Me fui de mi casa comunista a los catorce años y entré sin escala a un internado de mil doscientos alumnos que se llamaba Carlos Marx y que, no contento con eso, tenía una portentosa y vigilante cabeza de Marx fundida en acero, o en algún otro metal de ese tipo, a la entrada de la instalación. La escuela vocacional, antesala de la universidad, requería unos exámenes especiales de ingreso, porque se suponía que ahí debían ir los alumnos con más potencial académico, aunque para la época en que yo fui, entre 2004 y 2007, ya ese supuesto potencial académico no se sabía bien para qué podía servir, salvo para largarse de Cuba en cuanto se diese la menor oportunidad, que es lo que el tiempo vino a demostrar después.

En la cabeza de la entrada, custodiada por un muro con frases en letras de hierro dichas alguna vez por Engels o por Fidel Castro (como que Marx descubrió las leyes del desarrollo de la historia, como que era el Cristóbal Colón de la dialéctica), los alumnos solíamos treparnos para que alguien nos tomara estridentes fotos colectivas, fotos revisionistas y socialdemócratas y lumpen proletarias en las que salíamos enganchados de las barbas de Marx, o subidos encima, o metiendo la mano por el hueco de su nariz judaica (tupida por el humo de las chimeneas y el hollín de las fábricas de la revolución industrial londinense), pulverizando con la malcriadez insoportable de la adolescencia el manto solemne de aquel monumento que para nosotros significaba menos que nada.

Luego leeríamos, o no, cosas como el 18 Brumario, y nos parecería, o no, que el tipo supo de verdad jugársela de muchas maneras, que hay ahí una escritura de vértigo y que el joven prusiano de poco más de treinta años se estaba metiendo en territorio nuevo cuando comparaba la revolución parodia de 1848 con la revolución tragedia de 1789 y decía que “el principiante al aprender un idioma nuevo lo traduce mentalmente a su idioma nativo, pero sólo se asimila el espíritu del nuevo idioma y sólo es capaz de expresarse libremente en él cuando se mueve dentro
de él sin reminiscencias y olvida en él su lengua natal”.

Las letras de hierro que hablaban de Marx en el muro de la escuela, sin embargo, no asimilaban el espíritu de ningún nuevo idioma, sino que funcionaban como un idioma ajeno, torpe y opresivo, lengua de bárbaros que se había impuesto al idioma vivo de la lengua natal. Las letras tenían ya el color de la herrumbre, le habían caído encima, durante muchos años, la lluvia laboriosa y la humedad de la noche, la ventisca inclemente, el sol del verano cubano, los frentes fríos de enero, la corrosión imparable de la vida real. Letras fundidas en hierro que se las
come la herrumbre, que rigen todo y que no las lee nadie. Es justo esa la experiencia histórica del marxismo aplicado como ideología nacional.

La frase enfática de Fidel Castro, aunque no hubo nunca en kilómetros de discursos una frase de Fidel Castro que no fuese enfática y que no estuviese convencida de sí misma, decía que “si no hubiésemos sustentado nuestra lucha en esas ideas (las ideas de Marx), no estaríamos aquí en este momento, no estaríamos aquí”. Toda la razón para él. Aquella escuela no tenía agua, los albergues no tenían ventanas, la comida era siempre la misma, y siempre pésima, elaborada en calderas gigantescas cuya medida para el punto de cocción no era otra que el paladar de la boca desmesurada de más de mil personas hambrientas, un paladar, por supuesto, en el que lo salado, lo dulce y lo amargo no tenían ningún territorio definido. La lengua de lo colectivo carece de papilas gustativas y no puede, por tanto,
distinguir los matices elementales en el sabor de las cosas elementales.

En aquel sitio uno debía tempranamente negociar su libertad desde la pobreza galopante, aprender a fornicar, a beber alcohol o a leer libros prohibidos en la madrugada con el estómago vacío, sin sospechar siquiera que aquello era lo que era, la caída en las profundidades de una religión muerta, viviéndolo más bien desde la plenitud de la miseria, justo el punto de no retorno en el que el comunismo se desvanece como teoría y cristaliza como práctica.

No hay, si soy libre, ninguna razón por la que a estas alturas deba pensar que esa escuela, construida, como todo en Cuba, con el cemento y el hormigón funcional de la doctrina política, adornada con matutinos y eventos culturales de inspiración orwelliana, y promotora de un programa de estudios que ya había pensado por ti quién tenías que ser o qué papel debías ocupar en la trama materialista de la vida y la sociedad futura, significó a la
larga una desventaja práctica o una mutilación de la curiosidad o el deseo, puesto que las bases de las relaciones personales en los pasillos, salones y dormitorios de aquel centro escolar desvencijado postulaban una alternativa subversiva y triunfante, genuinamente disidente, al relato totalitario del marxismo pedagógico; un poco la vieja idea hegeliana de que todo sistema genera la semilla de su propia destrucción.

Cierta tarde, pocos días antes de graduarnos, muchos de nosotros nos fuimos al baño del albergue y nos quedamos ahí, esperando no sabíamos bien qué, todos reunidos con nuestros cubos repletos de agua entre las duchas rotas, pero sin bañarnos todavía, hasta que supimos que lo que estábamos esperando era un jabón. Nadie tenía jabón. No obstante, sabíamos también que cualquier otro, dentro de un rato, habría de traer un jabón, y que con ese jabón en algún momento nos bañaríamos todos, con el jabón común de la verdadera propiedad colectiva.

Amo esa imagen sublimada. Yo a los diecisiete años, bañándome con los amigos sagrados, consumidos todos en ese instante por la felicidad y la delgadez y el susto ante lo próximo y lo desconocido, el segundo previo a la dispersión, practicando desnudos la última danza feroz de la liturgia comunista, antes de salir a comernos el mundo como lobos individuales que hoy sobreviven exiliados en la estepa del capitalismo, gastando en nuestros cuerpos el único jabón disponible, convirtiendo en astilla la sal sódica o potásica de la ideología marxista, frotándola contra nosotros hasta hacerla desaparecer, viendo cómo el agua se llevaba todo eso y cómo todo eso se iba a las cloacas por el hueco del tragante. La resistencia del cuerpo, la política del cuerpo vivo, la verdad íntegra del cuerpo por encima de la jabonadura de las ideas.