Perdón por mis errores y por ser ignorante/Elegí la calle y no luchar por ser cantante/Pero quiero que sepas /Que no soy el de antes/Que por ti dejé la droga y el combito de maleante.

Franc (25) lo pidió como deseo de Año Nuevo. Estaba decidido a dejar de cantar con tal de consolidar la carrera de Kevin Martes 13, el joven de 17 años que había fichado por su productora algunos meses atrás.

Dj Kili (24), amigo y compañero suyo en Desafío Music, también había proyectado el 2018 como el año en que explotaría la promisoria veta musical de KM13. La tarea no era fácil. Si bien contaba con una capacidad natural para escribir y cantar–“tenía un talento único”, sostienen ambos productores-, faltaba mucho para convertirlo en un artista y transformarlo en el mejor exponente de trap y reguetón nacido en Chile.

Por lo pronto el proyecto iba bien encaminado. “Jarabe” y “Perigoso”, las dos últimas canciones de Kevin, superaban las 2 y 1,4 millones de visualizaciones en YouTube respectivamente; su perfil de Facebook e Instagram aumentaban sus seguidores a diario, y su nombre y rimas ya llegaban a orejas de cantantes internacionales, como los reguetoneros boricuas Franco El Gorila y Juank El Problematik.

Fue entonces cuando decidieron ponerse a trabajar en “3D”, el próximo tema que interpretaría junto a otros dos colaboradores de la productora. La grabación del videoclip quedó pactada para el 12 de enero de 2018, pero un confuso accidente de tránsito modificó los planes. Ese día, en vez de encontrarse en un estudio, Franc y Dj Kili acudieron al cementerio Parque El Prado de La Florida junto a cientos de personas, para despedir por última vez a su promesa, quien también fue nominado a la categoría “Canción del año” en los premios Pulsar.

Yo voy a ser millonario y a mi family la sacaré del gueto /En la calle yo me gané el respeto/Si pasé por el tráfico a robar y hasta cantar en los metros/Pero en la vida eso no te lleva a nada/Aún me acuerdo que al principio mi música no gustaba/Pero los que la apoyaban si me ven fotos me piden/Y el que dice que soy fome/A YouTube se me suscribe

Kevin Alexander Puelpán Cano nació el 28 de septiembre del 2000. Por entonces su madre Cristina Cano (55) temía que el parto del último de sus cuatro hijos conllevara las dificultades propias “de dar a luz a mi edad”, pero recuerda con alivio que “mi guagua salió sanito, pesando más de dos kilos y de buen tamaño”.

Toda la infancia y adolescencia de Kevin transcurrió en casa de su familia, en la población San Gregorio. Allí se perfiló como un niño tranquilo y sociable. Regalón de su madre, hermanos y primos.

Su facilidad para hacer amigos le valió un reconocimiento que sus cercanos valoran con especial ahínco: en octavo básico, su último año en el liceo Bélgica (La Granja), ganó el premio al mejor compañero del curso.

Fue una premiación emotiva, ya que el año siguiente se marcharía al Centro Educacional Andrew (La Florida) para cursar la enseñanza media. En el recuerdo de los profesores quedó un niño carismático, participativo y colaborador. Sobre todo si había que cantar.

Este elemento reveló el carácter más importante de su personalidad. Algo superior a una simple afinidad. Su obsesión. Kevin soñaba su futuro sobre escenarios, pistas y rimas.

Por eso no sorprendió que su aventura en el colegio nuevo durara menos de un año. Antes de finalizar primero medio, le comunicó a Cristina que los estudios no eran lo suyo y que probaría suerte en la música urbana. “No voy ir más al colegio”, le dijo a su madre, a quien le surgieron ciertas aprehensiones al escuchar la noticia. “Voy a cantar en la calle”, sentenció.

Las dudas de su círculo cercano fueron aplacadas por la dedicación que mostró Kevin. Hasta entonces, sus habilidades en el canto las había expuesto en actos escolares o en reuniones familiares, cuando imitaba a Romeo Santos. “Todo en un tono de diversión”, recuerda su madre.

Pero al dejar el colegio se volcó completamente a cantar. Belén Cano (27) asocia la imagen de su primo, “a quien siempre vi como un hermano”, con tardes eternas encerrado en su pieza, mientras jugaba Playstation (GTA V, su juego favorito) e improvisaba letras sin parar.

