Por Yoe Suárez*
Ilustración “Montos”

Claudia es –entre otras señas- unos ojos grandes que se quiebran en el verde del iris, un rostro de porcelana con la boquita rosácea al mejor modo matrioshka. Rara avis en La Habana. Pero Claudia no nació en esta ciudad ni alguna europea. Fue en Pyongyang, capital de Corea del Norte, como consta en su carné, su perfil de Facebook y documentos legales.

Sus padres, parte de la embajada cubana, se descubrieron encinta a mitad de la misión.
-Nací en un hospital norcoreano, por tanto, tengo un vínculo jurídico con el territorio; y a la vez, no soy cubana, porque aparezco como extranjera, inscrita en Registro Especial.

Con el pelo castaño tapándole una mejilla, en su cuarto año de Derecho, revuelve hielo y hierbabuena del mojito que bebe. En un acto digno de estatua griega rota, se pregunta:
-¿Qué soy?

Como tiene “una contradicción muy grande en la vida” se personó en la embajada. Allí explicó, toda seria, que era norcoreana. Cuando la frase pasó de un idioma a otro, traductor y funcionario fueron cambiando de caras hasta que un alud de risas sepultó los protocolos. Minutos después, Claudia tenía ante sí un grupo que llamaba a otros, asintiendo aparatosamente con la boca entreabierta, chequeándola y, en un final reiterado, romper en carcajadas.

Para Claudia es muy serio porque, según escuchó, a partir de los 18 podía aplicar para la ciudadanía norcoreana.

-Entonces, querías la ciudadanía.
-Sí.
-De Corea del Norte.
-Ahora mismo no me serviría de mucho –dice y juega con el absorbente-. Es un país que aplica más limitaciones al ciudadano que el propio Estado cubano.

Y con una seguridad que allana siete décadas de abismos, afirma que ambas Coreas están a punto de unirse, y eso quizá la beneficie, que pueda gozar de más libertades que en Cuba.
-Y sino –lo piensa mejor- ocurrirá algún día. Porque la del norte no puede seguir siendo toda la vida un régimen súper centralizado, cerrado, militarista.
Y apunta, al parecer, a causa de mi rostro.
-Eso es muy conocido –alza una ceja y tensa el absorbente. Suena un ruido hueco-, no me estoy embarcando por decírtelo.
*
-Te voy a hablar de cosas que pasaron hace más de 20 años –dice Roberto Hetcheverry como excusándose anticipadamente. Igual, intuyo que Corea del Norte no ha variado tanto.

De 1993 a 1995 vivió allá con su esposa, encargado de mantener la comunicación entre el gobierno y su embajada en el país oriental. Insiste, no era parte del cuerpo diplomático, solo “prestaba un servicio al Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex)”.

Roberto apenas conserva algo de aquellos 90 en que vestía de traje, andaba con gafas de sol que lo hacían ver como gangster y una barba copiosa le vestía el rostro. Ahora es, según su propia definición, un campesino de agua que sigue la política internacional.

En la casa de su madre, al final de un trillo que lleva a un patio techado y con muchas plantas, ha montado un negocio de peces. Lo acompañan un señor canoso y un perro sin raza, de ojos claros, amistoso en demasía.

Roberto, imberbe ya, cambió las gafas de sol y el frac por espejuelos, botas de goma y una gorrita roja. En la sala de su casa me habla con admiración de los norcoreanos.
-Son laboriosos al extremo –y recalca por si no oí bien-, ¡pero al extremo! Empiezan a construir, digamos, un hotel, y hacen tres turnos seguidos. No paran. Parquean un carro con un altoparlante dándote consignas patrióticas, ahí, ahí…

Pyongyang está rota por una pirámide de vidrio y hormigón que iba a ser el hotel más grande del mundo. Nunca se terminó. Las 105 plantas del Ryugyong (Ciudad de los Sauces) han permanecido fantasmales desde que nació en 1987.

Roberto estuvo ahí. Al rato, en el ascensor, le zumbaron los oídos como si los descorcharan. Allá fueron a hacer los cubanos un trabajo voluntario.

La representación caribeña estaba formada por el embajador, su mujer, un asesor político y un teniente coronel de apellido Fernández, Agregado Militar, Naval y Aéreo (al que llamaban AMNA).

A ellos se sumaba un funcionario del Ministerio de Comercio Exterior (Mincex), que alternaba con otro cada cinco años desde el 61. Roberto coincidió con un tal Oscar y su esposa Migdalia, que de tanto estar allá hablaban perfectamente el idioma local.

