruzar, a veces de forma irregular, por algunas de las fronteras del norte chileno”.

En efecto, la migración cubana hacia Chile es un fenómeno tan nuevo y como explosivo. Sólo el año pasado, la Policía de Investigaciones de Chile (PDI) recibió 2.619 solicitudes de refugio. En 2016, esta cifra había sido de 18.

El SJM, por su parte, sólo en enero de este año dobló el número de cubanos irregulares que pidieron asesoría legal, respecto a todo el 2017.

La fecha, apuntan desde el servicio, coincide con el fin del decreto “pies secos/pies mojados”, firmado por la administración de Barack Obama en enero del año pasado. Los cubanos que deseaban dejar la isla cambiaron su objetivo. En vez de apuntar a Florida, comenzaron a mirar el sur.

“De los cubanos que han logrado ingresar al país este año”, atestigua Gilbert Sablón, “muchos deben vivir un pequeño calvario, parecido al que experimentó Reinaldo pocos meses antes que ellos”.

Desde que llegó a Chile, por ejemplo, Alexis vive en la casa de acogida al inmigrante Corazón de María, ubicada a pocos pasos del Hospital Van Buren. La residencia depende de la iglesia dirigida por Pedro Nahuelcura, un sacerdote mapuche quien el año 2000 fundó la institución que actualmente cuenta con dos dependencias, donde duermen al menos 80 personas.

Desde ese lugar, Alexis busca retomar una carrera como cantante que lo tuvo actuando en hoteles de toda la isla. En Valparaíso, se presenta junto a Dolores (22), una joven bailarina que aprovechó una gira hacia el Perú para fugarse. Junto a su pareja, Dolores cruzó desde Bolivia hacia Iquique.

“Yo mi Cuba no la cambio por nada”, afirma Dolores. “Si es por mí yo ahora mismo me cambio pa’llá. Lo único que tiene de malo es la economía, pero si mi Cuba fuera capitalista” dice, mientras chasquea los dedos y silba un sonido de despegue de avión.

Llegar al consulado de Cuba en Santiago, relata Alexis, no es una opción. “Allá te tratan de una forma muy déspota. Son unos perros, hermano. Ellos piensan que todos los que se fueron de Cuba son unos apátridas. Y no, yo decidí migrar, pero sigo queriendo a mi país. Algunos piensan que yo me fui arrastrando tras el imperio yanqui, pero yo no soy gusano”.

La tarde del 28 de febrero, el padre Nahuelcura llegó hasta Alexis con una misión.
— Hay un cubano en la morgue, pero nadie lo ha reclamado. Necesito que contactes a su familia—, le dijo.
Lo único que se le ocurrió entonces fue colgar una imagen en Facebook, esperando que esta llegara a la isla. “Fue duro, sorprendente. Uno viene aquí para luchar, no para suicidarse”, dice, mientras termina lo que queda del vaso.

La ruta

Aunque el trayecto de la nueva diáspora isleña hacia el sur del continente puede variar, la ruta de Alexis –y la de los cubanos residentes en Chile, según el informe del SJM- es más o menos así: primero se llega en avión hasta Guyana Francesa, el único país donde los cubanos pueden viajar sin un visado especial. Luego, otro avión hasta la frontera con Brasil, donde los espera una pequeña flota de taxis informales. “Cuando les pagas, si tienes suerte, te llevan al otro lado”, bromea Alexis.

“Los cubanos que hacen el camino por tierra deben encomendarse para no toparse con los coimeros armados de machetes en la selva”, explica José Yans Pérez, un cubano residente en Iquique que hizo la ruta en 2017. Sin ir más lejos, un año antes dos jóvenes cubanos fueron asesinados por “coyotes” mientras atravesaban la selva de Darién, Colombia. “Vendimos la casa de mi madre para encontrar la muerte de mi mujer”, denunció el único sobreviviente del grupo.

