“Las lecturas de Julio Verne habían alimentado en mí cierta desesperación de recorrer el mundo y perderme en él; un desquite, tal vez, de la reclusión infantil”. Esta confesión resume el recorrido de uno de nuestros más singulares escritores, el mexicano Sergio Pitol, fallecido este jueves 12 de abril de 2018.

La trayectoria de Pitol estuvo marcada por una salida temprana y por un regreso a buen tiempo. Nacido en marzo de 1933, tuvo desde pequeño que enfrentar la muerte de sus padres y una enfermedad que lo obligó a permanecer recluido en la casa de sus abuelos de origen italiano, al amparo de anécdotas ancestrales, de lecturas y de los hervores iniciales de su imaginario.

De ahí ese primer momento en su obra que gira alrededor de un pueblo ficticio del sur de México, un sitio que esculpió con agudeza, develando las costuras de un orden social casi del siglo diecinueve, las poses de una aristocracia venida a menos tras el paso de la Revolución, las intrigas entre clanes, los olores de un ingenio azucarero, los amores a escondidas, el complejo de la Provincia…

Como Faulkner, Rulfo o Juan Carlos Onetti, Pitol erigió su propio pueblo del trópico, y dentro de él movió las fichas de los cuentos que reunió en Tiempo cercado (1959), Infierno de todos (1964) y Los climas (1966). Pero cuando estos libros aparecieron y el autor empezó a ser medianamente leído, ya el hombre Pitol había huido de aquellos temas propios al México profundo.

Tras visitar La Habana, Caracas y Nueva York, en 1961 se subió a un barco que lo depositó en Bremen, solo, con un par de camisas, alguna corbata, un cuaderno de notas y muchas lecturas: dueño de la vieja Europa.

Su primera novela, El tañido de una flauta (1972), llevada por el toque festinado de los filmes de Ernest Lubitsch, da cuenta de un cambio radical en la cosmovisión de este escritor nómada, a quien en 2005 se le otorgara el Premio Cervantes de Literatura.

Si muchos de sus textos fueron firmados en Praga, Belgrado, Bristol, Barcelona o Pekín, se debe a que Pitol fue un hombre de constantes mudanzas que se impuso al provincianismo atávico de muchos de sus colegas y a las olas de tradicionalismo, arte militante e indigenismo.

Se le recuerda como un personaje –mitad circunspecto, mitad excéntrico— que fue editor en la España del tardofranquismo, lector universitario en Inglaterra, viajante sin un centavo por Roma, diplomático en Europa oriental… traductor en todas partes y, por encima de cualquier escollo, lector compulsivo y escritor dueño de un imaginario sin diques.

Cuando por su edad se suponía que soplaban vientos menos aventureros, aparecieron sus novelas Juegos Florales (1982), El desfile del amor (1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991), historias maliciosamente inconclusas, que constituyen un bloque políticamente incorrecto, en donde la parodia y la crítica a los peores fueros del ser humano van de la mano con un esplendoroso fresco de ciudades, lecturas y personajes estrafalarios: Billie Upward, autócrata, casquivana, Pedro Balmorán, pretencioso, atento siempre al daño que se le quiere infligir, o la estruendosa Marietta Karapetiz y el farsante Dante de la Estrella, dentro de los raros más raros de nuestras letras.

Luego llegaron dos libros medulares, El arte de la fuga (1996) y El viaje (2001), donde el mexicano hace gala de una prosa exquisita, en textos híbridos, en los que la ficción aparece a ratos, se filtra tras dos páginas de
supuesto ensayo, como cuando una escena de hipnosis para dejar de fumar muta en relato con todos los ingredientes del texto canónico de ficción.

“Si de algo puedo estar seguro es de que la literatura y solo la literatura ha sido el hilo que ha dado unidad a mi vida” -confesó. Lector furibundo de Chéjov, de Conrad y de Jane Austen, traductor afanoso de Henry James y de Gombrowicz, Pitol respondió -como Juan José Saer, como Ricardo Piglia, entre otros- a una escritura que se adelantó al siglo XXI.

Se trata de un escritor moderno, inmarcesible, que hizo literatura de sus propias miserias –o de la circundante-, esas de las que no podemos desprendernos: una prematura orfandad, una crianza con parientes emigrados, la cercanía cronológica con Pancho Villa, Francisco Madero y Emiliano Zapata; luego la gran urbe mexicana, el obligado primer viaje en barco, las nuevas ciudades, las penurias, los tics del servicio diplomático justamente llevados a los libros a través de personajes excéntricos o rígidos muñecos de sociedad, y nuevamente las poses, las falacias de las existencias impostadas.

Eso fue Sergio Pitol. O parte de él. Pues nunca se sabe.

De alguien que hasta ayer mismo no dejó de escudriñar en todas las escrituras, siempre podemos esperar algo más.

Esperemos, pues, aunque él ya no esté.