Corea del Norte y Cuba se entendieron muy bien en los 80. “El compañero Kim Il-Sung (fallecido en 1994), un veterano e intachable combatiente, nos envió 100 mil fusiles AK y su correspondiente parque sin cobrar un centavo”, reveló en agosto de 2013 Fidel Castro.

En una de sus entonces habituales Reflexiones recordaba el período en que Yuri Andrópov advirtió a La Habana que estaba por su cuenta ante un ataque norteamericano. “Decidimos solicitar a otros amigos las armas suficientes para contar con un millón de combatientes cubanos”, escribió Fidel al mes de que autoridades panameñas interceptaran en el Canal 240 toneladas de “armamento defensivo obsoleto”. Zarpó de Cuba rumbo a Corea del Norte oculto bajo 10 mil toneladas de azúcar.

El Consejo de Seguridad de la ONU, que impone a Pyongyang sanciones por su programa nuclear, envió expertos al itsmo para emitir un informe. Por su parte, el Minrex comunicó que el barco cargaba material para reparar y luego devolver a la isla.
-Los norcoreanos ¡hacen unos cañones! –y acota Roberto-. Los vi aquí cuando ya había regresado: en un desfile.
En su época de embajada recuerda que los coreanos cambiaban acero de muy buena calidad por azúcar cubana. Siguen haciéndolo. En enero de 2016 ambos gobiernos firmaron un pacto que incluía el intercambio comercial basado en el trueque de mercancías, y que permite exportar a la isla piezas ferroviarias e industriales. Según Curtis Melvin, experto del Instituto Coreano de Estados Unidos, el canje es efectivo para evadir sanciones internacionales sin agotar las reservas de divisas.

Pero Roberto, en su mueble, parece haber vivido ajeno a ello. Para él “ambos sistemas tenían lazos fuertes”. Se limitaba a atender y enviar unos pocos cables cifrados.
-El tráfico de datos generado en nuestra embajada no era comparable con el que salía de China, por ejemplo.

En tres horas terminaba, y se iba a matar el tiempo en algún sitio de la manzana que ocupaba la embajada. La sede de los cubanos estaba enclavada en un barrio diplomático donde, excepto la china y la rusa, se concentraban todas las misiones extranjeras. Ahí, disfrutaban de canales por parábola de Hong Kong y Japón; privilegio vedado para los ciudadanos.
-Existía un sistema de tiendas y supermercados para nosotros, los extranjeros, separado del del pueblo –acota Roberto.

Mientras otros extranjeros cobraban en dólares americanos, los cubanos lo hacían en una moneda paralela a la nacional norcoreana.
-Un billete azul –recuerda con dificultad esa única pista cromática-; el del pueblo era carmelita.
-¿Cuáles eran las diferencias entre la tienda que ustedes tenían destinada y la que era para los locales?
-La calidad de los productos, y estaban mejor surtidas…Pero el pueblo tenía una especie de cupón de abastecimiento.

A veces, durante el encuentro, no sé bien si me habla de Cuba o Norcorea. Desde los 60 en la isla existe una Libreta de racionamiento, que provee alimentos a la población, y que con los años ha ido perdiendo el poder de sus páginas. También hubo diplomercados, tiendas rebosantes y exclusivas para extranjeros, con precios prohibitivos para el cubano común. La dualidad monetaria en un Estado que paga 25 veces menos que los precios con que vende productos de primera necesidad, sigue siendo hoy un problema.

Unas gallinas escandalizan mientras hablamos. Roberto me pasa una fotografía con una mujer forrada en un abrigo beige, acompañada de un pino enano. Está sobre la escarcha y amén del desenfoque parece alegre. Es la esposa de Roberto; ve nevar en Pyongyang por primera vez. Ella pasaba por la frontera a China buscando precios más baratos que en las tiendas norcoreanas. Tomaba un tren para llegar a la cercana Shenyang en lo que Roberto recuerda como un buen sistema de vías férreas. Kim Il-Sung hacía en tren sus limitadas visitas de Estado: Moscú y Pekín.

En una nueva foto asoma la mujer de Roberto; con sus bolsas de grafemas orientales escoltada por dos cubanos. Detrás, un edificio de vidrio y metal que suponemos la tienda.

Roberto, por su parte, ni salió de Pyongyang. Lo importante e impredecible de su trabajo era una atadura, de modo que al hablar del país habla en verdad de la capital.

