En la pieza 631 del hospital de la Dirección Previsional de Carabineros de Chile se encuentra Edmundo Castillo, a sus 72 años, recostado en una camilla. Tiene la mirada perdida en el paisaje que ve a través de la ventana de su habitación. La noche anterior ingresó a Urgencias debido a una baja de presión que sufrió después de contar nuevamente la historia de cómo el Estado le arrebató sus derechos previsionales, a pesar de haber quedado tetrapléjico en la década de los 70.

Castillo es oriundo de Antofagasta. Nació en 1945 en una familia pobre y estudió Carpintería y Mueblería en la Escuela Industrial de Ovalle, ciudad a la que se mudó de niño. Antes de cumplir diez años ya había tenido su primer trabajo como mueblista y con ese dinero compraba a sus cinco hermanos lo que sus padres, un carabinero jubilado y una dueña de casa enferma de asma, no les podían dar. Castillo trabajó en numerosos oficios, pero nunca abandonó el sueño de ser carabinero.

Del teatro a la Escuela de Carabineros

Con 16 años se embarcó en una gira por el norte del país con una compañía de teatro y marionetas. Era el que promovía los shows en los colegios y radios de la zona, y a sus 17 años ya trabajaba en la Radio de Iquique. Cumplida la mayoría de edad, hizo el Servicio Militar. Cuenta con orgullo que como recluta nunca tuvo una sanción y obtuvo un 6,75 como nota final.

Inmediatamente después de completar el Servicio Militar, en 1964, ingresó a un curso de reclutas de Carabineros, que completó al cabo de un año y donde nuevamente destacó por sus notas.

—Yo quería ser de esos carabineros que atendían a los caballos. Me gustaba la idea de andar montado y también ayudar a la gente—, relata.

Terminado los estudios, Castillo fue asignado al hospital de Ovalle, lugar en el que se desempeñó atendiendo partos, colocando inyecciones y suturando a heridos. En ese tiempo era más difícil ascender y hacer carrera si se era soltero, por lo que decidió viajar a Santiago con la idea de postular a la Escuela de Suboficiales de Carabineros y aspirar así un rango mayor, sin saber que antes conocería al amor de su vida.

Poco antes de partir a la capital, una tarde de 1969 se encontraba en la Plaza de Armas de Ovalle escuchando la música que provenía del teatro, cuando vio pasar a una muchacha, junto a un joven. Esperó a que ella se quedara sola y la siguió hasta la boletería. Allí compró una entrada y se sentó a su lado para ver una película de Rafael y Julio Iglesias. Buscó una excusa para iniciar la conversación y ella le contó que se llamaba Cristina García y le permitió que la acompañara a su casa.

Castillo comenzó a salir con ella y, enamorado, quiso aplazar su ingreso a la Escuela de Suboficiales, pero debido a sus buenas notas la institución rechazó su petición, así que tuvo que apurarse para formalizar su relación. Apenas con dos meses de pololeo, pidió la mano de Cristina a su padre, quien aceptó con la condición de que él buscara un buen trabajo en Santiago para mantenerla. Sin embargo, los planes se alteraron y ella llegó antes de lo planeado a la capital. Castillo tuvo que arrendar una pieza y así nació su primer hijo. A pesar de las dificultades, los sueños de Castillo parecían haberse cumplido: era carabinero, tenía un hijo y había escapado de la pobreza.

El accidente

El 8 de diciembre de 1971, a menos de una semana de la ceremonia de egreso de la Escuela de Suboficiales, Castillo se preparaba para su presentación de gimnasia acrobática, que se realizaba con caballos. Tenía talento para ese deporte y había sido elegido para guiar al resto de sus compañeros durante los entrenamientos.

La noche anterior su mujer tuvo un mal presentimiento, un sueño que por temor no le comentó a nadie.
—Esa noche soñé que Edmundo caía y caía a un pozo negro bien profundo y yo no podía agarrarlo—, relata.