Ya en Brasil, la ruta se divide. Algunos, como Pérez y su esposa, quienes aún guardaban un poco del dinero que juntaron vendiendo sus posesiones en La Habana, tomaron otro avión desde Manaos, la capital de la amazonía brasileña, hasta Porto Velho, un ciudad próxima a la frontera con Bolivia. Allí, una embarcación los cruzó por el río Mamoré hasta Bolivia. Desde ahí, un bus a La Paz y otro hasta Oruro y Pisiga, la frontera con Chile. Nueve días de viaje ininterrumpido y 2.500 dólares por cada uno.

El otro camino, seguido por Alexis, continúa desde Brasil hacia Puerto Maldonado, en la amazonía peruana. Makarena Salvatierra, del SJM de Arica, dice que es ahí donde muchos de los cubanos desisten. “Río Branco y Puerto Maldonado, son de las zonas con más tráfico de personas en la región. Es una frontera sin ley. Y ahí, el tráfico de drogas, órganos, las coimas de los policías se ven de una manera que ha dejado impactado a muchos cubanos. Para muchos, ése punto ha sido el talón de Aquiles”, asegura.

El problema, apuntan desde el SJM, es que como tanto a cubanos y dominicanos se les exige una visa consular, muchos de ellos optan por cruzar por pasos no habilitados: ya sea el altiplano de Iquique, o el desierto por Arica.

“Creo que si el Estado insiste en la exigencia de visado consular, y la extiende, aumentaría el ingreso irregular. Con ello las redes transnacionales de tráfico de personas verían aumentados sus ingresos”, dice Salvatierra.
— El cubano no tiene la tarjeta andina, o ningún tipo de identificación que te permita circular por Sudamérica. ¿Me entiende? El cubano no tiene esa posibilidad—, agrega Alexis.
— La isla es una reja, de la que no se puede pasar—, finaliza Dolores.

“País de porquería”

La mañana de la muerte de Reinaldo, Garrido asegura que no tuvo tiempo de pensar, cuando el hombre levantó su ropa, dejando su abdomen al descubierto. Un pequeño cuchillo, “de esos que hay en todas las casas”, recuerda, yacía hundido en la piel morena del cubano, a la altura de la boca del estómago.
— Ahí pude ver cómo le corría su hilito de sangre—.

Garrido intentó nuevamente ofrecerle ayuda, pero el hombre no lo escuchó. “Tengo muchos problemas”, le dijo escuetamente, “no tengo nada”. Se sacó el cuchillo, y con sus dos manos hundió nuevamente el filo en su vientre, llevándolo, lentamente, hacia abajo. Estaba, literalmente, abriendo sus entrañas frente a la imagen de Cristo.

“Yo quedé paralizado en ese momento. Describir ese pensamiento, es complicado”, dice Garrido hoy. Reinaldo cayó al suelo de costado, a medio metro de una de las paredes de la iglesia.

Cuando Alexis finalmente pudo ponerse en contacto con la familia de Reinaldo, fue su tarea darles la noticia. “Todos lloraron. Habían hablado hacía poco con él. Fue muy duro, helmano”.

Tras una semana en el Servicio Médico Legal de Valparaíso, el cuerpo de Reinaldo pudo ser retirado por Luis, un sobrino de Reinaldo residente en Quilpué. El funeral, transmitido vía Facebook Live a Cuba, fue dirigido por el padre Nahuelcura. “Todo el mundo quiere velar a sus muertos. Ustedes tienen el caso de los desparecidos. Aunque ya no estén con vida, yo quiero ver a mis muertos”, se explica Alexis.

Hoy, las cenizas de Reinaldo descansan en una pequeña ánfora que el sacerdote guarda en una habitación junto a su oficina. Uno de los cubanos del albergue, dice, lo llevará en las próximas semanas hasta la isla.
En los Sagrados Corazones, frente al Cristo de madera, Garrido aún no ha conseguido quitar algunas de las manchas de sangre.

Aunque lo intentó, el sacristán no pudo participar en el velorio. “Antes de esto dormía mal. Pero ahora es peor. Hay días en que se me viene la imagen de él, de Reinaldo. Y otros en que me da por pensar en su señora, en sus hijos. Ella debe creer que somos un país de porquería, que tomamos a su marido y lo transformamos”, dice con resignación.