Me cuenta del invierno partehuesos que viven. Lo hace con el tono de quien le pasa la mano a un conocido aporreado, un tono que asoma de vez en vez al encuentro.
-Deben producir en cuatro meses de verano el alimento del pueblo. Vegetales, arroz: la base; maíz que es de ciclo corto.
-Se habla en los medios occidentales de hambrunas, ¿vivieron algo así allá?
-Allá no, pero cuando regresé pasó un tifón en los meses de siembra. Eso me dolió mucho. Hasta pidieron ayuda internacional.

La revista The Economist estimó entre 600 mil y un millón las muertes de la hambruna entre 1995 y 1998.
-Así deben haberlo pasado para abrirse al mundo –interrumpen Claudia y sus ojazos verdes. Permanecerá pendiente a la charla en un mueble cercano.

Roberto en verdad sigue la prensa. Por diez pesos un señor del barrio le lleva cada semana los periódicos de la agencia estatal Prensa Latina, la Central de Trabajadores, del Partido Comunista, y la Juventud Comunista. Medios que abordan raquíticamente el tema norcoreano, como temiendo informar.

“Ambiente fraternal”, “confirman interés por continuar profundizando históricas relaciones que unen a los dos Partidos, gobiernos y pueblos”. Parece existir una nota modelo en la que apenas cambian los nombres fragmentados de los asiáticos.

Cinco veces se encontraron delegaciones oficiales de Pyongyang y La Habana en 2016. Cada dos meses y medio, como promedio. Cuba es de las pocas naciones que se entienden con los líderes norcoreanos. Irán, China y Siria completan el grupo.

*

Cuando cayó la URSS y el Congreso gringo apretó la tuerca de sanciones, comenzó para Cuba la peor crisis económica de su historia. A Roberto le llega el anuncio de su misión. Está feliz. Aún más cuando le dicen que puede llevar a su esposa.

Como la Revolución, Kim Il-Sung también ha perdido aliados, y al llegar Roberto a Pyongyang encuentra apagones y problemas con la calefacción. Aun así, allá estuvo mejor que su hermano en La Habana.

Distante del bistec de frazada, las pizzas con condones y otros engendros de la supervivencia, eran las frecuentes delegaciones a Corea del Norte quienes lo ponían al tanto del país. La lista de visitantes tenía tres estrictas categorías: oficiales, como el director de Inteligencia Militar Bermúdez Cutiño; dirigentes políticos, como Ricardo Cabrisas (del Mincex); y periodistas.

Los cubanos son de los pocos privilegiados en reportear desde la nación asiática. Esa concepción hermética trasciende incluso el campo informativo. La doctrina Juche, adoptada por el Estado norcoreano, considera riesgosa la inversión extranjera y pretende autoabastecerse de todo.
-De cierto modo tuvieron éxito –respalda Roberto-. Pero así se fue creando el mito de que es un país cerrado al resto del mundo.

-Bueno, no es tanto un mito…
-Sí, claro –acepta.

A mediados de los 90 Estados Unidos levanta las sanciones económicas contra Vietnam, y lo catalogan como al socio más favorecido de Asia. Los norcoreanos paladean esa misma esperanza; que acabaran las restricciones transaccionales, la prohibición de registro, autorización, posesión, y arrendamiento de buques, las limitantes a las importaciones de bienes, servicios y tecnología, el bloqueo a las exportaciones.

El 8 de julio de 1994 Pyongyang despertó llena de autos con altoparlantes. A una hora señalada el pueblo debía reunirse ante sus televisores. Una tensión se apiñaba en el vientre de la ciudad. Por esos días hubo diálogos a altos niveles entre las dos Coreas.

Roberto, en la tienda del diplovecindario, creyó al escuchar el anuncio televisivo que la reunificación era inminente. A la hora notificada no había un alma en la calle. Fábricas, casas, escuelas, detuvieron su rutina.
Hicieron pública la muerte de Kim Il-Sung. Fábricas, casas, escuelas, lloraron por diez días. El cuerpo embalsamado llegó al Palacio Memorial de Kumsusan.

La muestra de afecto y duelo, de alegría y desgracia, adquiere en los rostros asiáticos una cota desmedida, cuasiteatral. Dicen que por presiones, otros que es cultural. Lo cierto es que no convencen ningún titular de Oriente u Occidente.
-Son una unidad monolítica con el líder. No te hablo de fanatismo, pero es así.