La rutina de Castillo consistía en correr hacia un caballete, apoyarse sobre él y saltar en el aire por encima de un caballo, acto que había realizado varias veces con anterioridad. Pero después de finalizar el primer ensayo, quiso repetirlo, para estar seguro.
—Algunos dicen que corrí, rechacé y caí mal. Salí disparado y caí de cabeza afuera de la colchoneta. Los que me vieron dicen que tenía la cara deforme, hinchada. Yo gritaba de dolor. Me quebré la columna cervical, pero jamás imaginé quedar tetrapléjico—, cuenta.

Cristina se encontraba ese día con Marcel, su hijo de cuatro meses, en la pieza donde vivían, cuando vio llegar a dos carabineros a su domicilio. Se imaginó lo peor y su primera reacción fue gritar y llorar. Ellos le contaron lo sucedido y la llevaron al hospital de Carabineros, donde estaba su marido. El diagnóstico era luxación de la quinta y sexta vértebra y colisión de médula. Tenía tetraplejia de tercera clase.

Atornillaron en la cabeza del carabinero una argolla de metal, la que tenía unas pesas colgando detrás (suyo) y que le estiraba la columna para aflojar la médula comprimida. Estuvo hospitalizado un año, (tiempo en el que estuvo) sin sueldo y Cristina tuvo que arreglárselas para cuidar de él y de la guagua, pues la única ayuda que recibían por parte de la institución eran verduras y un pan diario.

Meses después del accidente, según lo indicaba el Artículo número 95 del Estatuto del Personal de Carabineros de Chile, vigente en ese momento, se le concedió el grado que le faltaba para completar su formación y se determinó que le correspondía jubilación por invalidez con el grado de suboficial, la que se contemplaba con quinquenios y bonos. Además, se le asignó una casa fiscal en la Villa Santa Carolina de Macul. La norma que sustentaba la medida, detallaba que:
“… En este caso, el personal gozará como pensión del total del sueldo, asignaciones y bonificaciones de que gozan sus similares de igual grado y años de servicio en actividad y tendrá derecho a reajustar su pensión con un grado superior al cumplir cinco años en el retiro y con el superior a éste, al enterar diez años en tal calidad”.
Gracias a esas garantías, Castillo sólo tenía que concentrarse en procurar la mejor calidad de vida en las condiciones en que quedó tras el accidente.

“Castillo usa pañales, a veces lleva puesta una sonda y Cristina tiene que vestirlo diariamente. Él le ha ofrecido el divorcio un par de veces para liberarla de esa carga, pero ella no ha aceptado.”

Doble golpe
Pero el Golpe de Estado de 1973 fue doble para el suboficial: sus expedientes y los papeles que acreditaban su derecho a la casa fiscal, se quemaron durante el bombardeo a La Moneda y a causa de este extravío, las nuevas autoridades no quisieron reconocer lo que se le había asignado. Bajo cuerdas, pensaban que esos beneficios se los había ganado Castillo por allendista. Así, todo lo que el gobierno anterior le había dado, le fue arrebatado.
Castillo, no obstante, se consideraba un carabinero como cualquier otro, alejado de cualquier activismo.
—El carabinero no puede tener color político y si lo llegara a tener, tendría que ser muy adentro de su ser—, aclara.

A fines de 1973, Castillo pidió ser trasladado en ambulancia a la Dirección General de Carabineros. Allí lo recibió, en ese entonces, el Director de la institución, Eduardo Gordon Cañas, quien le mencionó a la esposa de Castillo que “la economía del país no estaba como para indemnizar de esa forma”, lo que significaba que su casa la habían perdido. La institución le dio otras opciones de inmuebles en venta y eligieron un departamento en Macul, donde residen actualmente. Cuando lo recibieron no contaba con puertas, ventanas, ni lavamanos. Además, le quitaron la jubilación como suboficial. Sólo quedó recibiendo una pensión por invalidez, menor a la que le correspondía por ley.

Castillo no se dio cuenta hasta doce años después de esta situación. En aquel tiempo, caminaba con la ayuda de unos bastones y uno de esos días en que llegó a cobrar su pensión supo que el monto que recibía no era el que le correspondía.

