Zidane, el ecuánime, se lleva las manos a la cabeza, como todos, y debemos creer en su gesto más que en nosotros mismos. La gente que más sabe lo que cuesta anotar un gol de ese tipo –el despliegue físico necesario, el instinto de cazador, la inteligencia del músculo– es la que más se asombra. Cristiano Ronaldo marca en una jugada imposible.

Corre el minuto sesenta cuatro, Carvajal desborda por la derecha y centra como puede. Cristiano retrocede de espaldas al arco que custodia Buffon, da tres zancadas vertiginosas en el área, despega del suelo como si por un instante hubiese pisado alfileres, el cuerpo, de inmediato, casi paralelo al césped, y golpea con la derecha, en
una secuencia tan compacta y directa que no parece haber pasado por la carretera de pensamiento.

La afición de la Juventus se pone de pie y aplaude. Ya no son los cuartos de final de la Champions League. Este es un momento que escapa a la coyuntura de la instancia y cuya belleza rompe la lógica práctica del resultado, desborda las filias, anula la rivalidades.

Una chilena es siempre la corrección de un error anterior. Alguien centra mal, por impericia o porque hizo lo que pudo, y alguien tiene entonces que corregir desde lo imposible, ensayar cierto tipo de acrobacia antinatural. La perfección viene de un fallo.

Uno lo mira en el momento de la suspensión, la danza fulminante del cuerpo en el aire, y Cristiano parece un revólver a punto de jalar el gatillo.

Es esta una bala que él quiso muchas veces clavar en el corazón de la afición futbolística mundial, es decir, en el corazón de una época, solo para encontrarse luego con que no tenía municiones en el cargador. Alguien que aceptaba el duelo de la pirotecnia, y que luego caía de bruces, ridículo y molesto, un gatillazo al aire, viendo cómo el balón y su idea de lo sublime corrían al corner o al saque de puerta, mientras él tenía que conformarse con seguir mascando el tabaco amargo de su ambición irresuelta.

Cristiano se ha pasado la vida entrenando en partidos oficiales para un momento como el de hoy. Prefirió, como Becket, fracasar, fracasar de nuevo, fracasar mejor. Sus críticos más encarnizados recurren a la estadística, pero esta es una jugada que se estuvo dirimiendo desde siempre en el plano de la estética. Lo que demuestra el gol del portugués es la virtud de la perseverancia, el triunfo de la voluntad sobre el azar.

Es probable que su desbordante egoísmo lo haya llevado muchas veces a pedir, mientras merodea como un depredador hambriento por el área del contrario, que algunos de sus compañeros pase la pelota mal, que la pasen horrible, que haya un desvío no intencionado, algo que lo lleve al límite de sus posibilidades físicas, y que la herramienta multiusos de su cuerpo se abra entonces como una de esos llaveros que a primera vista parecen un adorno pero que guardan dentro muchos abre corchos, tijeras y cuchillas afiladas.

Un egoísmo de este tipo es la mayor muestra de solidaridad y compañerismo posible, como vienen a demostrar las tres Champions del Madrid en los últimos cuatro años. Cristiano cumple su capricho, y su capricho prácticamente pone a su equipo en semis.

La chilena contra la Juventus aglutina en sí todos los intentos anteriores. No importa ya cuántas veces falló, y durante cuántos años, el gol esquivo de su obsesión. Una bala que mata una vez es una bala que mata para siempre.