Los cubanos post-59 están acostumbrados a comisarios pinchando para ir a marchar; a perder carreras, evaluaciones y estimulación salarial si no se hace lo que han mandado de arriba. Por eso son doblemente incrédulos con las caras diluvianas de los norcoreanos.

A Roberto lo llama el embajador. Le dice que vaya a su residencia a buscar el comunicado que transmitirá a La Habana. Vuela. Sube a la planta de radio y trasmite el cable desde un aparato que recuerda el que no pudo salvar al Titanic. Los datos viajan al subcentro de Pekín y de ahí al Caribe. Roberto informa a Cuba la muerte de Kim Il-Sung. En su memoria le resta importancia, quién sabe cuántas notas en serio delicadas haya cifrado los años allá.

Responden enseguida: irá una delegación.

Kim-Il Sung vislumbra Pyongyang a altura de octavo piso como una estatua de bronce. Su brazo derecho indica al pueblo coreano el rumbo recto. La gente forma una línea a sus pies, para, a la vez, inclinarse. Los recién casados llevan flores antes de irse a hacer el amor.

El Gran Monumento fue alzado en abril de 1972. El primero de los Kim cumplía 60 años. Para los 70 reservaron un obelisco de 170 metros: la Torre del ideario Juche; 25 mil 550 bloques: los días de vida de Kim Il-Sung (sin contar años bisiestos).

Viviendo en Pyongyang, Roberto veía en la TV a un niñito regordete jugar a las bolas, esquiar. Era Kim Jong-Un. Ahora sus juegos son otros. Luego de maniobras conjuntas entre Seúl y Washington, en 2017 amenazó reducir Estados Unidos “a cenizas” con armas nucleares si dispara a Corea del Norte.
-Nunca imaginamos que al morir su padre fuera a ser el líder del país –dice Roberto con una sonrisa-. Es joven.
Kim Jong-Il nombró a su heredero en 2010, a los 27 años.

-Vi un poco mal que un muchacho, por muy preparado que esté, se ponga a mandar a generales curtidos. Pero fue así. Esa es la parte que los cubanos criticamos.

Se remueve en el sofá.
-Duele decirlo: eso es una dinastía –y se apresura Roberto-. Pero eso es normal, acá en Cuba hay problemas también.

Teme que lo tergiversen. Le digo que la crónica pretende que sean cubanos quienes muestren Corea del Norte a otros cubanos.

El hombre en canas y el perro sin raza nos interrumpen. Alguien espera por sus libras de calandracas. Roberto pide un momento. Piensa que no tiene nada más interesante por contar. Los próximos treinta minutos probarán lo contrario.
-De Corea te digo la verdad: a mí me gustó, chico. Te sientes vigilado, pero no hay robos o asaltos. Es un país muy seguro.

La ONU lo ve, sin embargo, como un verdadero peligro. La marca es su programa nuclear.
-No tienen grandes yacimientos petroleros, dependen del carbón ruso, la hulla, para generar energía –expone Roberto-. Buscaron una alternativa, y empezaron a enriquecer uranio. Occidente los acusó de que desarrollaban armamento. Entonces la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) pidió inspeccionar el país en 1993.

Eso generó tensión, aunque lo grande ocurrió cuando yo estaba en Cuba.

Desde 1998 la crisis norcoreana es una montaña rusa del desencuentro en la que Pyongyang alza su programa nuclear exigiendo, para ponerle fin, lo mismo que Estados Unidos ayude a aumentar los rendimientos de papa, que un pacto bilateral de no agresión.

Cuando la crisis que vivió Roberto, finalmente permitieron la inspección de funcionarios de la OIEA. Solo una condición: serían occidentales.
-En la embajada cubana sacamos cuentas: es muy fácil mantener vigilada a una persona no asiática en un país de ojos rasgados.

*

Fidel, públicamente cauto sobre el programa nuclear, opinó en julio de 2008: “transmitimos al Gobierno de Corea del Norte nuestros puntos de vista sobre el daño que ello podía ocasionar a los países pobres del Tercer Mundo que libraban una lucha desigual y difícil contra los planes del imperialismo”.

Abril de 2013 vio otra mediación de Fidel. Hablaba del “deber de evitar la guerra” en medio de la crisis atómica que imantaba los ojos del mundo. “Le recordamos sus deberes con los países que han sido sus grandes amigos”, pues la guerra afectaría “a más del 70 por ciento de la población del planeta”, enfatizaba el hombre que en 1962 apuntó misiles hacia Miami Beach.