En vez de hablar, dice ella, adquirió la costumbre de cantar. Incluso para conversaciones banales y respuestas simples.

“Yo podía estar cocinando y se acercaba a preguntar cosas, pero cantando. En un momento podía ser medio exasperante, pero lo entendíamos porque veíamos que se esforzaba. Según él lo hacía para trabajar la creatividad, para poder rimar con cosas cotidianas. Se amanecía haciendo canciones, le bajaba la inspiración de noche”, apunta su madre.

A poco andar cambió la bachata por “tiraderas”, rimas espontáneas con las que desafiaba a otros colegas a modo de riña. Empezó a salir más de casa, a pasar tiempo con amigos que conocía en eventos o mientras cantaba en micros y vagones de metro.

Sus primeros videos en YouTube -grabados con su celular en su pieza-, muchos de los cuales vieron luz después de su fallecimiento, llamaron la atención de fanáticos y productores del género. Se corrió la voz. Nacía un talento nuevo.

El diablo no me deja/Me tira pa abajo/Me acompleja/Y quiere que te mienta escuchando quejas/Lo único que te pido es que me protejas/Al igual que a mi hermano/Qué mala mía/Lo tengo tras las rejas.

La relación entre KM13 y Desafío Music nació en marzo de 2017. A mediados de ese mes, DJ Kili y Franc recibieron a Mala Lexe –uno de los cantantes que trabaja con la productora- en una parcela de La Pintana para grabar un video musical.

El invitado llegó en compañía de Kevin Martes 13, a quien había conocido tiempo atrás rapeando en el metro.
Hasta ese momento, Franc y DJ Kili solo habían visto por YouTube al joven de La Granja, y notaban en él un “futuro extraordinario en la música”.

“Yo sé lo que es bueno. Así como cuando conocí a Franc supe que se trataba de un talento con el que tenía que trabajar, y formamos Desafío Music, con el Kevin me pasó algo parecido” dice Kili.

“El proyecto que le ofrecimos le sedujo y convenció, porque obviamente ya había recibido muchas ofertas de otras personas pero vio dedicación verdadera en nosotros”, complementa Franc.

Ese mismo día Kevin firmó por la empresa de los productores. La planificación era ambiciosa y su ejecución partió de inmediato.

“La idea era trabajar su imagen de artista desde las redes sociales, algo clave para desarrollar una buena carrera musical. Sobre todo por Instagram, donde tenía la cagá. Su perfil era el de un cabro que subía foto no más, y eso no era compatible con lo que debíamos proyectar”, asegura Kili.

Tenerlo bajo su tutela, reconocen, fue “una bendición”. No sólo por el talento que mostraba frente al micrófono y que les permitió crecer como marca –“la melodía y timbre de su voz, el flow con que cantaba, la imaginación para el freestyle. En todo eso era realmente bueno”, dicen-, sino porque congeniaron rápidamente y lograron establecer un nexo más allá de lo comercial.

Así, mientras Franc se avocó a desarrollar los mejores beats para complementar las letras de KM13, Kili se preocupó de acompañarlo tanto como pudiese, pues no querían que su futuro musical se enredara con otras actividades.

El éxito musical que alcanzaron les permitió conocer a un joven que definen como leal y trabajador, con ganas de surgir para solventar económicamente su familia y mudarla de San Gregorio.

Pero también descifraron facetas hasta entonces desconocidas, que hacían más entendible algunas de sus letras y su nombre artístico.

La más dolorosa, a ojos de su familia, surgió cuando su madre y uno de sus hermanos fueron privados de libertad en 2015, por mantener plantaciones de marihuana en su casa.

Este hecho fue un golpe fuerte para Kevin, de entonces 15 años. Ver a su madre en la cárcel fue un punto de inflexión, dice su prima Belén, quien lo recuerda depresivo, cercado emocionalmente.
-Podía pasar días sin hablar con alguien-, asegura Belén, quien pasó a cuidar de él. -Se encerró y solo escribía-, concluye.

