Desde el golpe de Estado parlamentario a Dilma Rousseff, hay un acelerado retroceso de los derechos sociales y políticos en el gigante latinoamericano, profundizado con la acción política vengativa contra Luiz Inacio da Silva, Lula, el más popular de los políticos brasileños. Las raíces ultra reaccionarias de las élites brasileñas, fueron sembradas desde 1822, cuando emulando a las viejas monarquías europeas erigieron un imperio y nombraron a unos tales Pedro I y Pedro II, hasta su derrocamiento en 1889.

Los Pedros dominaron 67 años del siglo XIX y las fuerzas oligárquicas siguieron dominando los años finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, alternándose en el gobierno terratenientes y militares golpistas. Por eso, no fue raro que el régimen esclavista fuera abolido de manera formal hasta 1888, sin borrar en la práctica el trabajo agrícola cuasi esclavizado. Pero al comienzo de este siglo se les rompió la cadena con la elección y la reelección de Lula (2003-2011).

Desde 1889 que los militares derrocaron a Pedro II, estos han sido los dómines del poder en la república federal de Brasil. Solo durante el corto período de 8 años –entre 1956 y 1964— Brasil tuvo gobiernos democráticos con la sucesiva presidencia de Juscelino Kubitschek (1956), Janios Cuadros (1960-1961) y Joao Goulart (1961-1964), y este fue derrocado por los militares en 1964. Así se restableció el poder directo del ejército, hasta 1985, cuando el civil José Sarney llegó a la presidencia, restableciéndose el dominio formal de las élites civiles, pero siempre al servicio de las multinacionales.

Para las élites pronorteamericanas los gobiernos de Lula, y el que le frustraron a Dilma Rousseff (únicos años democráticos revolucionarios durante 196 años de historia republicana), fueron como una espina en sus ojos. Para el pueblo fueron sus más grandes victorias en la batalla entre las clases sociales en Brasil.

En ningún otro momento, Brasil había conocido programas sociales que disminuyeran dramáticamente la pobreza de millones de personas, que se combatieran siglos de analfabetismo, se establecieran mejores condiciones de salud, universidades al alcance de todos y se preocuparan por el bienestar general que todos los pueblos merecen y que todos los países –cualquiera sea su desarrollo— están en capacidad de ofrecer, cuando hay buena voluntad y disposición de invertir sus recursos en progreso, en vez de que se los apropien las élites parasitarias en complicidad con las empresas multinacionales.

Los seis votos en contra, y uno solo decisivo de once votos, el de la presidenta del tribunal que rechazó el Habeas Corpus de Lula, fueron dados en representación de la “sociedad”, la que revierte el progreso social de Lula y Dilma, porque la otra sociedad –la de las mayorías beneficiadas— tiene años de estar en calles y plazas demandando respeto a sus derechos y contra el amañado e ilegal juicio contra Lula. Es la sociedad de los movimientos de los sin tierra, de los trabajadores perjudicados en sus derechos sociales, de los desempleados, de los jubilados que han visto reducidos sus beneficios y de quienes les han aumento la edad para jubilarse. En fin, de la sociedad de los millones de trabajadores, hombres y mujeres, que están sufriendo la brutal regresión de sus derechos bajo el gobierno regalado a Michel Temer.

Este señor Temer, representativo de un Estado de corruptos que van más allá del robo de bienes públicos –de lo cual Temer está señalado—, hasta la ofensa a la moral pública, porque su “presidencia” es el pago que las élites le dieron para que lleve a cabo la reversión de los derechos laborales y sociales, más la represión policial contra el pueblo. Esta inmoralidad, aunque es innata en las élites del poder económico y político, en el Brasil de ahora se practica de la manera más descarada, en la política nacional y en la internacional.

Ya vemos al ejército de analistas enlistados en agencias de prensa de sospechosa relación con organismos del Estado norteamericano, usando de pretexto la supuesta corrupción para justificar la condena de Lula, pero encubriendo a los verdaderos corruptos, como Michel Temer, porque este toma medidas regresivas y lo privatiza todo para pagar a las élites que lo “eligieron” presidente, sin mediar los votos del pueblo brasileño.

¿No es acaso Temer, junto a Peña Nieto, modelos de corrupción, los gobernantes más activos contra gobiernos progresistas, en particular el de Venezuela, por mandato norteamericano? ¿Cuál es el país donde se revierten más derechos sociales, sino Brasil? ¿Y cuál es el país, donde hay más corrupción estatal, asesinatos masivos de periodistas y desapariciones de jóvenes, sino México? ¿Y cuáles, sino estos países encabezan el sabotaje a la unidad latinoamericana y le dan vida a la cruzada de la infame OEA contra Venezuela, donde no ocurren asesinatos de periodistas ni desapariciones de estudiantes? Ninguno de estos países tiene en desarrollo las misiones sociales en salud, educación y viviendas (de las que se han construido un millón y medio para el pueblo), como lo tiene Venezuela, pese al acoso internacional inspirado por Estados Unidos y ejecutado por la OEA.

Junto a esas y otras muchas diferencias, en Brasil hay represión política contra Lula por temor a que sea candidato en las próximas elecciones. La prisión de Lula es vengativa por todo el progreso social que impulsó, y preventiva porque encabeza la lista de los precandidatos presidenciales, y porque de vuelta al poder Lula impulsaría ese progreso con mayor profundidad y extensión. Además, las élites saben que hay una diferencia abismal entre él y un montón de políticos que juntos no alcanzan ni la mitad de las simpatías con que cuenta el ex líder obrero metalúrgico y el mejor presidente que ha tenido Brasil.

Lula nunca huyó de la presión que le dictaron, sino que esperó a que llegaran a capturarlo en un local del sindicato de sus compañeros metalúrgicos. Todo un bello y ético gesto de solidaridad de clase dentro de la lucha social en Brasil: los obreros que apoyan a uno de los suyos, frente a las fuerzas represivas de las élites parasitarias.

Todo esto aterroriza a las élites, y es una de las motivaciones para su encarcelamiento. Lo bueno de esta injusticia, si hay algo positivo en esta, es la decisión de las masas populares de seguir sin descanso en la lucha a favor de la democracia contra las élites conservadoras. Su Partido de los Trabajadores –el más grande de Brasil—, está dispuesto a inscribir a Lula como su candidato en el próximo agosto, mientras los precandidatos de la derecha seguirán envidiando su popularidad, sin que eso les aumente la suya. También hay una creciente solidaridad internacional con Lula, y en Brasil la batalla no está concluida.

El peligro real en Brasil, es la intensificación del fascismo en la política, junto a la influencia del ejército con su historial golpista, y porque nunca ha experimentado un avance democrático. Su comandante actual, un general derechista, amenazó el martes pasado, un día anterior al fallo del tribunal, con un golpe militar si aceptaba el Habeas Corpus de Lula. Esta no fue una simple presión para el tribunal, sino una revelación del eslabón de la cadena reaccionaria que controla todo el Estado y es integrada por los círculos empresariales y financieros, más los grandes medios de comunicación privados, en especial los de prensa y televisión. Y todos, sin excepción, son portavoces de la política exterior norteamericana en Brasil.

En suma, todas las expresiones organizadas de las élites actuando en contra de todas las expresiones organizadas del pueblo brasileño, enfrentadas en una lucha de clases en vivo, con los tonos históricos de Brasil y al ritmo de una zamba represiva…ejecutada por una banda militar.

Autor: Onofre Guevara López
Este texto fue publicado originalmente por Confidencial.com.ni