Fidel miró a los ojos de Kim Il-Sung en 1986 visitando Norcorea. Ambos guerrilleros llegaron al poder enfrentando regímenes opresivos. Contra una dictadura proimperialista uno; contra el militarismo japonés el otro.

Al fin de la II Guerra Mundial tropas soviéticas y norteamericanas dividieron la península coreana. En el 48 la del norte dijo No a elecciones al amparo de la ONU, y surgió la República Popular Democrática con Kim Il-Sung al frente. Pyongyang y Seúl exigían la preminencia sobre el otro y en 1950 detonó la guerra. Y no hubo tratado de paz, sino armisticio en 1953; oficialmente la guerra no ha acabado.

Según el Buró de Asuntos del sureste asiático y el Pacífico en Washington, Pyongyang mueve unos 9 millones de militares y paramilitares activos y reservistas. Y maneja el cuarto ejército más grande tras el chino, el estadounidense y el indio.

En 1960, iniciada la relación diplomática, el Che viaja a Pyongyang. Al año, el mítico semanario Lunes de Revolución le dedica un número íntegro.

En septiembre de 2015 Miguel Díaz-Canel estaba en Pyonyang oyendo un concierto del Benemérito Coro Estatal. Kim Jong-Un lo acompañaba en un asiento próximo. Celebraban el 55 aniversario de relaciones. El tercer Kim, treintañero, declaró con la seguridad de quien está al tanto y al mando de todo: “la viabilidad invulnerable de la amistad entre Corea del Norte y Cuba se demostrará en el futuro de forma más dinámica gracias a los esfuerzos de los dos países”. Luego pidió que llegaran sus saludos a Fidel y Raúl Castro; “amigos cercanos, colegas y compañeros de armas del pueblo coreano”.

*

Visita Pyongyang una representación de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) formada por cuadros nacionales como Victoria “Vicki” Velázquez. Ella iba a encontrarse con Kim Il-Sung. Toda expectante, sale a la audiencia en un auto.

Cuando vuelve a la embajada parece una cabra molesta.

La gente se acomoda a su alrededor mientras cuenta cómo su homólogo local la recibe, le explica que va a hablar con el Gran Líder. Y ella que sí, sonriente, un tanto incómoda por el preámbulo, no ha ido todo el camino esperando a Michael Jackson. El joven norcoreano saca una página mecanografiada en español y extiende la mano:
-Y al Gran Líder le gustaría que tú dijeras esto.

*

Al final, se dijo, él era apenas un simple comunicador. Roberto Hetcheverry se ofendió pero oyó con boca cerrada la vanidad de un general norcoreano a un diplomático cubano:
-Nosotros derrotamos en 1953 al ejército regular norteamericano –dijo el traductor-; pero ustedes lo que rindieron en Girón, lo que llaman la primera derrota del imperialismo en el hemisferio, fue a tropas entrenadas por los norteamericanos.

¿Y las aeronaves con pilotos estadounidenses? ¿Y los portaviones? A Roberto le arde la cabeza.
-¡Y el funcionario se quedó callao!

Al margen de esta gran pequeña afrenta, el Estado norcoreano organizaba exhibiciones cada 19 de abril, día de la victoria contra la operación más grande fomentada por la CIA.

En la del 94, Roberto queda impresionado por la preparación de las tropas especiales, incluyendo mujeres karatekas. En la unidad que visitan invitan a los cubanos a tirar con fusil y pistola. Roberto asume: a 25 metros revienta un globo primero; una botella después, a 50 de distancia.

Lo imagino buscando la cara del general en onda “Cuba se respeta, camarada”.

Le digo que hizo trampa, que él estaba preparado militarmente por el Ministerio del Interior (Minint). Asiente y
le nacen en el rostro patas de gallina.
-Mientras ven con desconfianza a otras gentes, el cubano es muy apreciado allí. Es lógico –se dice.

Cuando Claudia nació, aun su madre con dolores, en el salón se cuadraron cubanos y norcoreanos. Cantaron los himnos patrios, y por la parte anfitriona propusieron que la niña, símbolo de la hermandad entre ambos pueblos, llevara el nombre de la flor nacional.

La madre se vio en la disyuntiva de hacerle el feo a los entusiastas locales o condenar a la pequeña a un nombre impronunciable. Confabulada con el traductor aseguró que Rosa, en español, equivalía a la flor coreana (una variedad autóctona de magnolia). De todos modos dos mujeres en la familia se llamaban así, y les diría que la adición era en honor a ellas.