Él debía recibir una pensión de retiro, un beneficio que se le concedía a quienes imponían en la Caja de Previsión de la Defensa Nacional y que padecieran invalidez producto de un accidente en actos de servicio. Durante la dictadura, este artículo de ley fue modificado y lo usaron para rebajarle la jubilación, afirma Castillo, de modo arbitrario, pues la nueva norma no tenía efecto retroactivo.

—Los militares, a pesar de reconocer mi grado 10, me pagaban menos jubilación, no me daban los bonos y no tuve derecho a rehabilitación. El decreto de ley 260 dispuso que a contar de 1974 iban a dar un reajuste del 80% cada tres años (en la pensión), pero después la Contraloría firmó un dictamen que decía que a mí me correspondía sólo el 60% por haber salido a retiro antes. Me faltó un mes (para cumplir con el requisito), pero todas las disposiciones cuando hablan de esta situación, dicen que a quien le falte seis meses o menos, se le da por cumplido el beneficio—, explica. Castillo ha apelado por años a diversas autoridades enviándoles cartas, pero por su falta de recursos no ha podido contratar un abogado que lo respalde.

Imposibilitado de caminar, Castillo dedicó su tiempo a estudiar las leyes. En el living de su departamento hay un mueble grande en el que guarda una serie de carpetas de todos los colores con impresiones de los artículos de normativas que rigen a Carabineros, subrayados con destacador amarillo; además de las resoluciones que ha recibido las veces que ha acudido a los tribunales, los fallos en casos similares al suyo, entre otras cosas. Él sabe exactamente qué tipo de papel hay en cada carpeta.

Castillo ha recurrido, además, a la Superintendencia de Seguridad Social, a la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara y aun al Presidente Piñera, sin obtener respuesta. La única entidad que atendió su caso fue la Contraloría, cuya última contestación data de 2014 y afirma que sus reclamaciones están prescritas. Por su parte, varios generales con los que se ha reunido, le han dicho que reconocen sus derechos, pero que no pueden hacer nada pues la modificación que se hizo en dictadura es inamovible.

Larga agonía

Para llevar a Castillo a Urgencias por alguna trombosis u otro problema, la mayoría de las veces Cristina tuvo que dejar a su hijo pequeño con alguna vecina o —en casos extremos— solo. Su padre nunca pudo jugar con él en alguna plaza, ni pudo llevarlo al estadio, pero sí lo ayudó a estudiar y junto a su madre, quien vendía chucherías a sus conocidos, logró que Marcel hoy a sus 40 años sea un ingeniero.
—Yo me crié solo, pero siempre con valores. Nunca me faltó nada, pero tampoco supe lo que era salir de vacaciones con mi papá o salir a tomar una bebida con él. Mis vacaciones las hacía solo—, recuerda Marcel Castillo, emocionado.

Hace más de 20 años Castillo se convirtió en dirigente vecinal de la Villa Jaime Eyzaguirre en Macul, lugar donde ha vivido desde que le quitaron su antigua casa. Un día llegó a su puerta un vecino de otro de los edificios y le propuso crear un comité de administración del local, debido a que ambos tenían la idea de modificar la villa que en ese entonces no tenía nada más que tierra y pasto seco.

Castillo escribía los documentos y su vecino o Cristina los llevaban al Municipio. El excarabinero compró los planos y consiguió que un arquitecto y un ingeniero visitaran el lugar y logró colocar cerámicos en el piso común, basureros, pasamanos en las escaleras de los edificios para los ancianos que viven allí, extintores en los pasillos y se le ocurrió conseguir un espacio en el bloc donde él vive para colocar un cartel publicitario y, con esos ingresos, generar un monto para ayudar a los vecinos que quedaran viudos.

Rosario Retamal es vecina del matrimonio desde hace 45 años y ha visto todo lo que ha hecho el excarabinero por la comunidad. Confía a ojos cerrados en él, pues en cada reunión mensual a la que ella asiste, Castillo muestra todas las boletas y el dinero recaudado a partir del letrero. Y apenas terminada la sesión, envía a cada vecino un informe con el resumen de lo hablado. Algunas veces se ha dormido a las 4 am redactando estos informes.
—Desde siempre me ha gustado tratar de ser el mejor. Si no puedo, tratar de estar dentro de los mejores, y si no puedo, al menos hice el empeño para hacer todo eso—, dice Castillo.