Kevin expresó su sentir de la forma más natural que conocía: a través de canciones. Paralelamente adoptó el seudónimo que lo acompañó hasta el final. “Martes 13 porque tengo mala suerte”, explicaba cuando le preguntaban sus cercanos.

Yo agradezco todo eso y mucho más/Pa mí es una nueva etapa/Si yo ya tengo a mi madre en libertad/Yo no quiero regalos pa navidad, Dios mío/Lo que te pido es triunfar/Y yo sé bien que soy capaz.

Esa noche y los días que la precedieron permanecen en una nebulosa. Las horas que pasaron y las personas que lo acompañaron son como un puzle, cuya última pieza encajó el pasado 27 de marzo.

Aquel día, un doble allanamiento en la comuna de Macul desbarató lo que quedaba de la banda los Lobos, otrora controladora de la población Santa Julia. En el procedimiento policial cayó Ariel Bastián Orellana y un menor de edad, de iniciales S.E.G.R.

Su nexo con la historia tiene tintes fatales: son los mismos que acompañaban a Kevin la madrugada del 11 de enero del 2018, cuando el Mercedez Benz C250 que manejaba el menor de los tres eludió un control policial cerca de Santa Rosa con Franklin, y se estrelló con un bus del recorrido 201 tres cuadras más abajo, esquina Nataniel Cox.

El automóvil se incendió tras colisionar y golpear una cortina metálica en la vereda. Kevin, producto de las contusiones provocadas al salir eyectado del asiento copiloto, falleció casi de inmediato.

Ninguno de los entrevistados sabe con certeza cómo el joven cantante conoció a ambos, ni qué hacía esa noche con ellos. La única pista es el videoclip de “Perigoso”, que Kevin grabó en la lujosa animita de la expolola de Bastián, Reychel, perteneciente al clan Los Lobos y fallecida en otro accidente automovilístico con “el chico Basti” al volante, en febrero de 2017.

Su madre recuerda que cinco días antes de su fallecimiento, tras una semana acompañándola en la feria de juguetes, su hijo le avisó que quería descansar.

“Me dijo que volvería el domingo, que saldría unos días con un amigo”, rememora Cristina. Incluso le pidió que prepara lasaña para su vuelta, su comida favorita.

Sin embargo, transcurrieron los días y no hubo noticias de su hijo. Belén se alertó y comenzó a llamarlo, ya que los mensajes que le enviaba eran vistos por Kevin, pero no respondidos.

No supieron de el hasta que una vecina golpeó su puerta.

“Vino porque una expareja de ella, que vivía cerca del niño que andaba manejando, le avisó que hubo un accidente automovilístico en Franklin. Llegó preguntando si estaba el Kevin en la casa. ‘Yo sé que no es mi hijo’, fue lo primero que pensé. Después fueron mis hijos mayores para allá y efectivamente era él. Fue impactante. Me dijeron que iba sin cinturón, pero si hubiese ido con, se habría muerto calcinado”, rememora su madre.

El choque contra el Transantiago enterró la carrera de Kevin en su mejor momento profesional, cuando sus temas eran cada vez más populares; cuando había conocido e improvisado junto a Juank El Problematik; cuando Franco El Gorila se comprometió a colaborar con él; cuando tenía pactado con Desafío Music la grabación de su próximo hit, “3D”, finalmente lanzado sin videoclip.

“Para el velorio llegaron cerca de 400 personas a esta casa. La calle estaba llena de personas. Pusieron un proyector con videos de él y cantaron todas sus canciones. Llegaban cabritos de todos lados, San Bernardo, La Pintana, hasta Valparaíso y Concepción”, dice Cristina, quien admite que no dimensionó la popularidad de su hijo hasta ese día, algo que reconfortó mínimamente su pesar.

El rostro del cantante fue inmortalizado en chapitas, gorros, poleras y pósteres, como el instalado en el portón del que fuera su único hogar.

“Dejó la vara muy alta, sobre todo por lo que alcanzó con sólo 17 años”, dice Franc, de Desafío Music. En los planes del sello está lanzar “Inmortal”, un disco póstumo en honor a Kevin con grabaciones inéditas y colaboraciones internacionales.

Belén sintetiza el recuerdo de su primo con una frase que él mismo escribió para “Su corte”, tema publicado en mayo de 2017.

“Siempre real/Hasta que la micro choque”.