Claudia Rosa pasó sus primeros meses de vida mimada entre unos pocos cubanos y el servicio interno de la embajada. Dos cocineros, un jardinero, dos traductores, un chofer del embajador y uno del funcionario de comercio exterior. Algunos miembros del personal, elegido por una agencia empleadora norcoreana, mantenían afectuosas relaciones con los cubanos, aunque mediaba una extraña distancia impuesta por disciplina.
-El que vive en Pyongyang tiene que ser un ciudadano modelo. Tiene que ganarse el derecho de residir en esa ciudad. Se supone que viviendo allí tú seas vanguardia.

Las mujeres que manejaban trolebús exhibían las estrellas de reconocimiento donde fuera más visible. Roberto contaba las estrellas y se maravillaba.

Ir al cine no era, per se, un libérrimo acto de disfrute; sino parte de la estimulación laboral. El ticket, la butaca, las dos horas de película, el salón a oscuras, lo ganaba el vanguardia. Meritocracia in extremis. Hasta los actos más llanos de la individualidad estaban mesurados, cronometrados, eran otorgados.

Eso de controlarlo todo, incluso lo supuestamente espontáneo, forjó historias como esta en el repertorio vivencial de Roberto.
-Pasó y no me gustó –comienza sin mirarme-. A varios mutilados en maniobras militares, en cumplimiento del deber, les conseguían una muchacha que lo atendiera y pudiera servirle como esposa el resto de sus días. Y la muchacha tenía que inmolarse y casarse con aquel hombre.

-Es decir, ¿arreglaban matrimonios?
Acepta con la cabeza.
-Y al ciudadano que viole la disciplina…es feo, es feo lo que te voy a decir…pero lo sacan de la ciudad. Te voy a contar algo que viví –y Claudia me imita reclinándose.

Oscar, del Mincex, tuvo un chofer por 15 años. Se llamaba Kim. Un domingo lo llama de su casa y le dice “Hace falta que vengas a buscarme”. Kim piensa que está en la embajada. Cuando llega, llama y llama. Brinca la cerca. Toca. Nada. Vuelve a brincar, arranca el auto y se va.

El lunes pasa un norcoreano preguntando por el funcionario del Mincex. La esposa de Roberto lo recibe. Cuando baja Oscar, el visitante se presenta como su nuevo chofer. La respuesta es un breve galimatías, luego una rotunda negación. El sustituto le cuenta lo que hizo Kim el domingo, y que por ese motivo fue sancionado.

Oscar se siente culpable de la suerte del viejo chofer y sale a buscarlo, defenderlo ante los contratistas. La respuesta que recibe en la empleadora lo deja helado:
-No lo busque más. Él y toda su familia ya no viven en Pyongyang.

Meses después la persistencia de Oscar apenas había dado un dato brumoso: Kim, su mujer y sus hijos podían haber acabado en algún campo de arroz.

*

A veces Roberto ve una valla de propaganda en la calle y la lee en telegrafía. Amaba su trabajo, pero regresando a Cuba pone fin a su vida de comunicador. Se fue quedando atrás en los cursos de computación, y eso lo desmotivó.

La culpa de su vida la tiene Norcorea. Allá hay grandes centros de alevinaje de goldfish, y cientos de mujeres trabajándolos. En cuatro meses, antes que el agua helara, vaciaban los criaderos para exportación. El metro de Pyongyang, las fuentes, parques y restaurantes están llenos de peceras con destellos de oro.
-Averigüé un poco, y cuando volví ya venía con la idea.

Desde 1997 se hizo cuentapropista. Su padre le echó un responso epocal en que denostaba la iniciativa privada y temía que su hijo, a 9 años de jubilarse del Minint, acabara con delincuentes. Claudia habla de él con admiración porque cambió ciertos lujos, un auto del trabajo, otros posibles viajes por algo que le apasionaba.

Roberto abrió la tierra en el patio de su madre hasta hacer un pozo, ahora en La Habana puede faltar el agua pero a su familia no. Hizo 50 peceras. Una sobre otra. Un edificio de vidrio para los pececillos que van a cambiar de dueño. De vez en vez se pregunta por los destellos dorados en la ciudad de Pyongyang.

*Esta crónica ganó el Premio de la Editorial HYPERMEDIA 2017.