Una de las cualidades que destacan quienes lo conocen de cerca es su inteligencia y varias veces le han preguntado: ¿Por qué no estudiaste Derecho? Josefina Canales es una de esas vecinas, tiene 62 años y conoció a Cristina porque sus hijos eran compañeros de curso. Terminó cuarto medio ya adulta gracias a Castillo, quien solía esperarla por las tardes en su departamento para enseñarle matemáticas y redacción, y cuando logró graduarse, él la alentaba a conseguir su título de enfermera.
—Muchas veces quise tirar la esponja para hacer la práctica porque no me atrevía y él me decía: “Vamos, tienes que hacerlo, deja tus miedos”. No existe la persona que vaya a reemplazarlo, porque él hace todo sin pedir nada a cambio. A cualquiera que él pueda ayudarlo, lo va a ayudar”—, cuenta Canales.

Cuando Castillo quedó inválido, una vecina se le acercó para pedirle que fuera a ver y conversar con su hijo, quien también había quedado en una silla de ruedas tras un mal salto a orillas de un río. También dio charlas para subir el ánimo a un par de carabineros que quedaron inválidos en el bombardeo a La Moneda, en 1973.

José Antonio Pinto, excompañero de colegio de Marcel Castillo, sufre depresión desde que en un accidente automovilístico en 2006 lo dejó con severas secuelas. Recuerda con admiración que el padre de su amigo siempre tuvo ganas de caminar por sí mismo y eran los médicos quienes lo frenaban diciéndole que era imposible, pero él insistía en tomar sus bastones y salir a caminar a la calle.
—Nunca lo vi decaído, ni triste. Siempre fue muy activo, lúcido, con un alto nivel intelectual, ¡si hasta llevó el caso de su jubilación a la Corte Interamericana de Derechos Humanos! Lo que el accidente le quitó, se lo dieron por otro lado—, relata.

Actualmente Castillo recibe 600 mil pesos de jubilación, de los cuales 300 mil se le van en gastos médicos. Aunque es superior a la pensión que recibe la mayoría de los jubilados en Chile, es inferior a la que le correspondería según la legislación con la que pasó a retiro. Castillo debió seguir ascendiendo y su pensión equipararse al cien por ciento del salario que reciben los funcionarios activos con el grado equivalente al suyo. Es de esa forma en que han pasado a retiro numerosos generales, a los que un diagnóstico de diabetes es suficiente para entregarles pensión de “invalidez”.

Su esposa a veces vende joyas de fantasía que ella misma hace y el municipio lo ayuda con dos cajas de remedios mensualmente, pero no alcanza a cubrir sus gastos. Castillo usa pañales, a veces lleva puesta una sonda y Cristina tiene que vestirlo diariamente. Él le ha ofrecido el divorcio un par de veces, para liberarla de esa carga, pero ella no ha aceptado.
—A mí me deben una brutalidad de dinero. Han pasado más de 40 años en que me han pagado una pensión inferior a la que me correspondía, pero con ninguna plata de este mundo me van a pagar todas las privaciones que me han hecho pasar. Yo nunca he tenido rehabilitación desde que salí del hospital. Simplemente no me alcanza la plata: o voy al médico o como—, dice a punto de llorar.

Castillo dice que no siente odio hacia su institución, sino tristeza. A pesar del trato que le han dado, cree que la mayoría de los carabineros son dignos de respeto. “No son todos los que roban, sino que solo algunos delincuentes enquistados”, afirma el alusión al caso conocido como Pacogate. “Yo tengo sangre verde”, dice y asegura que si recuperara milagrosamente la salud, volvería a ser carabinero, sin duda.

*Este trabajo fue desarrollado por Claudia Saravia, en el ramo Crónicas y Perfiles de la profesora Alejandra Matus, en la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales.