Cansada del ambiente violento de su casa, la mexicana Rosa Isela Valencia huyó de su hogar junto a sus hijas; durante un mes, tuvo que dormir en una casa de campaña hasta que recientemente consiguió albergarse en un cobertizo que no sabe si será seguro para la temporada de lluvias.

El nuevo hogar de Rosa Isela está situado en el municipio de Los Cabos (Baja California Sur), uno de los lugares más visitados del país, conocido por sus playas y por sus complejos hoteleros de lujo.

Sin embargo, su realidad es muy diferente. Vive en un reducido cuarto de madera y con techo de lámina, sin agua ni luz; la puerta consiste en una tela; en el interior hay una cama y algunas mesas de plástico, mientras que en el exterior hay otro colchón y un sofá.

Rosa Isela relata a Efe que decidió escapar de su casa porque su esposo en ocasiones la golpeaba, y además, tenían discusiones constantes porque gastaba el dinero de la familia en “su vicio”, haciendo referencia al alcohol.

“Decidí que ya no más. No es vida vivir en un hogar donde hay gritos, pleitos, y que los niños oigan y vean todo eso”, afirma la mexicana, quien tiene dificultades visuales pero cuenta con sus dos hijas: Kimberly, de ocho años, y Andrea, de cuatro años.

Solicitó unas ayudas para una nueva residencia, pero el proceso es “tardado”: “La casa de campaña era de improviso, pero se convirtió en nuestro hogar”, explica.

Allí, las tres permanecieron durante un mes. La primera semana “para todos fue divertido, pero durante los demás días ya no”, porque faltaba “el espacio y las necesidades” básicas.

Con la ayuda del Gobierno del municipio, su familia pudo trasladarse esta misma semana al cuarto de madera donde permanecen en estos momentos, que considera “mucho mejor”, aunque “para los tiempos que vienen, pues no”.

Se refiere a la temporada de huracanes en el Pacífico, que arranca el 15 de mayo y finaliza el 30 de noviembre. Estos fenómenos, en ocasiones, azotan duramente Baja California Sur, como ocurrió el año pasado con la tormenta tropical Lidia, que dejó siete muertos y un desaparecido.

Apunta que teme por la seguridad de sus hijas porque “es una zona en la que los huracanes, cuando pegan, pegan muy fuerte”.

Aun así, “no hay otra”, dice resignada.

La vida en el cobertizo tiene otra dificultad añadida: que el terreno no está cercado, lo que hace que animales o personas -“me pegó un susto un borrachito por ahí”- puedan irrumpir en el hogar.

No tener luz es otra complicación, porque tiene que estar “batallando” para buscar un sitio donde cargar el celular y algunas de las pocas cosas que trajeron consigo de alimento se le echaron a perder.

“Ojalá me construyan el cuarto de material para estar segura con mis niñas”, expresa la ama de casa, quien señala que le han hablado de esa posibilidad, así que solo le queda “esperar”.

Además, hace casi 20 años le diagnosticaron una enfermedad llamada pénfigo, por culpa de la cual le salieron llagas en el cuerpo y su voz y su vista quedó severamente afectadas.

Fue perdiendo poco a poco la visión, y aunque asevera que se ha podido “ir adaptando”, a veces se siente frustrada: “El otro día, por ejemplo, me hablaron que mi niña se había enfermado en la escuela y tenía que ir por ella, y yo sola no puedo”.

Rosa Isela está acostumbrada a la imagen de contrastes que ofrece Los Cabos, el destino mexicano que durante el año pasado experimentó un mayor impulso turístico, de 17 %, y que actualmente está inmerso en un plan de expansión que hace énfasis en los hoteles y servicios exclusivos.

Por otra parte, un reciente informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal posicionó a esta localidad como la ciudad más violenta del mundo, con una tasa de 111,33 homicidios por cada 100.000 habitantes.

“Es difícil, pero vivimos en un país en el que tiene los medios, las palancas, son los que salen adelante”, concluye Rosa Isela.